“Que nuestras raíces sean fuertes, porque las ramas siempre buscarán la luz, sin importar cuantas veces caigan las hojas”, pronunció por última vez bajo el Drago.
Habían tenido esa especie de discusión como un millón de veces, y el resultado era siempre el mismo. Cada cual adoptaba su posición y no la abandonaba aunque el mismísimo mundo se viniese abajo.
El abrazo continúa, ahora, acompañado por unas manos curtidas por el trabajo del campo, que le acarician la cara, con el cariño y mimo que solo ellas saben.
Los lugareños que por allí pasaban, de camino al pueblo, decían que aquella manzana aparecía allí cada día a la misma hora, en el mismo lugar, sobre la misma tabla.
En una de sus páginas, dos figuras dibujadas a lápiz comenzaron a tomar forma: parecían ser dos niñas gemelas, vestidas casi iguales, con miradas vacías y cabellos desordenados.
Y entonces, lo vi. Ahí está. Al fondo de la estancia veo el espejo bañado en oro, con figuras de ángeles y demonios tallados en la parte de arriba. El espejo en el que tantas veces me miré de pequeña.
"“Paren de una vez”, gritó Axel con voz temblorosa. Tenía un nudo en el estómago y sentía miedo a las represalias, pero se sintió bien por defender a su compañera."
Y mientras él estuviera allí, los pasillos del hospital tendrían menos frío, menos miedo y más amor. No curaba cuerpos, pero sanaba almas y eso era todo un milagro.
Sólo una persona en todo el pueblo la había visto, la abuela del alcalde, la mujer más longeva de todas. Decía que se trataba de una mujer de rostro pálido, con un vestido largo, negro y sencillo.
Esa noche Pelusa decidió ser astronauta. Tenía puesto un mono blanco y un casco brillante en el que se podían ver reflejadas las estrellas, aun estando bajo la manta con su dueña.
El trayecto de regreso a casa regaló a Clara una de esas tardes cálidas de octubre, que seguían atrayendo a los bañistas a darse un chapuzón en alguna de las piscinas naturales que abundaban por toda la costa norte.