Microrrelatos. Algo personal

Hasta la tierra más noble se cansa de la sequía

Ros Ruimen Viernes, 06 de Noviembre de 2026 Tiempo de lectura:

El pequeño taller olía a aceite de motor quemado. Nicolás estaba inclinado bajo el capó de un coche. Sudaba, con los brazos manchados de grasa, luchando con los viejos hierros.

 

El corpachón de Miguel le tapó por unos momentos la claridad. Traía un enorme saco de papas agarrado con una sola mano y su eterna sonrisa dibujada en la cara.

 

—¿Dónde te las dejo? —preguntó alegremente.

 

Nicolás lo contempló con resquemor. Siempre le había irritado su buen humor. Habían ido juntos al colegio y Miguel había sido el blanco de sus burlas durante toda la adolescencia.

 

—Pásame la llave inglesa que está en la banqueta —gruñó sin incorporarse.

 

Miguel dejó el saco en el suelo y echó un vistazo. Era capaz de sanar una pata rota a una oveja o injertar un limonero con los ojos cerrados, pero aquel amasijo de herramientas de hierro no le decía nada.

 

—¿Una llave inglesa? —preguntó con tono tranquilo—. De esas extranjeras no entiendo, Nicolás. Si me pides una de aquí, te la busco.

 

Nicolás dio un respingo como si le hubieran tirado un petardo. Soltó una carcajada estridente que retumbó en las chapas del taller y se secó las lágrimas con el antebrazo.

 

Para el mediodía, el chiste ya recorría las mesas del bar. Durante semanas, las burlas del pueblo no le dieron tregua: «Miguel, tengo un serrucho chino que no corta. ¿Será que no me entiende?».

 

Miguel escuchaba, callaba y aguantaba la embestida con la paciencia ejercitada durante muchos años… hasta que Inés se rió de él.

 

—Miguel, cuidado con la escoba, que es francesa y no la vas a saber usar —le dijo entre carcajadas.

 

Llevaba años enamorado de ella sin atreverse a decirle nada. Miguel se dio la vuelta para que no lo viera llorar.

 

Nicolás iba al bar todas las tardes. Misma hora, misma mesa, las piernas abiertas y la voz por encima de las conversaciones. Presumía de no tenerle miedo a nada. Miguel nunca lo había desmentido.

 

Aquella tarde Miguel llegó antes.

 

El primer ratón salió de debajo del banco cuando Nicolás empezaba a contar otra vez lo de la llave inglesa. El segundo le rozó el zapato.

 

Nicolás dio un salto y volcó la mesa. Las cervezas se estrellaron contra el suelo. Intentó subirse a una silla, la tiró y acabó arrinconado junto a la barra, sacudiéndose los pantalones y soltando unos chillidos que hicieron callar al bar entero.

 

Alguien se echó a reír.

 

—¡Que son ratones, hombre! ¡No te van a comer!

 

Nicolás quiso responder, pero entonces notó un calor húmedo entre las piernas. Bajó la mirada. Los demás también.

 

Las carcajadas llegaron de golpe.

 

Miguel seguía sentado. Durante un instante vio al compañero del colegio, acorralado. Nicolás lo miró buscando su ayuda, como siempre que estaba en apuros.

 

Miguel le devolvió la mirada en silencio. Todavía podía enmendarlo. Darle su cazadora para que se tapara. Sacarlo de allí.

 

Pero las humillaciones pasadas volvieron a desfilar por su mente, una a una.

 

—No tengas miedo —dijo Miguel con calma—. Estos son de aquí. Te entienden.

 

Inés se dobló de risa y le apretó el brazo.

 

Miguel acercó su silla a la de ella.
 

Ros Ruimen

rosruimen.com

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