Merceditas Delgado le pusieron a una calle lejos del casco de la ciudad y muy cerca del barranco. Allí lo luce en el frontis de una antigua casa y muy cerca al acceso del nuevo Instituto de Enseñanza Media. Era Merceditas la que enseñó las primeras letras a casi todos los chiquillos de la empobrecida Gáldar en aquellos años de pizarra y pizarrín
Paseando por las inmediaciones siempre mi vista se detiene en el rótulo de esa calle y no es un nombre lo que percibo; es la escuelita, es la figura de ella siempre vestida de negro, es el sonsonete de su voz repitiendo el abecedario, los padrenuestros y las canciones de la iglesia. También el bullicio de los niños de menos de seis años entre los que me encontraba.
La escuelita de Merceditas estuvo situada en el casco de Gáldar, en una habitación de una antigua casa que aún se mantiene en pie, a la cual, para mis pocos años, consideraba una gran sala, con mesitas y sillitas; sus paredes adornadas con lienzos de tela donde reflejaban, paso a paso, con acertados dibujos, la vida de Jesús y también, del antiguo Testamento, donde las escenas truculentas del Infierno y del Purgatorio daban miedo. Tenía un patio lleno de plantas y en un rincón estaba el cuartito (retrete). Recuerdo ver regando sus hermosas flores a la bondadosa Antoñita, hermana de Merceditas, a la que adorábamos porque no tenía el genio de Merceditas, aunque con el tiempo reconocíamos que había que tenerlo para sujetar a tanto crío. La otra hermana era Mariquita que tenía en el mismo caserón una tiendita de velas, santos, escapularios y rosarios.
Recuerdo que hacía y vendía unos pirulís de colores a 20 céntimos de peseta, que se nos pegaba de mala manera al paladar. Al lado, el comercio de mi padre que se comunicaba con la vivienda por una puerta trancada que yo empujaba desde la alcoba de las hermanas ( en un descuido de éstas) y penetraba en la tienda por un resquicio para robar puñados de pasas a mi distraído progenitor.
El sistema de enseñanza de Merceditas era algo peculiar: simplemente repetíamos lo que ella decía y cuando lo teníamos asimilado nos examinaba de esta forma: ¿Cómo se llama la del moñito volao? Y nosotros: ¡La Iii...! ¿Y la de la boquita abierta? ¡La Eee…! ¿Y la de los cuernitos? ¡La Uuu...!
Ella fue la que nos preparó para la Primera Comunión que se hacía a la inocente edad de seis años, simulando la comunión con pétalos de geranio, cosa que nos encantaba porque terminábamos todos con la lengua de todos los colores.
¿Y quién de mis coetáneos no recuerda el magnífico Belén de personajes de trapo hechos por las tres hermanas? Era pura artesanía, aunque se salía de lo estrictamente histórico como aquella boda en la que la novia lucía larguísimo velo de tul, y el novio pajarita. También recuerdo aquel chiquillo robando manzanas mientras un hombre lo esperaba al pie del árbol con un palo.
Todos los personajes vestían con trajes de nuestra época, no de la etapa oriental, como todo belén que se precie. Mucho después de desaparecer Merceditas y sus hermanas, y con ellas la escuelita, este belén estuvo dando tumbos en cajas de una escuela a otra, hasta que se perdió en el olvido y quizá, quizá, comido por las polillas, pero en el recuerdo de muchos que vivimos aquella época y asistimos a la escuela de Merceditas, siempre nos quedará aquel belén y aquellas vivencias infantiles.
Juana Moreno Molina
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