La clase helada
Aquel viernes de noviembre amaneció soleado, pero con una ligera y fría brisa que daba cuenta del otoño. El profesor de Literatura escribió un breve poema de Antonio Machado en la pizarra de siempre: fondo verde y tiza blanca, trazo certero y enmarcado el texto en un recuadro.
A medida que escribía, los alumnos iban descubriendo las palabras que el poeta hilvanara muchos años antes y el silencio se fue adueñando de la tercera clase del día. Por un momento perdió la noción y pensó que quien dirigía su mano era el propio Machado. Vana ilusión, pensó el profesor. Luego, con los apuntes en la mano, leyó un fragmento de "Mañana no será lo que Dios quiera", de Luis García Montero, otro de "El barranco", de Nivaria Tejera y Manuel Rivas también se hizo presente con un texto titulado "Pesadillas". Aquellas lecturas sirvieron para recordar al alumnado que ese viernes de noviembre se conmemoraba el 40 aniversario de la muerte del dictador.
Cuando terminó de hablar de "los corazones helados" de los últimos tiempos, el profesor se percató de que al final del aula, a la derecha, un grupo de alumnos jugaban, disimuladamente, a las cartas.
Mientras borraba la pizarra pensó que aquellos cincuenta minutos de clase no habían servido para nada. Bueno, sí: que una de las dos Españas estaba "completamente helada aun siendo tan joven".





























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