Los Finaos: cuando recordar era sentarse alrededor de una mesa
Mientras octubre se despide entre disfraces, celebraciones y nuevas costumbres, numerosos pueblos de Gran Canaria mantienen viva la tradición de los Finaos. Una celebración que nos recuerda que la identidad de un pueblo también se conserva en la manera de recordar a quienes ya no están.
Hubo un tiempo en el que recordar a nuestros muertos no necesitaba grandes ceremonias, decoraciones ni espectáculos. Bastaba una mesa, unas castañas asadas, unos higos pasados, unas almendras y, sobre todo, alguien dispuesto a contar una historia.
Era la noche de los Finaos.
Una noche en la que los ausentes regresaban sin llamar a la puerta. Lo hacían a través de sus nombres, de las anécdotas que todavía provocaban sonrisas y de esos silencios que aparecían cuando alguien recordaba a una madre, un padre, un abuelo o un hermano que ya no volvería a sentarse a nuestro lado.
La tradición de los Finaos continúa encontrando su espacio en el norte de Gran Canaria. Gáldar ha programado celebraciones con castañas y música tradicional, mientras La Aldea de San Nicolás prepara actividades vinculadas a la memoria y al recuerdo de sus difuntos.
Y es precisamente ahí donde reside su verdadero valor.
Porque los Finaos no son simplemente una celebración antigua que debamos conservar por costumbre. Son una forma de entender la vida, la muerte y los vínculos que permanecen incluso después de una despedida.
En Canarias hemos sabido convertir muchas veces el dolor en compañía.
Nuestros mayores conocían bien ese lenguaje. Sabían que una ausencia podía doler durante toda una vida, pero también que compartir los recuerdos ayudaba a soportar el peso de la pérdida.
Hoy vivimos en una sociedad que parece tener prisa incluso para despedirse.
Nos cuesta hablar de la muerte, nos incomodan las lágrimas y hemos terminado convirtiendo el duelo en una experiencia que demasiadas personas atraviesan en soledad.
Quizá por eso resulta tan importante recuperar el sentido de esta tradición.
No se trata de enfrentar Halloween con los Finaos ni de establecer una competición entre celebraciones. Las culturas evolucionan, incorporan costumbres y encuentran nuevas maneras de expresarse. El verdadero problema aparece cuando dejamos de conocer aquello que nos pertenece.
Cuando los niños saben identificar innumerables personajes de ficción, pero desconocen qué celebraban sus abuelos durante la última noche de octubre.
Cuando las historias de nuestras familias desaparecen porque nadie se detuvo a escucharlas.
Cuando confundimos modernidad con olvido.
Yo creo que todos llevamos dentro una mesa invisible. Una mesa en la que todavía ocupan su lugar quienes nos enseñaron a caminar, quienes nos cuidaron, quienes nos quisieron incluso cuando nosotros no sabíamos comprender la grandeza de ese cariño.
Y cada vez que pronunciamos sus nombres, volvemos a sentarlos junto a nosotros.
Por eso, cuando lleguen estas fechas, deberíamos hacer algo más que visitar los cementerios o encender una vela.
Deberíamos contarles a nuestros hijos quiénes fueron sus abuelos. Hablarles de sus sacrificios, de sus alegrías, de aquellos tiempos en los que se compartía lo poco que había y nadie se marchaba de una casa sin recibir algo.
Deberíamos rescatar las fotografías antiguas, escuchar las historias pendientes y recordar que nuestra identidad también está construida con las vidas de quienes nos precedieron.
Porque un pueblo que conoce sus raíces puede avanzar sin perderse.
Y una familia que conserva sus recuerdos consigue que el amor sobreviva al tiempo.
Tal vez esa sea la verdadera enseñanza de los Finaos: comprender que la muerte puede arrebatarnos una presencia, pero no necesariamente aquello que esa persona sembró en nosotros.
Mientras exista alguien que recuerde, siempre habrá una historia esperando alrededor de la mesa.
Vidal Bolaños Betancort





























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