Cientos de personas, miles de historias que nunca llegan a cruzarse, gente que viene y va, el ruido de los coches que tratan de llegar a su destino y, en el fondo de sus corazones, el eco.
Esa mañana como no había escuchado a Leonor, me levanté. El clamor de los vendedores me despertó, no sabía qué hora era, grité: «¡Leonor, Leonor, Leonor!». Leonor no despertó…
Mi mamá hace que se me alivie el dolor dándome un masajito en la tripa, me ayuda a dormir acariciándome el cabello y prepara roscas que me quitan el enfado...
Yo intenté ser un buen padre, aunque él se sintió alguna vez decepcionado. Lo hice lo mejor que pude, pero fui esclavo de mis decisiones, y eso lo sufrió toda la familia.
¿Cómo le digo yo a mi madre que tengo un sexto sentido? Bueno, más que un sexto sentido, tengo el poder de ver el alma de las personas. Soy capaz de ver cómo son realmente.
"...al verla, el tiempo se paró, haciéndolo más largo que cuando salía los fines de semana sin dinero, y empezó a recordar todo lo que le enamoró de ella, todo lo bueno que vivieron juntos..."
Los audífonos fueron retirados, junto con el simulador que se adhería a los ojos, mientras las amables palabras de una máquina, le decían: «Señor, la sesión de recuerdos ha terminado».
Los libros, e incluso el papel, solo se veía entre los más desfavorecidos, aquellos que vivían más cerca del suelo, donde se escondían traficantes y malhechores.
Al escucharlo, Martínez no pudo evitar sobresaltarse y en un acto reflejo se le cayeron el bolígrafo y la carpeta al suelo provocando que el comisario lo mirara con incomodidad.
Decidió escribirle un mensaje breve pero sincero, explicando la situación de su abuela y lo mucho que deseaba verle, con la esperanza de recibir respuesta.
¡Cuántas noches a la luz de una vela leyó y releyó mis páginas, mojándolas con sus lágrimas, reviviendo con su imaginación las desdichas y alegrías que la diestra pluma del autor reflejó en mis hojas!
Una ráfaga de recuerdos me sobrecogió de imprevisto, habían sido ochenta años unidas, compartiendo la misma casa, desde nuestra infancia hasta la senilidad.
"...Verde, verde, pintón, maduro y la pobre Eugenia todo el santo día llorando porque no se adapta, es que esto es muy duro, muy duro, esto no hay cristiano que lo aguante..."
"...todo lo vinculaba directamente a él con la desaparición de su socio. El corazón le iba a mil y la cabeza le iba a estallar. Alguien le había tendido una trampa."