
Mi abuela nos había dejado hacía unos ocho años y, sin embargo, volvió a llamarme. La verdad es que no se me apareció un día, de repente, en el espejo del baño. Tampoco se presentó una noche cualquiera en mis sueños. Simplemente, encontré su número de teléfono escrito en la parte de atrás de un billete de guagua y supe que quería llamar mi atención.
Estaba vaciando su casa cuando lo encontré. Mi madre se había empeñado en no tocar nada de sus cosas hasta que la pusiéramos a la venta. Ese momento tardó ocho años en llegar.
A mi madre le resultaba bastante doloroso recoger sus cosas así que, por cosas del destino —o porque soy su única nieta— me tocó a mí.
Su casa estaba en Gáldar, a dos calles de la Iglesia de Santiago de los Caballeros. Siempre pensé que le gustaba vivir ahí porque desde su ventana se veía su enorme reloj, ese que decía que nunca fallaba. Después supe que no, que vivía ahí porque le había tocado por herencia y no se podía permitir otro lugar. Aun así, cada tarde la pasaba asomada a la ventana mirando, según ella, nada, cosa que yo jamás entendí.
Cuando llegué esta mañana, lo primero que hice fue abrir esa ventana para dejar salir el olor a cerrado condensado en el ambiente, a cerrado y a ella, a su jabón de manos, su colonia y su café. Los primeros minutos los pasé esperando verla salir de la cocina preguntándome si quería comer porque, como todas las abuelas, pensaba que cualquier problema de la vida se solucionaba comiendo. Una ruptura, un suspenso, cualquier metedura de pata se arreglaba con el estómago lleno. Pero la cocina estaba vacía.
Decidí empezar a recoger por el salón, la estancia más grande de la casa. Coloqué tres cajas a mi lado y fui organizando cada objeto según fuera para guardar, donar o tirar, pero terminé solo con dos tras comprender que era incapaz de tirar nada, por muy estropeado que estuviera. Y es que, las cosas son solo cosas hasta que alguien se va, cuando se convierten en recuerdos a los que nos aferramos para no olvidarnos nunca de esa persona.
El billete de guagua lo encontré dentro de un bolso antiguo que coloqué en la caja de las donaciones. Estaba doblado a la mitad y tenía el número escrito en azul. Sin duda, era la letra de mi abuela y, justo debajo, ponía «llamar cuando estés preparada».
Tuve que leer varias veces la frase para asegurarme de que no estaba alucinando y llenarme de valor para volver a marcar, pero el número ya no existía. Me reí de mí misma pensando en lo tonta que era al pensar que después de tantos años todavía estaría activo, incluso estuve a punto de tirar el billete para no volver a intentarlo. Pero, en lugar de eso, me lo guardé en el bolsillo y seguí limpiando.
Una hora después, encontré una caja llena de fotografías de mi madre cuando era pequeña, de mi abuelo el día de su cumpleaños —cuando todavía tenía pelo—, de una cena de Navidad, de gente que no conocía. En una de ellas, estaba mi abuela de joven esperando la guagua. Detrás había dos palabras: «El día».
Intrigada, llamé a mi madre para preguntarle de qué había trabajado mi abuela, aun sabiendo que me diría que limpiando casas. Le envié la fotografía a su móvil y le pregunté si sabía lo que significaban aquellas dos palabras, pero no tenía ni idea.
—¿Estás tirando cosas?
—Sí, claro.
Por la tarde, debajo de unas mantas, encontré una caja metálica con decenas de cartas dirigidas a mi abuela y firmadas por un tal «Antonio». Las primeras eran de amor, de ese primer amor exagerado pero sincero de antaño; páginas y páginas hablando del mar, de Agaete, de ganas de verla y de toda una vida imaginaria juntos. Luego, se iban haciendo cada vez más cortas y frías, hasta llegar a la última: «Te espero el domingo en la parada. Si vienes, entenderé que tú también quieres lo mismo; si no vienes, dejaré de molestarte».
