La guerra de todos los días
Asalta con fuerza Federico J. Silva la narrativa actual de las islas con su primera novela y esto supone todo un acontecimiento digno de celebrarse, porque Las Calmas Aparentes sin ser un thriller mantiene sin embargo el suspense desde la primera frase: "Ella no me ama. Nunca me amará pero me da sexo." Y atrapa al lector en una expectación ansiosa por el desarrollo de varias historias entrelazadas con un ritmo eficaz que prácticamente no da un respiro. En palabras certeras de Alexis Ravelo: "Silva construye una novela caleidoscópica, en la que se cruzan personajes, argumentos y temas como en una bomba de relojería que está a punto de estallar". A través de unos personajes, enredados en una serie de relaciones sexuales y en medio de unas relaciones laborales en un periódico, se muestra la realidad más cruda de la sociedad española: medios de comunicación al servicio de intereses particulares, políticos corruptos... con referencias constantes a los elementos definitorios de la crisis económica (la vivienda, el despido libre, salarios basura) Así se presenta con sarcasmo una España rescatada por Europa, por la que pululan unos personajes descreídos y cínicos con la excepción de Maica que gracias a la literatura parece escapar de esa atmósfera de nihilismo que aparenta invadirlo todo. Como dice uno de los personajes, la literatura crea anticuerpos.
"No nos engañen las calmas aparentes. Hay una guerra de todos los días, de todas las horas. No es posible una paz duradera mientras subsista el capitalismo. Cada desfallecimiento es un triunfo de los otros, cada inconsecuencia una traición". Estas palabras del argentino Aníbal Ponce son la guía de los personajes de esta breve pero intensa novela que parecen abocados al fracaso, inmersos en una sociedad marcada por una crisis profunda. El día a día de la profesión de periodista que les da de comer es un cúmulo de sinsabores. "Para ser periodista no hay que ser buena persona" pues esto es un negocio. De esta forma, el trabajo en el periódico con un jefe de redacción despótico y sin escrúpulos, vendido al igual que la empresa editora al gobierno de turno y a los empresarios, los marca con la frustración. Se convierte así la redacción en un remedo de la sociedad y de España, donde ir a contracorriente cada vez es más peligroso. Si el ideal del periodismo consiste en proporcionar al ciudadano la información que necesita para ser libre y capaz de gobernarse a sí mismo, la realidad se empeña en todo lo contrario pues está manchada por la corrupción. Sabe de lo que escribe Federico J. Silva pues trabajó durante un tiempo como redactor en varios diarios, experiencia que le permite afirmar que "un escritor es como un cerdo que se alimenta absolutamente de todo". Escapó de ese mundo, en el que por el contrario su personaje Manu está atrapado, para dar clases a los estudiantes de secundaria y, desde la literatura, mantiene como Maica en la novela una actitud de resistencia. Tal vez por eso la novela, estructurada en 59 capítulos cortos e intensos, está trufada de referencias literarias insertadas con naturalidad en la historia como elementos cotidianos. Desde Cortázar a Vargas Llosa pero también desde valle Inclán hasta Camus. Del tono irónico de la crítica literaria a la sátira del mundo editorial.
Pero que no les engañen Las Calmas aparentes. La novela tiene un estilo minimalista cargado de un lenguaje jergal que se relaciona con eso que los críticos han llamado realismo sucio. Sus personajes, a través del monólogo interior, utilizan un lenguaje directo y soez que se traslada a las escenas sexuales (explícitas desde el inicio, descarnadas y sin tensión sexual) descritas con un lenguaje exento de adjetivación. El monólogo interior suplanta además al narrador, para reflejar la agresividad y la incomunicación de unos personajes que se plantean la vida desde el nihilismo.
De lo dicho se deduce que no es libro para lectores inexpertos, sino para verdaderos amantes de la literatura. "Vivir sin leer es peligroso, obliga a conformarse con la vida, y uno puede sentir la tentación de correr riesgos", afirmaba Houellebecq. Pero que no nos engañen esos guiños literarios porque Federico J. Silva aspira a que la literatura reconozca la necesidad de comprometerse con los perjudicados por la crisis, cuyas consecuencias sociales son, y están siendo, dramáticas. Si se deciden a caminar por las páginas de esta novela sepan que no será agradable porque pueden terminar viendo por la calle a los personajes del Guernica pues la realidad es daltónica.




























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