Están a punto de dar las doce, cuando entra a la plaza, mira el reloj, y en ese momento, antes de dar la primera campanada, se para. ¡Se paró el reloj!
Encima de nuestras cabezas sentimos un aleteo pesado y fúnebre, que marcaba su territorio. El golero se posó encima de una bóveda azul. Nos controlaba con la mirada.
“Alexa, busca: ropas de fiestas típicas de Gáldar, Gran Canaria”. Al instante, la pantalla se llenó de fotos de personas vestidas con ropas de lo más variadas.
Hoy, en su vejez, tenía una posición acomodada que en verano le permitía venirse a la verde Moya a disfrutar de parajes más frescos que el caluroso Madrid.
Buena parte de las vacaciones navideñas las gastaba Maruca en el otero, desde donde más claramente se veían los meandros del río salpicados de lavanderas y alimonarse en lontananza los melancólicos pinos del llano.
"...Mis intenciones son buenas. Yo soy viudo desde hace unos años. Tengo mis tierritas, unas cincuenta fanegadas, una gran casa en Guayadeque y otra en la playa del Burrero, y todo se lo ofrezco si usted quisiera compartir la vida conmigo..."
Ni una palabra más brotó de los labios de María Concepción. Fueron sus ojos llenos de lágrimas, hablando de arrepentimiento y de dolor, los que respondieron.
Allí, tan cerca, pero tan lejos, la casa, el alpendre, los terrenos de ceniza volcánica cultivados, y el único habitante afanado en las labores agrícolas bajo un sol de justicia.
Desde que nos conocimos, acabando la carrera, y comenzamos nuestra relación, siempre me dejó claro que ella no creía en ningún ser superior y, que los religiosos como yo éramos unos bichos raros.
"No fue un ascenso fácil, tardó algunos años en subir. Pero cuando salió del pozo, volvió a respirar, vio que tenía presente y futuro, y supo que debía pisar firme, para no perder esta nueva oportunidad..."
Estaba, de repente, sentado en clase junto a un joven idéntico a él. Era tal el parecido, que el profesor, acabada su presentación, les preguntó si eran hermanos. Ambos lo negaron.