
Los ruidos domésticos ya ni siquiera los solemos sentir: escuchar a una cafetera su aviso particular cuando el café surge, o el potaje que bulle en el caldero o el ventilador del salón en las tardes de verano vienen a significar que están aquí por algo y hace tiempo que decidieron quedarse.
No solo son viejas reminiscencias en las que ni siquiera nos damos cuenta de sus voces personales, sino que, acaso, vienen a simbolizar que los ruidos domésticos y caseros están ahí por algo. Desconocemos lo que es, pero dicen y dicen bien. Estamos tan acostumbrados a ellos que algunas cosas deberán encarnar. No sé si representan el dolor por no darnos cuenta de su grata presencia o porque no se sienten escuchados. Pero a estas alturas de la película, solo llegamos a evidenciar que su presencia, a partir de ahora, no nos pasará tan inadvertida como antes. O, al menos, eso queremos creer.
Son tantos y tan variados los ruidos domésticos que cada casa dispone de los suyos propios, exclusivos, además del olor particular que desprende cada hogar. Aunque ésta es otra historia de la que más adelante hablaremos. Digo yo. De momento nos quedamos con los ruidos conocidos, que también aportan su cuota de misterio.
Juan FERRERA GIL






























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