Finaos

Las maripositas de los Finaos, pequeñas luces para que el recuerdo nunca se apague

Una tradición canaria que une memoria, fe y convivencia familiar en la Noche de los Finaos.

Moisés Rodríguez Gutiérrez Miércoles, 04 de Noviembre de 2026 Tiempo de lectura:
Cuenco de velas flotantes sobre madera. Imagen de Isabel BallesterosCuenco de velas flotantes sobre madera. Imagen de Isabel Ballesteros

Hay costumbres de nuestros Finaos que merecen que nos detengamos un momento para conocerlas y, sobre todo, para que no se pierdan. Algunas las recordamos porque las vimos en casa, otras porque nuestros padres y abuelos nos hablaron de ellas y nos enseñaron el significado que tenían. Entre esas pequeñas tradiciones están las conocidas maripositas, unas luces que flotaban sobre el agua y el aceite y que, en muchos hogares canarios, se encendían en recuerdo de los familiares fallecidos. Una costumbre que viene de nuestros mayores y que todavía hoy se conserva en algunas casas de las islas.

 

En muchas familias, cuando llegaba la Noche de los Finaos, se preparaba un recipiente, que podía ser un plato hondo, un cuenco o un vaso, al que se añadía agua y aceite; sobre aquella mezcla se colocaban pequeños soportes flotantes con una mecha o pabilo impregnado de aceite, que permitía mantener encendida una pequeña llama. La forma de elaborarlas no era igual en todos los lugares, pues dependía mucho de las costumbres de cada pueblo y de los materiales que se tuvieran a mano. En algunos sitios se utilizaban pequeños trozos de corcho, mientras que en otros se recurría a diferentes elementos y maneras de prepararlas. Cambiaban los recipientes y los materiales, pero permanecía el sentido de aquella costumbre.

 

Aquella luz no estaba allí solamente para alumbrar, tenía un significado mucho más profundo, relacionado con el recuerdo de los familiares fallecidos, la oración por sus almas y la devoción popular a las ánimas, unas creencias muy presentes en la vida de nuestros antepasados. Encender aquellas pequeñas llamas era una manera de tener presentes a quienes se habían marchado y de pedir por ellos desde la fe.

 

Era una de esas tradiciones que se aprendían mirando a los mayores, escuchando sus explicaciones y participando en los pequeños preparativos de la casa. Los niños observaban cómo se colocaban aquellos recipientes y preguntaban por qué se hacía, mientras los mayores transmitían, muchas veces sin darle demasiada importancia, una costumbre que ellos mismos habían aprendido de sus padres.

 

Los Finaos, como bien sabemos, eran mucho más que una noche para recordar a los difuntos, eran también reuniones familiares, castañas asadas, nueces, almendras, higos pasados y un vasito de anís o mistela. Alrededor de la mesa se hablaba de los que ya no estaban, se contaban anécdotas y se recordaban sus ocurrencias, sus trabajos y aquellas pequeñas cosas que habían dejado en la memoria de los suyos. Los más jóvenes escuchaban aquellas historias y, sin darse cuenta, iban conociendo a familiares que quizás nunca llegaron a conocer en persona, pero que también formaban parte de su historia.

 

Por eso resulta tan bonito volver a contemplar la imagen de aquellas maripositas flotando sobre el agua. Todavía hoy hay hogares canarios donde se mantiene esta costumbre, mientras que en otros se recupera a través de encuentros y actividades dedicadas a nuestras tradiciones. También podemos encontrar velas decorativas que nos recuerdan a esa antigua estampa, aunque conviene distinguirlas de las lamparillas tradicionales, que se elaboraban con otros materiales y de distintas maneras según el lugar.

 

A veces pensamos que conservar nuestras tradiciones consiste únicamente en repetir lo que hacían nuestros mayores, pero también significa conocer por qué lo hacían, escuchar sus historias y entender la forma en que vivían y sentían cada celebración. Los Finaos forman parte de nuestra identidad canaria y no deberíamos dejar que se pierdan esas pequeñas costumbres que, aunque puedan parecer sencillas, guardan tantos recuerdos.

 

Al mirar aquellas pequeñas luces sobre el agua, es inevitable pensar en tantas personas que nos precedieron y que siguen estando presentes en nuestras conversaciones, en nuestras casas y en nuestros recuerdos. Porque mientras haya alguien que cuente sus historias, que pronuncie sus nombres y que enseñe a los más jóvenes quiénes fueron, seguirán formando parte de nosotros.

 

Aquellas maripositas apenas iluminaban una pequeña parte de la casa, pero mantenían encendido algo mucho más importante: el recuerdo y el cariño hacia quienes siempre tendrán un lugar entre los nuestros.

 

Texto: Moisés Rodríguez Gutiérrez

Ilustración: Isabel Ballesteros

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