Una anciana, sin dientes, vestida con traje negro y un carro de compra atiborrado de hierros, fuma un cigarrillo, se sienta en un banco, y contempla los árboles.
Sin esperar respuesta ni pedir permiso, lo hacen. Se lanzan por la escalera hacia mí los dos primos del setenta y siete. Compiten, como siempre, a ver quién gana, a ver quién llega antes.
Le da la vuelta, y es como un minitelevisor. En él, una imagen. Parece que soy yo, con la cara desencajada, el pelo enredado y cubierto de pinocha. Y sangre, mucha sangre en el cuello y la camisa. ¡No lo entiendo!
"...soñó que se subía a un promontorio hecho de cantos de picón y que, ya en lo alto, sintiéndose en el cielo, dibujaba, con sus manos, nubes que estaban cargadas de agua..."
No es mala niña, intenta ayudar con los más pequeños, pero tiene siempre la cara triste. Como ya tiene cierta edad, los matrimonios no quieren adoptarla porque no saben cómo les va a salir.
¿Cómo va a llover, con el tiempo que hace? ¡Está bonito el sajorín! Y llovió, con mucha fuerza, destrozando por completo el material para la confección de escobas.