Urda: miseria política en tiempos de luto

Juan Reyes González

[Img #5587]Hay momentos en la vida de un país en los que todo debería detenerse; momentos en los que la ideología, las siglas, la tribuna y el escaño deberían quedar en un segundo plano. El accidente de Urda es, sin duda alguna, uno de esos momentos.

 

España entera se encuentra en estos momentos, en estado de consternación; no hay palabras que puedan reparar lo irreparable, ni consuelo que valga para quienes han perdido a los suyos. En cada casa se ha sentido el golpe como propio. Y ante el dolor, lo que se espera de los representantes públicos es altura, es responsabilidad y es humanidad.

 

El Gobierno central, ha estado en todo momento, donde ha debido estar: en la gestión de la emergencia, en el apoyo a las víctimas, en la coordinación con los servicios de rescate, en dejar que sean los técnicos los que determinen qué falló; porque es evidente, que algo falló, y que por ello, es de obligado cumplimiento depurar responsabilidades. Nadie pide impunidad; pero todo tiene su momento; y es que algo me dice, que ese momento no es ahora.

 

La oposición, una vez más, ha demostrado que la política, para ellos, no entiende de sentimientos sino de poder. Lo único que les interesa es el poder. Una oposición miserable que no ha sido capaz de guardar ni el tiempo mínimo de respeto.

 

No han esperado al levantamiento de los cuerpos; no han esperado al informe preliminar de los investigadores; y mucho menos a que las familias enterraran a sus muertos; lo que han hecho ha sido salir en tromba a pedir dimisiones, a señalar culpables, a montar ruedas de prensa con el fondo del accidente; lo que dice a las claras, que no buscan justicia, sino rédito electoral.

 

Ni que decir tiene, que esto no es nada nuevo; se trata de una vieja y conocida estrategia, que consiste en adelantar acontecimientos para instalar un relato antes de que la verdad tenga tiempo de aparecer. Si gritas lo suficientemente fuerte y lo suficientemente pronto; da igual lo que diga después la investigación, porque el daño electoral ya estaría hecho. Esa es su lógica. Una lógica cínica y profundamente antidemocrática; porque depurar responsabilidades no es salir a la caza del ministro de turno al día siguiente de la tragedia; depurar responsabilidades es dejar que la Guardia Civil, que los peritos ferroviarios, que los jueces, que la comisión técnica, hagan su trabajo con rigor, con pruebas y sin presión mediática. Es respetar el Estado de Derecho. Es entender que una investigación seria necesita tiempo y que el oportunismo solo contamina esa investigación, porque ¿qué legitimidad puede tener quien pide responsabilidades sin conocer aún las causas? Ninguna, sin duda. Lo que da a entender ese alguien, es que tiene prisa; es decir, prisa electoral. Mientras el país llora, ellos calculan. Calculan cuántos votos pueden rascar en el próximo CIS, cuántos minutos pueden ocupar en el informativo de la noche, cómo convertir el dolor de Urda en una moción de censura encubierta. Es indecente.

 

Se llena la boca de defensa de las víctimas, pero utiliza a las víctimas como munición. Se llena la boca de regeneración, pero practica la política más vieja de todas; la que se nutre de la desgracia ajena esperando su oportunidad.

 

Cuando llegue el momento, y llegará, habrá que pedir todas las explicaciones. Habrá que llegar hasta el final, caiga quien caiga, se llame como se llame y tenga el cargo que tenga. Nadie debe estar por encima de esa exigencia. Pero ese momento será cuando se resuelvan las investigaciones pertinentes, con informes sobre la mesa y con datos contrastados, no ahora, en caliente, cuando el país aún está en estado de shock.

 

La grandeza de una democracia se mide también en cómo se comporta su oposición en la tragedia. Y en Urda, una vez más, han suspendido. Han demostrado que no están a la altura del dolor de España y también que solo hay una cosa que les mueve: el poder. Y que para conseguirlo, son capaces de pasar por encima del dolor de todo un país.

 

Juan Reyes González

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