A veces

Juan Ramón Hernández Valerón.

[Img #32956]A veces uno quisiera no saber nada de nada, ignorarlo todo. No leer ningún periódico, ni escuchar la radio, apagar la tele cuando van a dar el informativo, pensar que las redes sociales no existen, que es una distopía, un relato leído en un libro de algún autor de ciencia ficción.
 
Uno quisiera pensar que la maldad no pasea junto a nosotros todos los días y a todas horas. Figurarse que el genocidio del pueblo palestino por parte de los desalmados israelitas no ha existido, sino que es producto de nuestra delirante imaginación. Que la ocupación de Venezuela por parte de Estados Unidos no se ha llevado nunca a cabo, que la hemos inventado. Que los ataques a Irán y el cierre del estrecho de Ormuz pertenecen a una película de acción vista en la tele hace unos meses. Que la guerra entre Ucrania y Rusia solo existe en mi mente calenturienta. Que la entrada de miles de inmigrantes a la ciudad autónoma de Ceuta es una creación literaria. Que los aires megalómanos del presidente de EEUU y sus delirantes sueños de apropiarse el mundo están sacados de un cómic que se edita desde hace dos años.
 
A veces uno quisiera pensar que el aparatoso avance de la extrema derecha en Europa y en el mundo es solo una pesadilla, un mal sueño tenido la noche anterior. Que la violencia verbal que impera en el Congreso de los Diputados   y se está trasladando a la calle es irreal.
 
A veces uno desearía que a todos los humanos, tengan el color que tengan y hayan nacido en donde hayan nacido - porque cualquier lugar es bueno para nacer- profesen la religión que profesen, opinen como opinen y tengan la orientación sexual que tengan, se les garantizara, nada más nacer, una vivienda digna, un techo donde cobijarse en las noches más crudas de todos los inviernos que les quede por vivir.
 
Uno quisiera transitar por la vida ignorándolo todo, ser un inconsciente, un ignorante de libro, no tener acceso a ninguna información. A diferencia de John Dole, que decía que “Nadie es una isla, completa en sí mismo…que cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra...ligado a la humanidad…”, quisiera pensar que uno debiera ser una isla desierta, encerrado en sí mismo, que nada le importara, ni le preocupara que los demás no existieran. 
 
Esconder la mirada, ocultar la cabeza bajo el ala, imaginar que nada es real y que todo es inventado. Vivir como un ermitaño, sin agobios, sin prisas, sin incertidumbres ni preocupaciones por el futuro. Sin tener responsabilidades ni echar de menos nada, estar satisfecho de uno mismo y de todo.
 
A veces, quisiera borrar de un plumazo a todos los que cada día atormentan a los pobres seres humanos con sus decisiones, sin importarles las consecuencias de sus acciones, tratándolos como si fueran simples mercancías, puros objetos materiales, nada.
 
A mis 73 años quisiera ser el rebelde que fui a los veinte, cuando rebelarse era una seña de identidad, una manera de ser y de estar en la vida. No estar desencantado de casi todo ni navegando en un mar de confusiones y de nostalgia por el pasado que se ha ido, por un océano de aguas turbulentas en el que no encuentras la orilla donde arribar un par de horas y echar un sueño que dure una eternidad, en el que todo esté reducido a la mínima expresión, en un mundo nuevo, más seguro y estable, más confiable, respetuoso y amable.
 
A veces quisiera desaparecer, imaginar que no existo, huir de mí mismo, no ser nadie, ser nada en la nada, pues todo me hastía y nada me satisface, sintiendo que la vida es una carga inmensa. 
 
A veces, cuando estoy a punto de sucumbir, de tirar la toalla, de poner punto y final a esta pelea con la vida, una halo misterioso se apodera de mí y, en apenas unos pocos segundos, me rescata y me anima a seguir en la brecha, y apenas un poco antes de que el árbitro dé por finalizado el combate, me incorporo de un salto y continúo peleando, consciente de que aún no ha terminado conmigo. Y en el fragor de la pelea que ahora continúa, las imágenes de mi gente cercana se apoderan de mí y me ayudan a aguantar el terrible combate. A punto de ser noqueado, pero decidido a resistir como sea, me enfrento a mi rival. A veces, como un refugiado que pide asilo para él y los suyos porque ha sido expulsado a la fuerza de su país, o porque no le ha quedado más remedio que huir del mismo, me entran unas ganas inmensas de refugiarme en la literatura para siempre, como manera de liberarme de las pesadumbres de este mundo.
 
Porque a veces no soporto a los que pasan de todo, a los que no toman partido por nada, a los que no opinan por temor, a los que viven una vida miserable pensando que eso es vivir, a los que se comportan como ganado, agachando continuamente la cabeza, paciendo en el campo como si fueran ovejas. A los que nada les preocupa, a los que luego se lamentan de haber permitido los excesos de los otros, de no haberles visto venir, a los que se comportan como corderos en un mundo de alimañas. A los que olvidan para no recordar. A los miedosos de siempre que han arrastrado sus miedos a través de los siglos. 
 
Por eso también a  veces, muchas veces, como el poeta, maldigo la literatura (él decía maldigo la poesía) concebida como un lujo cultural por los neutrales, que lavándose las manos se desentienden y evaden.
 
Lo bueno de todo esto es que eso solo me pasa a veces.
 
Y cuando me falten de nuevo las fuerzas, cuando diga no puedo más y aquí me quedo, me gustaría llevarme conmigo la imagen de mis hijas, mi esposa y mis nietas para tenerlas siempre a mi lado en mi última travesía por el desierto.
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