Desde el antier al hoy: ¿supersticiones o temor al olvido?

Nicolás Guerra Aguiar

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Desde México, estimado lector, recibo un corto vídeo muy bien dramatizado. Me lo envía Raquel, lejana parienta de apellido Aguiar a quien conocí años atrás cuando se desplazó a Gáldar con su hermana Ana. Vinieron, exclusivamente, a depositar las cenizas del abuelo paterno (Matías Aguiar Rosas) allí donde nació. Aquel se lo había rogado desde el lecho de la muerte. (Conozco la férrea vinculación -y muchas veces magua, añoranza, nostalgia- que canarios migrantes mantuvieron siempre con su insularidad, niñez y primera juventud a miles de kilómetros… Algunos, incluso, llegaron a ensoñaciones cuando imaginaban sus cuerpos impregnados de tarosadas sardineras, sonoridades y mar ruin por El Faro norteño...)

 

La grabación tiene el nombre de “Las velas de huesos”, portadas estas por pillanes [piyánes]. Trátase de una voz procedente de Chile, acaso próxima a finados (para la RAE, ‘personas muertas’) y a finaos: esta pierde la “d” intervocálica en Canarias. (Al coincidir cronológicamente y en contenidos simbólicos con la fiesta de Halloween nuestros paisanos, tan internacionalizados y lingüísticamente vinculados por tradición cultural a los celtas, se vuelcan en lenguas centroeuropeas: ¡para que luego digan!)

 

La teatralización representada en el video (variante léxica más usada por hablantes hispanoamericanos) se integra en el conjunto “Leyendas del Yucatán”, península al sureste de México. Los nombrados pillanes salen a caminar en noviembre y portan velas encendidas, tal aclara el narrador. Pero si alguien los mira o recibe algo de sus manos, debe pagar con la muerte.

 

Una abuela, al saber de su proximidad, grita desesperadamente que son las ánimas (almas que aguardan su purificación en el purgatorio antes de ir a la gloria, dice la doctrina católica), pero no las tan reiteradas almas en pena, obsesivamente presentes en la tradición popular, recuerdos de mi tierra galdense. Deben, pues, cerrar todas las ventanas de la casa para no ser vistas. Pero la nieta -¿ingenuidad juvenil, raciocinio?- sólo ve a campesinos rezando en lenta procesión. Al final, la madurez acertó: sí, llegan del cementerio. La curiosidad de la nieta y la vela encendida que recibe de un decrépito cuerpo “viviente” reclaman el cobro en un tiempo indefinido: la vela, ya en el interior de la vivienda, se convierte en hueso de difunto. Ella, por tanto, padecerá y morirá.

 

Ese mismo día entré en una tasca de La Matanza de Acentejo. No es el añorado guachinche del milenio anterior, pues los también llamados buachinches andan ya casi geográfica y sensorialmente desaparecidos: se impone, imponen, una nueva concepción de la gastronomía mucho más pretenciosa pero, a veces, aún no al alcance de sus manos y cocina... (¡Aaay, aquel pulpo guisado, las garbanzas con costilla, cuencos de papas bonitas, conejo en salmorejo… con vino de la casa o del vecino, según las circunstancias, pero siempre cosecha propia!)

 

Y nada más pasar la entrada, junto a una oscura cueva que me llamó la atención, vi sobre un pequeño saliente de madera el altarcito religioso de la foto: una virgen negra con media luna plateada a sus pies, cetro de poder mundano, aureola de realeza. Sostiene a lo largo de su brazo derecho al infante -también negro- coronado áureamente. Es decir, la opuesta imagen de un Jesús nacido en simple alpendre o quizás gallanía y una madre, ambos muchísimo más cercanos a lo rigurosamente espiritual que a los símbolos profanos y de poder: plata, oro, piedras preciosas…

 

Junto a la hornacina aparecen dos retratos, dos fotos o composiciones fotográficas seguramente amañadas: a la izquierda, san Antonio Abad; a la derecha, san José Gregorio Hernández, venezolano canonizado en 2025. (Como añadido explicativo, algo importante: los dueños o arrendatarios de la tasca también son hispanoamericanos, paisanos del santo. Incluso me atrevo a afirmar que están recién llegaditos a Tenerife: según la factura, el establecimiento está situado en “Las Palmas, La Matanza de Acentejo”.)

 

Pues bien. Las significadas fechas del pasado fin de semana y principios de la actual, el vídeo recibido de México y la taberna o bodegón matancero con su virgen negra y la santa compaña me retrotrajeron inmediatamente a mi infancia – primera juventud durante tantos y tantos meses veraniegos y largos fines de semana pasados en Sardina del Norte.

 

Costa galdense, estimado lector, donde aprendí sobre temas sociales variados, tal apunté una vez. Así, chiquillos de mi edad muertitos de hambre (con ellos compartía mis meriendas); me sorprendía la actitud servil de pescadores hacia algunos veraneantes a quienes trataban de “don”; añado las mil una maldiciones que echaban las mujeres a sus hijos, vecinas e incluso maridos cuando llegaban cargados de ron patero a sus habitáculos de las casas baratas tras las roniadas (tiendas de Juan María - Pinito y Bernabé, junto al hoy eliminado barranco). También llegó a impactarme -por irracional- que durante la misa dominical en la ermita (arriba, El Lomo) los bancos solo eran ocupados por los veraneantes, propietarios.

 

Y precisamente por mi amistad con hijos de pescadores, frecuentemente entraba en las casas de algunos para coser la gueldera (la pandorga gomera), coger una talega donde meter lapas negras de fondo, afilar la fija para pulpiar o, acaso, con la intención de que la profesionalidad paterna empatara la potera a la tansa gorda. A fin de cuentas mientras se calamariaba, el molusco, con “los rejos por simba”, jalaba fuerte cuando confundía el brillo del jabón impregnado sobre el plomo de la pieza con el blanco de una sardina, aparente engodo y entullo. Y descubría.

 

Sí, descubría en viviendas sardineras figuras religiosas no ya de madera, sino de tiza o yeso: presidían solemnemente una de las dos habitaciones. No recuerdo si santos o santas (supongo que tampoco sería muy importante el sexo), pero pequeños trozos de velas (¿tomadas prestadas del altar ermitaño?) esparcían el humo negro de la cera o sebo e inundaban de intenso olor aquel minimísimo espacio convertido en altar. (Algunas imágenes rotaban cada dos semanas por distintas viviendas vecinales, medianías galdenses.)

 

También había fotos de familiares muertos fijadas a la pared a veces en semicírculo, acaso para recibir lo supuestos dones impartidos por la imagen. O quizás para abandonar por su intercesión la incómoda estancia del purgatorio, allí donde deben purificarse los llamados al Cielo... Y algún rosario -incluso con cruz de plata- daba cobijo al recordatorio o tarjeta dedicado a familiares muertos y cuya entrega se hacía durante el funeral.

 

Sí. Pichanes, finaos, imágenes de ayer como las de hoy, evocaciones, ¿supersticiones?... (Sin embargo para Pedro Lezcano, poeta, la acción de la muerte puede implicar querencias: “Yo declaro mi amor a lo que muere. / Siendo fugaz, no puedo amar lo eterno. / Amar lo eterno sólo es despedirse, desesperadamente pasajero”. Pero esta estrofa ya forma parte de su etapa filosófica.)

 

Nicolás S. Guerra Aguiar

Catedrático, escritor y miembro honorario de la Academia Canaria de la Lengua

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