Sin ministro al que atacar, sin campaña que vender
Hay momentos en política en los que un solo gesto cambia todo el tablero; y no porque resuelva el problema de fondo, sino porque desmonta la estrategia del adversario. La dimisión del Ministro de Transportes tras el accidente de Urda ha sido exactamente eso; un gesto de responsabilidad que ha dejado a la derecha sin discurso, sin campaña y sin guion.
Y se nota; se nota en esa relajación extraña que se percibe en estos días en los partidos de la derecha; y no parece que sea la relajación de quien está satisfecho, ni de quien ha ganado un debate; parece la relajación de quien se ha quedado sin instrucciones. Es el silencio que sigue a un ruido muy fuerte cuando de repente se apaga el altavoz.
Para entenderlo hay que entender cómo estaba montada su campaña.
No tengo ninguna duda en absoluto, de que la campaña estaba construida sobre una persona, y no sobre un problema; porque desde las primeras horas tras el accidente de Urda, la oposición no habló de las víctimas con la solemnidad que exigía el momento, ni de la necesidad de reforzar la seguridad, ni de las investigaciones que había que abrir; habló de una persona, más concretamente, del Ministro de Transportes.
Todo su argumentario era mono-temático. Por la mañana, un comunicado pidiendo su dimisión; al mediodía, una rueda de prensa pidiendo su dimisión; por la tarde, una pregunta en el Congreso pidiendo su dimisión; por la noche, una tertulia repitiendo que el Ministro debía dimitir.
Era una estrategia perfecta para la derecha, porque era simple; no necesitaba datos, no necesitaba esperar al informe de la investigación y no necesitaba entender qué había fallado técnicamente en Urda; solo necesitaba un nombre, una foto y una consigna repetida hasta la saciedad. Era política de pancarta, no política de gestión.
El objetivo no era esclarecer Urda. El objetivo era desgastar al Gobierno. El accidente era solo el escenario, el Ministro era el blanco y el rédito electoral era el premio. Pero la dimisión rompió la lógica del ataque, porque cuando el Ministro presenta su dimisión, asumiendo la responsabilidad política que corresponde a su cargo, incluso antes de que la investigación haya concluido, ocurre algo que la derecha no había previsto; y ello es, que se les cumple lo que pedían; y una oposición que vive de pedir algo, se queda huérfana cuando se lo dan. Ya no pueden salir a pedir la cabeza que ya ha caído; ya no pueden convertir cada informativo en un juicio sumarísimo contra una persona concreta; ya no pueden mantener el relato del “Gobierno que se aferra al cargo”, porque el Gobierno ha hecho exactamente lo contrario; ha dado un paso atrás por responsabilidad y por respeto a las víctimas; quitándole con ello, el eje de su campaña. La relajación que se percibe, es el tiempo de reescribir el guion; o sea, el tiempo muerto entre dos guiones.
El primero ya no sirve; el segundo aún no está escrito. En las sedes de los partidos de la derecha, en estos momentos, hay equipos enteros intentando encontrar un nuevo relato que mantenga vivo el caso Urda sin que suene a oportunismo descarado; porque ahora tienen un problema muy serio: si siguen hablando de Urda, tienen que hablar de lo que de verdad importa.
Tendrían que hablar de los informes técnicos; tendrían que hablar de inversión en mantenimiento; tendrían que hablar de protocolos de seguridad; tendrían que hablar de qué proponen ellos para que no vuelva a pasar; y para eso no tenían guion preparado. Su guion era: “que dimita el Ministro”. Punto.
Por eso han bajado la intensidad, en sus declaraciones, mientras esperan que alguien les pase el nuevo argumentario que les diga, qué decir ahora que ya no pueden decir lo de antes.
De todas maneras, a nadie se le esconde que lo que toca ahora, es intentar que la dimisión no sirva de nada; digo esto, porque ya se observan los primeros intentos de esa reestructuración con el comienzo del cambio de la consigna; la consigna ahora ya no es “que dimita”, porque eso ya pasó. Ahora es: “dimite tarde”, “dimite para tapar”, “dimite pero no es suficiente”, “tiene que dimitir alguien más”.
Es el intento desesperado de mantener el ruido aunque el motivo del ruido ya haya desaparecido. Es alargar artificialmente una campaña que se ha quedado sin combustible. Pero no funciona igual. La ciudadanía percibe la diferencia. Una cosa es exigir responsabilidades en caliente, cuando el dolor está a flor de piel, y otra muy distinta es seguir exigiendo cuando el gesto ya se ha producido. En el primer caso, puedes parecer exigente; en el segundo, parece insaciable. Parece alguien que no buscaba justicia, sino venganza política.
Y ese es el gran riesgo para la derecha; que la dimisión del Ministro, en vez de debilitar al Gobierno, termine por retratarlos a ellos como lo que son: una oposición que no quería una dimisión, sino una campaña permanente.
Al final, lo que la dimisión ha dejado al descubierto es la pobreza de su propuesta. Sin el Ministro como enemigo, ¿qué propone la derecha para Urda? ¿Qué modelo de transporte defiende? ¿Qué medidas de seguridad plantea? ¿Qué le dice a las familias de las víctimas más allá de la consigna?
Nada. Porque no había nada detrás de la consigna. Y mientras ellos reescriben el guion en sus despachos, mientras buscan un nuevo blanco, un nuevo nombre al que señalar, el país sigue en lo importante: en el duelo, en el acompañamiento a las víctimas y en la espera de que la investigación hable con rigor y con verdad. La dimisión del Ministro de Transportes no ha cerrado el caso Urda; ha hecho algo más importante: ha demostrado que había una forma distinta de hacer política ante la tragedia, con responsabilidad y sin cálculo, y ha dejado a la derecha sin su único argumento. Por eso están relajados; no porque estén tranquilos, sino porque están perdidos; porque cuando se te cae el guion, solo te queda improvisar; y en política, quien improvisa ante una tragedia, no me cabe la menor duda, de que ya ha perdido.
Juan Reyes González
































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