¿Merece Sánchez una nueva oportunidad?
Para muchos de los que nos consideramos de izquierdas pero no estamos polarizados en el sanchismo y otras corrientes similares, esta última tragedia ferroviaria y su gestión posterior, con el vergonzoso enrocamiento del ministro negándose a dimitir, nos debería llevar -a mí al menos me lleva- a una reflexión mucho más profunda que parte de una pregunta: ¿vale la pena seguir apoyando esto?
Sobre lo de la dimisión de Puente, por respeto a las víctimas, por empatía y sobre todo por responsabilidad política, más allá de lo que pueda decir yo -siempre sospechoso de no ser lo suficiente de izquierdas para los fanatizados-, me voy a quedar con lo que han planteado periodistas referentes de la izquierda como Antón Losada, José Enrique Monrosi o Enric Juliana, o políticos tan a la izquierda como Gaspar Llamazares, Ada Colau o José Ignacio García de Adelante Andalucía. Todos ellos están dejando meridianamente claro que Óscar Puente debe dimitir. Frente a esta posición de básico sentido común, observamos a una gran cantidad de población, de periodistas y de políticos entre las izquierdas, que defienden la permanencia del ministro alegando básicamente un miserable cálculo partidista: porque estamos en elecciones y eso nos penalizaría bastante, y porque el Partido Popular no dimitió en otros muchos casos (la Dana, las Residencias en Madrid, el Yak-42, el Prestige).
¿En serio? ¿Este es el nivel? ¿A esto vamos a degradar a la izquierda? ¿Esta es la superioridad moral de la que presumía el propio Puente en X el mismo día del accidente? Pero es que además no se trata solo de Puente: es el propio Pedro Sánchez el que le pide que resista, al tiempo que admite que dos accidentes de tanta gravedad en el mismo año son inasumibles para una sociedad avanzada como la nuestra. También dice Sánchez: “Hay una confianza quebrada en el sistema de alta velocidad”. Y ahí le doy la razón. Claro que está quebrada la confianza, lo extraño es que todavía haya gente que se suba en un tren en España. Pero hay algo más que también está quebrado en España, que Sánchez no nos dice, porque no le interesa: la confianza de los ciudadanos en sus representantes políticos.
No es que no nos gusten los políticos, no es solo que hayamos aceptado la mentira, la mala educación, el interés propio, el cortoplacismo o la polarización como parte de su lenguaje diario, no es que muchos votantes de izquierdas llevemos semanas hablando de ir a votar con la nariz tapada, al voto útil del PSOE, viendo lo absurdo que es votar a partidos y confluencias a su izquierda que no tienen posibilidad de alcanzar escaño, es que a algunos, después de esta última sobrada de Puente y compañía, nos va a resultar imposible ir a votar sin vomitar y caer enfermos, por mucha nariz tapada que tengamos, por mucha ultraderecha fascista que venga detrás. Porque además, puestos a hablar en clave electoral, la ventana de oportunidad que se había abierto para las izquierdas con el problema de la vivienda, se acaba de cerrar tras el accidente de tren y la gestión posterior, por muchas vueltas que quieran darle, y creo que ya no van a haber nuevas ventanas.
Así, es hora de hacernos nuevas preguntas. ¿Qué ha hecho el PSOE para que tantos votantes de izquierdas se sientan obligados a votarlo y no ilusionados por votarlo? ¿El miedo a la ultraderecha y el desastre divisionario de los Sumar, Podemos, Rufián y compañía? ¿Esto es lo único que van a presentar para convencernos? ¿Nada en positivo, de verdad? Ocho años gobernando con tanta o más corrupción que la derecha y cero soluciones a la vivienda, a la inflación, al deterioro de los servicios básicos, al fenómeno migratorio... ¡sin siquiera derogar la Ley Mordaza! ¿Esto es todo? ¿Apoyar a Sánchez para seguir sobreviviendo y que siga crispando, chuleando, victimizándose, con las izquierdas a su izquierda reducidas a la insignificancia?
Y de todas estas preguntas acaba brotando la pregunta crucial: ¿no habrá llegado el momento de aceptar la derrota de las izquierdas -por méritos propios- y que, en lugar de seguir improvisando pactos y candidaturas para sobrevivir, empecemos a pensar ya en reconstruir un proyecto anticapitalista real casi desde cero, desde abajo?
Anticapitalista, sí. Han leído bien. Y ahí tenemos el principal problema de las izquierdas: que son ya únicamente reformistas, continuistas, impostoras, simuladoras de rebeldía, muletillas, timoratas, apocadas, acomodadas en su grupo chachi, centradas únicamente en lo identitario y, últimamente enfocadas casi todo el tiempo en que viene el ogro del fascismo, la ultraderecha, el franquismo, el trumpismo, olvidando que el verdadero ogro es el capitalismo salvaje, y la verdadera lucha es la de clases. Y aquí de nuevo, si no me quieren creer a mí, les ruego que escuchen al marido de una de las víctimas del accidente de tren en Urda. Su mujer, fallecida, tenía un puesto relativamente importante en el Corte Inglés, de modo que no debía ser un matrimonio de comunistas. "Estos muertos son de toda la sociedad, del tipo de sociedad en la que vivimos. Vivimos la peor época del capitalismo con prisas", decía. “Ahora lo que tenemos son capitalistas que quieren el dinero más rápido que nunca, a la mayor velocidad posible”.
En conclusión: hay momentos en los que uno tiene que detenerse, mirar alrededor y preguntarse si no estará defendiendo algo que ya no merece la pena defender. Porque, está bien que Sánchez haya conseguido resistir en circunstancias políticas extraordinariamente difíciles, que haya plantado cara a una derecha cada vez más radicalizada y haya impulsado -obligado- algunas medidas sociales que sería injusto ignorar. Pero también ha acumulado desgaste, contradicciones, sectarismo, corrupción, decisiones difíciles de justificar y una preocupante tendencia a crispar y polarizar, rodeado de un aparato político de culto y sumisión al líder que poco o nada tiene que ver con los valores de la izquierda.
¿De verdad creemos que así se recupera la confianza de la gente? Por eso -y acabo ya-, quizá haya llegado el momento de dejar de aferrarnos a lo que hay por miedo a lo que pueda venir. Quizá toque asumir que las izquierdas hace mucho que perdieron el rumbo, que la derrota electoral puede ser inevitable y que seguir aplazando el problema solo hará más difícil la reconstrucción. O quizá todavía quede margen para rectificar, recuperar principios y volver a ilusionar a quienes un día creyeron en este proyecto. Con todo, lo cierto es que por una vez y sin que sirva de precedente, no tengo una respuesta definitiva. Pero sí creo que ha llegado la hora de preguntarnos, sin miedo, sin fanatismos ni lealtades incondicionales, si Pedro Sánchez y muchas de las que quedan a su izquierda merecen una nueva oportunidad.
Eloy Cuadra, escritor y activista social.






























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