Esperanza y empatía frente a la brutalidad y el insulto

Abraham Ramos Viera

[Img #42597]Es probable que, en medio de la situación que estamos viviendo, muchas personas se vean arrastradas por una efervescencia puramente emocional que utiliza sentimientos tan primarios y viscerales como la rabia, el enfado y la ira como instrumentos de manipulación profundamente eficaces.

 

Y así, algunos líderes de la ultraderecha y de la derecha ultra abanderan discursos y manifestaciones públicas basados en frases grandilocuentes, acusaciones, calumnias y simplificaciones que rozan lo absurdo. Pero en una sociedad enfurecida, la razón, ese ejercicio de reflexión que nace desde la tranquilidad y la sensatez, parece encontrar cada vez menos espacio.

 

La brutalidad se ha impuesto como forma de dirigirse a los demás y el insulto se ha convertido en el principal argumento.

 

Siempre he defendido la utilidad de las emociones como una brújula que nos ayuda a interpretar nuestra realidad. Nos permiten reconocer lo que nos importa, aquello que nos duele y también lo que consideramos injusto. Pero una cosa es escuchar nuestras emociones y otra muy distinta dejar que sean ellas las que tomen todas nuestras decisiones.

 

Especialmente cuando hablamos de cuestiones importantes y trascendentales, conviene atar en corto aquellas emociones que nos empujan a reaccionar visceralmente. Todos sabemos que la ira puede llevarnos a tomar decisiones que difícilmente justificaríamos cuando recuperamos la tranquilidad.

 

Y creo que algo así nos está pasando colectivamente. Una bola de nieve de enfado que se retroalimenta, que gana fuerza y que va engullendo a personas que terminan viviendo permanentemente desde la rabia y la confrontación. Y lo peor es que esa manera de relacionarnos con el mundo termina impregnándolo todo.

 

Pero estoy convencido de que existe otra forma. La de la esperanza, la empatía y la tranquilidad necesaria para reflexionar sobre los modelos de país que unos y otros defienden.

 

Hubo un momento en nuestra historia en el que entendimos que los derechos humanos debían ser el marco común para no volver a cometer los mismos errores. Sin embargo, hoy asistimos a propuestas políticas que son capaces de poner en duda incluso esos principios.

 

Y me resulta especialmente preocupante ver cómo determinados dirigentes se presentan como grandes líderes cuando no son más que títeres de aquellos que más poder acumulan. Un modelo en el que los grandes intereses económicos y tecnológicos buscan disminuir los derechos de la mayoría para poder mantener los beneficios y los privilegios de unos pocos.

 

Porque conviene preguntarse quién gana realmente con todo esto.

 

Frente a ese modelo de sociedad, yo quiero hablar de otro. De un modelo en el que todos cabemos, en el que nuestras diferencias no nos convierten en enemigos y en el que no aceptamos que los privilegios de unos se construyan a costa de los derechos de otros. Porque no se trata de enfrentar derechos contra derechos, sino de entender que los privilegios de unos pocos no pueden estar por encima de los derechos de todos. Un modelo que entiende que una sociedad avanza cuando amplía las oportunidades, protege la dignidad de las personas y no deja a nadie atrás.

 

Y esa es, precisamente, la manera de entender la política que lleva defendiendo el socialismo en España desde hace generaciones. Un socialismo que fue perseguido hasta la extenuación durante el franquismo, a golpe de represión, de fusilamientos, de exilio y de dolor. Y que, cuando llegó la democracia, recibió una y otra vez la confianza de millones de españoles para transformar este país. En apenas cincuenta años, España ha avanzado de una forma que parecía impensable. Y el PSOE ha sido protagonista de buena parte de esos avances: fuimos pioneros en el reconocimiento del matrimonio igualitario, en leyes para defender a las mujeres frente al machismo y la violencia machista, y en reconocer la dignidad y la libertad de las personas también al final de sus vidas. Con errores, por supuesto, y con mucho camino todavía por recorrer. Pero con una convicción que sigue intacta: la política debe servir para ampliar derechos y mejorar la vida de las personas.

 

Y, sobre todo, sigo creyendo en la esperanza como una fuerza capaz de movilizarnos para construir, en lugar de destruir.

 

Porque una sociedad que vive permanentemente enfadada no es necesariamente una sociedad más fuerte. Es, probablemente, una sociedad mucho más fácil de manipular.

 

Abraham Ramos Viera

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