Hace exactamente treinta años me encontraba yo en la renombrada isla caribeña, de paseo por La Habana, donde saqué esta fotografía de La Bodeguita del Medio, en la que me eché un par de rones Habana club 25 años. Añejos, además.
Recién llegado, estábamos almorzando en un restaurante terraza, la cual, techada sólo por un lado mientras por el otro caía una lluvia torrencial que jamás habíamos visto y que desaguaba en un barranco e iba directamente al mar. Después de la lluvia apareció una nube de mosquitos que nos atacaba, ¡venga picadas y manotazos! y yo tomé la decisión de meterme en la playa cercana. Pero vaya una sorpresa que me llevé con el agua.
-¡Ah, coño, que se me sancochan los huevos! -grité, sintiendo que el agua estaba tibia, casi caliente.
Cuando decidí ir a Cuba, fui a mi médico de cabecera, el cual me dio un montón de fármacos que repartí una vez llegado a La Habana. El queso y otros comestibles que llevábamos nos los quitaron en el aeropuerto pero los medicamentos no, por suerte. A una mujer que limpiaba el apartamento donde vivía, Iliana, cuya hija tenía eccemas en la piel, le di una pomada dermatológica que le fue bien. Desde entonces tuvimos la nevera llena de mangas y de caña dulce que era blanda y puro zumo.
Nunca me ha dolido tanto la pobreza como en Cuba. Debe ser el hecho de que hablábamos la misma lengua. En Marrakech o Casablanca o Fez los niños me pedían un dirhan, recordándome a cuando yo les pedia una peseta a los suecos, aunque fueran de otras nacionalidades. Una vez, estando en Fez, almorzando una paella en un bar terraza, vi a varios niños y niñas que me miraban con cara de hambre. Conjugamos el verbo compartir, al igual que me sucedió en Bahía, más exactamente en Pelourinho, esta vez comiendo pasta.
En La Habana fui a comer a casa de unos conocidos, que me presentaron como amigo. Tenían arroz con pollo y frijoles. ¿Alguien vio el pollo? Se podía adivinar que lo había habido por los huesos que seguían dándole gusto tanto al cereal como al grano. A pesar de los pesares, estaba riquísimo el almuerzo. ¡Sabrosón!, como dijeron en aquella casa a la que había sido invitado.
Yo, de pequeño, aunque pasé muchos desconsuelos, como casi todo el mundo entonces, no supe lo que es el hambre, algo que debe ser terrible. No quiero ni pensarlo. Recuerdo, por los desconsuelos, que merendaba cada tarde gofio y azúcar y que una vez la semana me podía comer un bocadillo de sardinas en tomate, o de queso, o de jamón, aunque éste tocaba si caía en domingo o fiesta de guardar.
En fin, que me parece muy triste que haya hambre en este mundo, habiendo, como hay, gente súper rica que podía acabar con ella con tan sólo un porcentaje de su riqueza. No lo puedo entender. No concibo que estas personas millonarias duerman sin remordimientos, con una pierna para Francia y otra para Inglaterra, teniendo el Canal de la Mancha entre ambas.
Yo, desde luego, no les deseo que pasen hambre ni a las personas que más detesto en este planeta.
Texto e imagen: Quico Espino
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