Es necesario reencontrarnos

Juan Ramón Hernández Valerón.

[Img #32956]A veces es necesario y saludable romper la rutina en la que estamos inmersos y, sin pensarlo mucho, buscar algo que nos mueva a escapar por un tiempo para reencontrarnos lejos de nuestra gente más querida. 
 
Cuando me proponían hacer el Camino de Santiago a pie, siempre decía que no, pues lo había recorrido en bicicleta hacía un par de décadas y no me atraía la idea. Sin embargo, hace tan solo un mes la mayor de mis hijas me propuso hacerlo juntos. Ni lo dudé un instante, porque hacía muchos años que no compartíamos una salida de varios días solo los dos, y eso me ayudó a decidirme, a pesar de que hacía tan solo tres semanas que había regresado de una estancia de siete días recorriendo parte de la geografía andorrana.
 
Nunca sabemos qué es lo que nos impulsa realmente a cambiar de opinión. Nos pasamos la vida contradiciéndonos continuamente. Somos así de volubles. 
 
Después de hacer todos los trámites pertinentes, decidimos lanzarnos a la aventura y recorrer el Camino Portugués en seis jornadas partiendo desde Tui. Y pensé que, tal vez, lo más difícil del Camino sea salir de la zona de confort en la que estamos inmersos cada día; luchar contra la pereza de tener que preparar la maleta y dirigirte al aeropuerto a primera hora de la mañana; aguantar desesperados el anuncio de tu vuelo; esperar dentro del avión un tiempo que te parece eterno hasta que los motores empiezan a acelerar y este aprendiz de caballo de Troya, este moderno pájaro metálico emprenda el vuelo mientras los pasajeros permanecemos en su interior remedando a los héroes troyanos, pero, al contrario que estos, faltos de valor y con el corazón en vilo, tratando de no pensar en nada, conscientes de que volar no es consustancial a la especie humana. 
 
Una vez pasado el amargo primer trago tratas de ocupar el tiempo con la lectura, algún pasatiempo y mil cosas más hasta que el comandante, por fin, anuncia que en breves momentos aterrizaremos en el aeropuerto de destino. Y otra vez se te encoge el corazón, deseando que el avión tome tierra cuanto antes para respirar tranquilo. 
 
Aliviados porque el primer objetivo está cumplido, tomas un taxi que te llevará a tu primer destino. Y esta es otra, porque puede ocurrir que el taxista sea un desalmado que te ponga los pelos de punta al conducir como un loco, olvidando que lleva pasajeros dentro. Y si logras llegar sano y salvo  no te explicas cómo ha sido posible tal milagro. 
 
Pero a los pocos minutos ya habíamos olvidado los malos ratos pasados y nos dispusimos a afrontar con alegría las caminatas que recorreríamos hasta llegar a Santiago. Nos sorprendió la temperatura que hacía en Tui. Parecía que no habíamos salido de Canarias. Nosotros, que queríamos sentir el frío y la lluvia de Galicia, nos quedamos con las ganas. 
Nuestros chubasqueros recorrieron los 120 kilómetros escondidos en el fondo de la mochila. Sin duda, esta anormalidad se debe al cambio climático que nuestros neandertales contemporáneos no quieren reconocer.  
 
 Ni mi hija ni yo lo habíamos hablado previamente, pero éramos conscientes en aquel instante de que lo que queríamos era desconectar de todo: de la familia, de los amigos y conocidos, del lugar por el que transitábamos todos los días, del ambiente que a veces nos resulta opresivo. Irnos lejos, donde no tuviéramos injerencias de ningún tipo. Tener todo el tiempo para caminar y hablar, para hablar y caminar. 
 
El primer día estábamos desubicados, como si fuéramos dos extraños, dos amigos que se conocen desde hace poco tiempo y han decidido pasar juntos unos días de vacaciones; pero todo cambió al siguiente día cuando empezamos a caminar. Parecía que la conversación iba surgiendo con la misma facilidad que caminábamos, que saltábamos de un tema a otro como el que tiene que alargar el paso para sortear un charco o un escalón inesperado del camino. A medida que avanzábamos nos íbamos sintiendo más cercanos y unidos. Íbamos recuperando la confianza.
 
Puede parecer extraño lo que estoy diciendo, pero es que descuidamos el trato con nuestra gente más cercana. A veces no somos conscientes de que necesitamos fomentar las relaciones con todos y cada uno de los miembros de la unidad familiar. Es cierto que juntos siempre hacemos muchas cosas, pero no ponemos la suficiente atención en nuestro trato personal con cada uno. Por eso es necesario pasar unos días los dos solos, padre e hija, para hablar de nuestras cosas, contarnos nuestras preocupaciones y nuestras alegrías, escucharnos con atención, sincerarnos con el otro, confesarnos nuestros miedos y nuestros anhelos, solo a él o a ella, sin intervención de nadie más.
 
A medida que pasaban los días, la conversación afloraba con toda claridad y transparencia, con espontaneidad. Era como si descubrieras a tu hija por primera vez. Te parecía imposible que hubieran pasado tantos años. Que de pronto tenías a tu lado a una mujer adulta, tu hija, llena de virtudes y que la contemplabas como si fuera la primera vez; que te hablaba de todo con la sinceridad que se emplea con una amiga o amigo más cercano y querido. Y cuanto más charlábamos y más caminábamos, las risas, los comentarios, los gestos  espontáneos, hacían que nos sintiéramos más unidos por lazos indisolubles que el paso del tiempo había cortado en algún momento.
 
Supuso una experiencia extraordinaria recorrer el Camino Portugués en compañía de la mayor de mis hijas. ¡Qué buena caminante y qué estupenda compañía! Las jornadas pasaron en un suspiro y de pronto nos vimos cogiendo de nuevo el avión que nos llevaría a nuestra tierra, con los nuestros. Es una sensación extraña esto de alejarte unos días. El tiempo pasa como una exhalación a pesar de la intensidad con la que lo vives. Y cuando regresas tienes la impresión de que has estado ausente muchos días.
 
Juan Ramón Hernández Valerón.
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