Ventana folclórica, hoy con "Nuestros mayores y sus cuentos de miedo"

Las leyendas transmitidas por generaciones en Gran Canaria revelan la riqueza de la tradición oral y su papel en la construcción de la memoria colectiva insular.

Moisés Rodríguez Gutiérrez Jueves, 29 de Octubre de 2026 Tiempo de lectura:
Imagen: José Ramón Santana SuárezImagen: José Ramón Santana Suárez

Había una época en la que no hacía falta una película de terror, una pantalla ni efectos especiales para pasar miedo. Bastaba con sentarse junto a los mayores, escuchar una historia que alguien aseguraba conocer de primera mano y dejar que la imaginación hiciera el resto. En los pueblos de Gran Canaria había caminos, barrancos y rincones que guardaban sus propios relatos, historias que pasaban de boca en boca y que, al llegar la noche, parecían cobrar una vida diferente.

 

Los mayores tenían una manera especial de contar aquellas cosas. A veces hablaban de una luz que aparecía en mitad del camino, otras de ruidos que nadie conseguía explicar o de alguien que había escuchado un lamento donde no había nadie. Lo curioso es que muchas de estas historias no ocurrían en lugares lejanos, sino en espacios que los vecinos conocían perfectamente, sitios por los que habían pasado cientos de veces y que, después de escuchar determinado relato, ya no volvían a mirar de la misma manera.

 

En Gran Canaria tenemos ejemplos que han quedado recogidos en nuestra memoria popular. Uno de ellos nos lleva hasta Tasarte, en La Aldea de San Nicolás, donde se hablaba de la Luz de Toledo, una aparición luminosa que alimentó durante generaciones las conversaciones y las creencias de la zona. También en el entorno de Guguy, en el mismo municipio, se recuerda la historia del Cuervo de Zamora, un lugar asociado a un sonido extraño que, según la tradición, se escuchaba de manera intermitente y que algunos relacionaban con el alma en pena de un hombre fallecido allí tras una disputa.

 

Estas historias no son solamente relatos para pasar miedo. Son también una manera de acercarnos a cómo vivían y entendían el mundo nuestros antepasados. En una época en la que no había explicaciones sencillas para muchos fenómenos, los sonidos de la noche, las luces lejanas y los ruidos que llegaban desde los barrancos podían convertirse en señales de algo desconocido. El ulular de una lechuza, el canto de un ave o el eco del viento entre los riscos llegaban a interpretarse como la presencia de las ánimas, y así, poco a poco, la realidad y la imaginación fueron dando forma a leyendas que todavía despiertan nuestra curiosidad.

 

El historiador y cronista oficial de La Aldea de San Nicolás, Francisco Suárez Moreno, ha recogido algunas de estas creencias al estudiar el culto a la muerte en la sociedad tradicional grancanaria. En sus trabajos aparecen relatos como el del Cuervo de Zamora y referencias a los ruidos que se atribuían a las almas en pena en lugares como la Cruz de María, en Artenara. Son testimonios que ayudan a comprender hasta qué punto estas creencias estaban presentes en la vida cotidiana de nuestros pueblos. 

 

En aquel mundo también tenían su lugar los llamados animeros, personas a las que se atribuía la capacidad de comunicarse con los difuntos o de transmitir mensajes de quienes habían fallecido. Una de las más conocidas fue Cha Zaragocita Cabrera, de Lugarejo, en Artenara, fallecida en 1984. Según las creencias populares recogidas por Suárez Moreno, algunas familias acudían a ella convencidas de que podía ayudarlas a conocer las peticiones pendientes de sus seres queridos. Hoy podemos acercarnos a estas prácticas desde la historia y la antropología, sin necesidad de dar por ciertos los supuestos contactos con los muertos, pero reconociendo el lugar que ocuparon en la mentalidad de aquella sociedad.

 

Los Finaos eran una ocasión propicia para recordar a los difuntos, reunirse en familia y compartir las costumbres propias de estas fechas. En muchas casas se hablaba de quienes ya no estaban, se encendían pequeñas luces y se mantenían tradiciones vinculadas a las ánimas. En ese ambiente, las historias de miedo encontraban su momento, mezclándose con los recuerdos familiares y con las explicaciones que cada generación había recibido de la anterior.

 

No todos los relatos tenían el mismo origen ni se contaban de idéntica manera en cada municipio. Precisamente ahí reside parte de su riqueza. Cada pueblo conservaba sus historias, sus personajes y sus lugares misteriosos. En algunos casos se trataba de sucesos que alguien aseguraba haber vivido; en otros, de narraciones que habían cambiado con el paso de los años. Lo importante era que seguían circulando, alimentadas por la voz de quienes las recordaban y por la curiosidad de quienes las escuchaban por primera vez.

 

El investigador Andrés Monroy Caballero también ha estudiado relatos de la tradición oral grancanaria relacionados con brujas, gigantes y luces extrañas, poniendo de manifiesto la importancia de unas narraciones populares que durante mucho tiempo recibieron poca atención. Su trabajo nos recuerda que estas pequeñas historias también merecen ser recogidas y estudiadas, porque forman parte de una memoria colectiva que no siempre aparece en los libros de historia.

 

Con el paso del tiempo, muchas de aquellas conversaciones han ido desapareciendo. Las formas de reunirse han cambiado y los niños de hoy tienen otras maneras de entretenerse, pero todavía quedan personas capaces de recordar los relatos que escuchaban en su infancia. Preguntarles por aquellas historias, por los lugares que despertaban temor o por las advertencias que recibían de sus padres y abuelos puede convertirse en una forma sencilla de recuperar una parte de nuestro patrimonio.

 

No se trata de creer en todo lo que se cuenta ni de convertir las leyendas en hechos demostrados. Se trata de escuchar, documentar y comprender por qué aquellas historias tuvieron tanta fuerza en la vida de nuestros pueblos. Detrás de cada una hay una forma de explicar lo desconocido, una manera de transmitir experiencias y una parte de la cultura popular que merece conservarse.

 

Los Finaos son una buena ocasión para hacerlo. Podemos recordar a quienes nos enseñaron a escuchar, preguntar a nuestros mayores y compartir con las nuevas generaciones aquellas historias que parecían destinadas a desaparecer. Porque el patrimonio de Gran Canaria no está solamente en sus edificios, sus fiestas, sus canciones o sus bailes; también vive en las palabras que pasan de padres a hijos, en los relatos que se cuentan al caer la noche y en esas leyendas que, aunque alguna vez nos hicieran pasar miedo, todavía hoy seguimos recordando.

 

Bibliografía y fuentes

  • Suárez Moreno, Francisco. El culto a la muerte y los Ranchos de Ánimas en la sociedad tradicional de Gran Canaria (I). BienMeSabe.org, 1 de noviembre de 2009. Consultar artículo.

  • Monroy Caballero, Andrés. Cuentos de brujas, gigantes y luces en Gran Canaria: aspectos literarios. Boletín de Literatura Oral, n.º 7, 2017, pp. 125-144. Consultar estudio.

  • Santana Suárez, José Ramón. Cuentos y leyendas en la tradición oral de Agaete. Infonortedigital, 22 de julio de 2025. Consultar artículo

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