Asesinadas
Otra mujer, una más, asesinada como consecuencia de la violencia machista. Las cifras, que suelen recordarse en estas ocasiones, dan autentico asco. Repugna comprobar cómo es una situación que se repite, y lo peor, sin que quienes deben hacerlo pongan los medios, remedio vamos. No es la primera vez, espero sí sea la última, que me siento a escribir sobre esta lacra indeseable. En tales situaciones, cuando conozco de los hechos, la mezcla de rabia, impotencia, cabreo, asombro, en fin un cúmulo de sentimientos que me revuelven, no encuentran salida, salvo que no sea la de sentarme a reflejarlo por escrito.
Cuando una mujer es asesinada, con más o menos celeridad, suelen surgir las voces mostrando las excusas no pedidas. En esta ocasión, a tenor de lo sabido, nadie salió a hacerlo. Peor aún, si cuando se tienen evidencias de la ausencia de denuncia se pone en público conocimiento, están tardando en hacer lo propio quienes, conocedores de las denuncias y solicitud de auxilio, dejaron que sucediese su asesinato. Echo en falta la rueda de prensa, como cuando saca pecho por acciones policiales sobre algo que, afortunadamente, ya no es una máquina de sembrar terror. Ahora, está claro, tendría la obligación de pedir perdón a quienes dejó huérfanos, también a la familia de la asesinada. Pero no, no seremos testigos – directos o indirectos – de tal hecho.
A veces pienso, sin mucho desatino me parece, que el problema subyace en la mentalidad arcaica procedente de los cuarenta años de perversión franquista – lo que mal empieza mal acaba –, cuando la violencia contra las mujeres se miraba como algo normal, connatural a la relación (algo haría, se escuchaba). De aquellos polvos. Es cierto, no obstante, que no son solo personas de aquella funesta época quienes actúan de ese detestable modo. Se incorporan, sin que nada se haga por evitarlo, personas más jóvenes – desconocedoras por tanto de las podredumbres del aquel momento – a la nómina de presuntos. En el ochenta y uno nació el último.
Una ambiente de hipocresía atraviesa también este fenómeno. Mientras se gastan el dinero en campañas institucionales, publicitando el teléfono de ayuda a la violencia contra las mujeres, a tenor de lo sucedido con la tinerfeña asesinada, no se dedica el mismo esfuerzo a actuar. La acción pasa, a la luz de la experiencia, por someter a estricta vigilancia a quien es denunciado o, por qué no, velar por la seguridad de quien interpone la denuncia porque conoce de la fragilidad de su vida. No digo que esté mal dar a conocer los medios, ahora bien, estará mejor la puesta en práctica de los mismos, que no nos quedemos tranquilos con "que esa llamada no deja huella en la factura telefónica". Quizá para evitar que se conozca la falta de respuesta, me interrogo. Que sea esa llamada el impulso para poner en práctica todas las medidas al alcance (las hay y no se utilizan), evitar la consecuencia de la inacción: el asesinato.
Pongan los medios, hechos y no palabras, para evitar esos asesinatos, esa modalidad de terrorismo, al que parece no dársele importancia por quedar en el ámbito de lo doméstico (violencia doméstica se llegó a denominar), que también afecta a toda la sociedad. Ese terror se traslada como una lacra a la totalidad de esta, la colapsa. Quizá, porqué engañarnos, sea la asunción de determinadas violencias lo que impida su erradicación. Porque ahora nos duele la violencia contra las mujeres, la que origina sus asesinatos; sin embargo, mientras no se produzca la condena colectiva de cualquier tipo de violencia, sea cuál sea su procedencia, que no deja de ser sino violencia, seguiremos llorando por la continuidad de mujeres asesinadas. Espero equivocarme, no saben cuánto me agradaría estarlo.




























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