Mi abuelo no se llamaba Antonio, así que volví a preguntarle a mi madre, pero lo único que tuve como respuesta fue un «tíralas». Después de unos minutos donde mi madre no dejaba de repetirme lo mismo, pude sonsacarle que se trataba de un novio de la adolescencia con el que pensaba escaparse a Venezuela. Sin saber muy bien por qué, entendí que aquel billete de guagua era justo el de ese día.
Las siguientes horas las pasé intentando encontrar una explicación entre los muchos objetos guardados en su casa, mientras en el exterior Gáldar continuaba con su vida. Me levanté y me asomé a la ventana dirigiendo mi mirada hacia el reloj.
«Llamar cuando estés preparada».
De repente, entendí todo. Volví a leer todas las cartas buscando pistas y encontré un nombre en una de ellas: «Carmen», la hermana de Antonio. Hice lo que hacemos todos en la actualidad cuando queremos localizar a alguien. Busqué en internet. Antonio había muerto hacía tres años y en la esquela aparecían todos sus familiares —entre ellos su hermana— y descubrí que tenía una hija. La busqué y la encontré.
Diez minutos tardé en encontrar su dirección y su número de teléfono, así que le envié un mensaje: «Hola, estoy vaciando la casa de mi abuela y acabo de descubrir que estuvo a punto de fugarse con tu padre hace sesenta años».
Al día siguiente, recibí su respuesta. Se llamaba Elena y conocía la existencia de mi abuela y accedió a que nos viéramos para contarme lo que sabía de la historia. Yo aparecí con las cartas; ella, con una caja.
—Mi padre nunca supo por qué no apareció —me dijo—. Simplemente pensó que había cambiado de opinión y lo aceptó.
Elena me enseñó las fotografías de mi abuela que su padre había guardado dentro de la caja y una última carta escrita por él varios años después y que nunca le llegó a enviar.
Por supuesto, leí la carta, pero no voy a contar lo que decía por respeto a ellos. Solo diré que Antonio nunca dejó de preguntarse lo que habría pasado si mi abuela se hubiera subido a aquella guagua.
Cuando volví a casa y le entregué la carta a mi madre, lloró como una niña pequeña y acabó confesándome que mi abuela sí que había acudido a aquel encuentro, pero que no se lo había dicho porque aquella misma mañana había descubierto que estaba embarazada de otro hombre, el que acabaría siendo mi abuelo.
Nunca más volvió a verlo.
—Entiendo que quisiera guardar todas esas cartas —dijo—. Elegir una vida no significa olvidar todas las que podía haber vivido.
Aquella frase se quedó conmigo durante varios días.
Terminamos de recoger todas las cosas de la casa, donamos muebles, libros y ropa. Y el último día, antes de entregar las llaves al nuevo propietario, me asomé una última vez a la ventana.
Pensé en Antonio, en mi abuela, en mí. Si aquella tarde ella se hubiera acercado, probablemente yo no existiría.
Nuestra vida depende de millones de decisiones diminutas que nos hacen ser quienes somos y llegar a donde estamos: atravesar una u otra puerta, hacer una llamada, acudir a una cita.
Guardé el billete de guagua en mi cartera sin saber a quién pertenecía aquel número, ni por qué mi abuela escribió que debía llamar cuando estuviera preparada. Quizá fuera ella la que esperaba hacerlo algún día, o puede que lo hubiera escrito sabiendo que lo encontraría la persona adecuada llegado el momento.
Sea como fuere, al cerrar la puerta de la casa por última vez, pensé en que la vida no está hecha únicamente de las decisiones que tomamos, sino todas las que decidimos no tomar, de quienes dejamos atrás, de lo que nunca llegamos a decir y, sobre todo, de las guaguas a las que, por alguna razón, escogemos no subir.
Olga Valiente






























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