Dicen que cualquier tiempo pasado fue mejor. Yo nunca he estado del todo de acuerdo con esa afirmación, ya que implica dar como buenos algunos momentos oscuros de la historia pasada, pero desde luego, en lo que mi memoria recuerda, y la de aquellos que estuvieron antes que yo, es una frase completamente acertada para esta cuestión.
Mis abuelos, que tienen más memoria que yo, me comentaron en su día cómo surgió la tradición de la romería de Gáldar (la cual no tiene tantos años). Lo único que se me quedó grabado de su historia fueron las risas al recordar cómo al llegar a la entrada de la Calle Larga había un puesto de Arehucas, obsequiando a todos los romeros con una botella gratis de ese licor que tanto nos gusta a los canarios. Imagínense mi asombro, yo que soy dos generaciones posterior, que formo parte de la generación que apenas puede permitirse alquilar una habitación, escuchar esas palabras: ¡Ron gratis! Sin duda, una visión que se me antoja fantástica y muy lejana.
Sin embargo, hoy parece que hemos cambiado aquella hospitalidad por una obsesión por prohibir.
Muchos fuimos los que intentamos durante la noche del 18 de julio, entrar a la Plaza Grande, como tantos años, a seguir disfrutando de la romería con su posterior verbena. Para muchos fue, también, la sorpresa de encontrarnos a la policía local a las puertas de la misma, impidiéndonos el paso por una “cuestión de aforo”. Para los que residimos o somos habituales en Gáldar, sentimos una mezcla de emociones: primero, una doble sorpresa,ya que no solo no se recuerda nunca haber visto a la policía local “manejando el tráfico” de la plaza (función que desde hace años cumple Protección Civil), sino que bastaba con levantar la vista para comprobar, a través de los barrotes, que la plaza estaba lejos de parecer abarrotada. Aquellos que puedan (y quieran) leer esto y que estuviesen esa noche allí, saben perfectamente que esa plaza ha visto verbenas con mucho más público.
Otro de los sentimientos que sentimos los galdenses fue el hastío. Hastío por, una vez más, encontrarnos una policía local cuya función vuelve a ser entorpecer, molestar, prohibir. Es una pena que ya tengamos que lidiar con ellos durante la vida cotidiana —multas, restricciones y prohibiciones de todo tipo— como para que ahora parezcan decididos a extender ese mismo celo a nuestras fiestas patronales. Ya no basta con hacer difícil el día a día; ahora tampoco podemos disfrutar con tranquilidad de una verbena popular.
Nadie discute la necesidad de garantizar la seguridad. Lo que sí resulta discutible es invocar el aforo cuando cualquiera que estuviera allí podía comprobar con sus propios ojos que la plaza distaba mucho de estar llena. La seguridad también exige criterio, proporcionalidad y, sobre todo, credibilidad.
Las fiestas de un pueblo deberían invitar a participar, no a quedarse detrás de una valla viendo cómo se toman decisiones que nadie entiende. Porque cuando el principal recuerdo que uno se lleva de una romería no es la música, ni el ambiente, ni la convivencia, sino la sensación de haber sido tratado como un problema, algo se está haciendo muy mal.
Supongo que mis nietos no tendrán la misma suerte que yo de escuchar que a su abuelo de joven le regalaban Arehucas antes de ir a una romería. Pero esta ha sido (y es) la evolución de Gáldar: antes te recibían con una botella de ron; ahora te reciben con una cinta policial. No sé si cualquier tiempo pasado fue mejor, pero desde luego era bastante más divertido.
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