Esa noche Pelusa decidió ser astronauta. Tenía puesto un mono blanco y un casco brillante en el que se podían ver reflejadas las estrellas, aun estando bajo la manta con su dueña.
El trayecto de regreso a casa regaló a Clara una de esas tardes cálidas de octubre, que seguían atrayendo a los bañistas a darse un chapuzón en alguna de las piscinas naturales que abundaban por toda la costa norte.
Los audífonos fueron retirados, junto con el simulador que se adhería a los ojos, mientras las amables palabras de una máquina, le decían: «Señor, la sesión de recuerdos ha terminado».
Los libros, e incluso el papel, solo se veía entre los más desfavorecidos, aquellos que vivían más cerca del suelo, donde se escondían traficantes y malhechores.
El abrazo continúa, ahora, acompañado por unas manos curtidas por el trabajo del campo, que le acarician la cara, con el cariño y mimo que solo ellas saben.
Los lugareños que por allí pasaban, de camino al pueblo, decían que aquella manzana aparecía allí cada día a la misma hora, en el mismo lugar, sobre la misma tabla.
En una de sus páginas, dos figuras dibujadas a lápiz comenzaron a tomar forma: parecían ser dos niñas gemelas, vestidas casi iguales, con miradas vacías y cabellos desordenados.
Y entonces, lo vi. Ahí está. Al fondo de la estancia veo el espejo bañado en oro, con figuras de ángeles y demonios tallados en la parte de arriba. El espejo en el que tantas veces me miré de pequeña.
Cientos de personas, miles de historias que nunca llegan a cruzarse, gente que viene y va, el ruido de los coches que tratan de llegar a su destino y, en el fondo de sus corazones, el eco.
Esa mañana como no había escuchado a Leonor, me levanté. El clamor de los vendedores me despertó, no sabía qué hora era, grité: «¡Leonor, Leonor, Leonor!». Leonor no despertó…