La inteligencia de creer

Esteban G. Santana Cabrera

[Img #41017]La sociedad tecnológica actual tiende a medir la capacidad de una persona a través de aquello que puede cuantificarse: sus conocimientos matemáticos, su dominio del lenguaje, su capacidad para resolver problemas o incluso sus habilidades artísticas. Sin embargo, el ser humano es mucho más complejo. Somos razón, emoción, creatividad, relaciones, valores, sensibilidad y también búsqueda del sentido de la vida.

La Teoría de las Inteligencias Múltiples, desarrollada por Howard Gardner, vino precisamente a ampliar nuestra mirada sobre la inteligencia. A las capacidades lingüística, lógico-matemática, espacial, musical, corporal, interpersonal e intrapersonal se han unido posteriormente debates sobre otras dimensiones, entre ellas la inteligencia espiritual o existencial, entendida como la capacidad para plantearse preguntas profundas sobre la vida, la muerte, el sentido de nuestra existencia, el bien, el sufrimiento o aquello que trasciende al propio individuo.
 

Y quitar al ser humano la inteligencia espiritual es como desmembrarlo. Es tan importante como cualquiera de las otras miradas. Creer no significa dejar de pensar. Tampoco significa renunciar a la razón. Para muchas personas, la fe constituye una manera de interpretar la existencia, de afrontar las dificultades y de encontrar esperanza cuando las respuestas no son sencillas. Y esto no es patrimonio de una única religión. Las distintas tradiciones religiosas y espirituales han acompañado durante siglos al ser humano en esa búsqueda de trascendencia, de esperanza y de sentido.
 

En una sociedad acelerada, hiperconectada y llena de propuestas, es especialmente importante mirar a nuestros jóvenes, donde muchos siguen preguntándose quiénes son, qué quieren hacer con su vida y qué puede dar verdadero sentido a su existencia. Detrás de esa búsqueda aparecen también nuevas formas de vivir la espiritualidad. Movimientos como Hakuna o experiencias como los Encuentros de Emaús o Bartimeo han acercado a muchos jóvenes a espacios donde pueden compartir, escuchar, reflexionar y descubrir la dimensión espiritual de sus vidas desde la experiencia comunitaria y la fe cristiana.
 

No creo que debamos mirar esta búsqueda de lo espiritual como una competición entre creencias. La espiritualidad, cuando se vive desde el respeto y la libertad, puede ser un camino de crecimiento personal. En mi caso, la fe ha formado parte de mi historia y ha sido y es, en muchos momentos, un apoyo, una guía y una manera de entender la vida. Los que me conocen saben que nunca ha sido desde el fanatismo ni desde la imposición, sino desde la convicción personal y el respeto absoluto hacia quienes creen de otra manera o sencillamente no creen. Porque también forma parte de la libertad humana poder buscar, cuestionar y elegir.
 

Hay una frase de Santa Teresa de Jesús que siempre me ha acompañado y que resume, de alguna manera, mucho de lo que significa para mí la fe: “Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda; la paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene, nada le falta. Solo Dios basta.”
 

Quizás ahí encontremos una de las respuestas más profundas de esa inteligencia que busca sentido, descubrir qué es aquello que, cuando todo lo demás cambia, permanece. Para quien cree, ese punto de referencia tiene un nombre: Dios. Y para mí, después de todo el camino recorrido, sigue siendo lo más importante.

 

Esteban Gabriel Santana Cabrera 

Maestro de Primaria 

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