El alcalde de Sardina que nadie eligió

Guayarmina Guanarteme

[Img #37008]Gáldar posee una singularidad administrativa digna de estudio: tiene un alcalde oficial, otro en la sombra y, por lo visto, otro que se ha autoproclamado alcalde de Sardina. Nadie recuerda haber visto las urnas, el pleno de investidura ni el bastón de mando, pero el elegido ya ejerce. Solo falta que encargue una banda, inaugure una embajada y solicite la independencia del resto del municipio.
 
La vocación de estadista sería enternecedora si no fuera porque el alcalde imaginario tiene responsabilidades bastante más terrenales. Mientras gobierna mentalmente su pequeño reino costero, los jardines y parterres municipales avanzan hacia la declaración de selva protegida. La hierba crece con una libertad que ya quisiera la oposición, algunas plantas se secan esperando un milagro y determinados alcorques parecen monumentos oficiales a la desidia. Como continúe esta brillante política ambiental, pronto no harán falta jardineros, sino exploradores con machete.
 
Pero la responsabilidad de Parques y Jardines no consiste únicamente en conservar lo que ya existe, y mucho menos en limitarse a desbrozar cuando la maleza comienza a saludar a los peatones. También exige ampliar las zonas verdes, plantar árboles, crear espacios de sombra y recuperar rincones duros, grises y abandonados. Un municipio que presume tanto de transformación debería comprender que transformar no es llenar las calles de cemento, macetones decorativos y fotografías inaugurales. Transformar también significa hacerlas más verdes, habitables y preparadas para soportar temperaturas cada vez más altas.
 
En Gáldar parece haberse impuesto una curiosa versión de la jardinería municipal: mucha purpurina vegetal en los espacios de escaparate y demasiada supervivencia asistida en el resto. Se colocan cuatro plantas donde puedan salir bien en la fotografía, se inaugura el correspondiente rincón “verde” y asunto resuelto. Después, los árboles que den sombra, los pequeños parques, las zonas de descanso y los nuevos jardines pueden esperar sentados, preferiblemente bajo algún toldo, porque sombra natural tampoco sobra.
 
Crear espacios verdes no es decorar. Es mejorar la salud, reducir el calor, ofrecer lugares de encuentro y hacer más amable la vida diaria. Para eso hacen falta planificación, inversión y una estrategia municipal seria que determine dónde faltan árboles, qué terrenos pueden recuperarse y cómo garantizar su mantenimiento. Plantar por inaugurar y abandonar después tampoco sirve: un árbol no es un elemento de atrezo para una rueda de prensa.
 
Conviene recordarle a su excelencia sardinesa que una concejalía municipal no es una alcaldía pedánea imaginaria ni una plataforma de promoción personal. Su obligación no termina donde acaba el escenario en el que más cómodo se siente. Debe cuidar los jardines existentes y trabajar para que haya muchos más. Puede parecer una tarea menos emocionante que interpretar el papel de alcalde, pero para eso existen las concejalías: para gestionar, no para representar fantasías de coronación.
 
Menos virreinato, menos maceta de escaparate y menos alcalde de opereta. Más mantenimiento, más árboles, más sombra y nuevos espacios verdes para Gáldar. Porque antes de aspirar a gobernar un barrio convendría demostrar que se sabe cuidar un parterre y, de paso, crear alguno nuevo.
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