Canarias: entre el voto cautivo y la lealtad sometida

Paco Vega

En Canarias ha existido históricamente una arraigada cultura del voto condicionado. De mil formas y maneras se han perpetuado sufragios cautivos de la precariedad: los que se compran a cambio de favores, empleos, pequeñas obras o unas latas de pintura para adecentar fachadas; y los que se arrancan mediante promesas de futuro que, demasiadas veces, jamás llegan a cumplirse. A ello se suma el voto cautivo de quienes, por dependencia económica, laboral o social, terminan sometidos a los dictados de la maquinaria clientelar.

 

Paradójicamente, muchos de esos mismos políticos que fingen despreciar las redes sociales son los primeros en bloquear a quienes les resultan incómodos, por muy educadas y razonadas que sean sus críticas. Su aparente indiferencia no es más que una pose. En realidad, siguen con minuciosidad no solo lo que se publica, los apoyos que reciben o las quejas que suscitan, sino hasta los discretos «me gusta» que respaldan cualquier voz discrepante. En esta política de trincheras no parece haber espacio para la disidencia: impera el sectarismo del «estás conmigo o contra mí», sin grises, sin matices y, mucho menos, sin libertad para pensar por cuenta propia.

 

Resulta especialmente revelador que algunos cargos públicos cambien de chaqueta y de discurso ideológico con una ligereza pasmosa, mientras exigen a quienes consideran de su entorno una fidelidad inquebrantable. Pueden permitirse todas las contradicciones, pero no toleran el más mínimo atisbo de pensamiento independiente entre los suyos. La lealtad, para ellos, no parece consistir en compartir principios, sino en obedecer sin cuestionar.

 

Después de años de trayectoria reivindicativa, de letras, de calle y de pancarta, uno acaba aprendiendo a reconocer las costuras rotas de esa supuesta lealtad. He tenido que soportar el distanciamiento e incluso la traición silenciosa de quienes consideraba «amigos», personas que, por temor a determinados políticos, prefirieron curarse en salud, evitar cualquier enfrentamiento con el poder o preservar el favor de alguna concesión pasajera. Son los mismos que te saludan con efusiva cordialidad cuando nadie mira, en la intimidad de un espacio privado, pero que después rehúyen tu mirada y evitan cualquier encuentro contigo cuando coinciden en público. Por si acaso. No vaya a ser que alguien los vea.

 

El resultado es un panorama profundamente desalentador: una política canaria envilecida por el clientelismo, las conveniencias personales y unas prácticas cada vez más alejadas de la ética democrática. Una política, además, profundamente cainita, en la que la discrepancia se interpreta como una deslealtad y la independencia de criterio como una amenaza.

 

Llevamos ya demasiados meses atrapados en un ejercicio de transformismo político difícil de disimular, acompañado de silencios tan elocuentes como alarmantes ante problemas de enorme gravedad por parte de quienes se postulan —supuestamente— para defender los intereses generales. Cambian las alianzas, se retuercen los discursos, se acomodan las posiciones y, mientras tanto, quienes deberían dar explicaciones optan demasiadas veces por el silencio. Un silencio tremendamente perturbador.

 

Y lo que tenemos por delante no parece precisamente alentador. Más bien asistimos al preludio de lo que nos espera: una campaña electoral a cara de perro, pero no de cualquier perro, sino de uno callejero, pulgoso y dispuesto a morder a todo aquel que se atreva a salirse del redil.

 

Porque, al parecer, en determinados círculos de la política canaria se puede cambiar de partido, de discurso y hasta de principios sin mayores consecuencias. Lo único imperdonable es pensar libremente, discrepar y no obedecer.

 

Paco Vega

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