Microrrelatos. Cuando san Juan apagó la partida

Una despedida insólita marcada por supersticiones, señales y el inconfundible carácter de la abuela Gregoria.

Olga Valiente Miércoles, 28 de Octubre de 2026 Tiempo de lectura:

La muerte de mi abuela Gregoria no sorprendió a nadie, salvo a ella misma, que siempre había presumido de saber con antelación cuándo iba a suceder una desgracia gracias a su sexto sentido.

 

—Yo no me muero hasta que no le gane a éste —había dicho aquella tarde, sentada en su silla de madera favorita, con dos fichas de dominó en la mano, otras cuantas, sobre la mesa, el café intacto y la estampita de San Benito asomando por el sujetador.

 

Lo curioso es que no había nadie jugando con ella.

 

En Arucas, donde las campanas de la iglesia de San Juan parecen opinar sobre todo lo que ocurre a su alrededor, mi abuela era toda una institución. Todos la conocían por su facilidad para curar los empachos, su fama de leer las manos y adivinar los embarazos antes que las pruebas de farmacia y su capacidad de hablar con los muertos —o discutir, según se mire, porque solía decir que algunos parecían haberse muerto solo para venir a darle órdenes—.

 

Por eso, cuando la encontramos inmóvil en su silla, agarrando la taza de café y sonriendo con una mueca de paz —o de estar haciendo alguna trastada y estar disfrutando con ello—, hicimos lo único razonable que se nos ocurrió: avisar al médico de la familia, al cura y a la vecina, que era la primera que se apuntaba a los velatorios y la que peor guardaba los secretos —así nos asegurábamos de que hubiera alguien encargado de preparar café y, al mismo tiempo, avisar a todos los conocidos del fallecimiento—.

 

El médico certificó la muerte en cuestión de segundos. El cura rezó con voz solemne abriéndole las puertas del cielo —aunque todos sabíamos que antes pasaría una temporada en el purgatorio—. La vecina preguntó si alguno de los familiares nos quedaríamos con sus pertenencias, pues algunas valían dinero y la cosa estaba muy mal como para guardarlas en un cajón. Nadie se atrevió a contestarle.

 

Yo, en cambio, no podía dejar de mirar aquella mesa. Frente a mi abuela había otras fichas de dominó, perfectamente ordenadas, como si hubiese habido alguien allí jugando con ella esa última partida. La mula blanca, la doble uno y la doble dos. Las tres seguidas, en orden ascendente y bien colocadas. Algo absurdo para cualquiera que la viera ahí sola, pero no para ella que siempre decía tener la casa llena de gente.

 

El velatorio se celebró allí mismo, en la casa, porque mi abuela, previsora incluso para morirse, así lo había dejado escrito en la libreta en la que anotaba las cosas importantes: «Nada de tanatorios fríos con luz de taller de chapa y pintura. A mí me dejan en mi salón con mis santos y mis muertos. No quiero que me maquillen, que una cosa es colorete y otra parecer una puerta recién pintada».

 

Aquella noche, mientras todos desfilaban a su lado para verla, empezó el problema.

 

Primero, la radio se encendió sola haciendo sonar una canción de Los Gofiones. Luego, la lámpara parpadeó tres veces. Mi padre, el más ateo de la familia, dijo que sería una bajada de tensión mientras se santiguaba varias veces a la velocidad de la luz. Después, desde la cocina llegó el olor del potaje de berros de la abuela, pese a que la olla estuviera vacía y el fuego apagado —y ella muerta—.

 

Fue entonces cuando comprendí que ella, desde el más allá, seguiría siempre teniendo voz y voto en las reuniones.

 

A medianoche, cuando las conversaciones empezaron a apagarse y el silencio se adueñaba de la casa, me senté junto a su ataúd. Le miré las manos, cruzadas sobre su pecho y aferradas a la imagen de su santo favorito, y me sentí extraña. La muerte, vista desde cerca, no era tan solemne como esperaba. No parecía una puerta negra hacia un mundo oscuro, algo trágico y dramático, sino una habitación contigua en la que se vivía diferente.

 

—Abuela —susurré—, si estás por aquí, envíame una señal de las tuyas.

 

El cuadro del salón se descolgó de la pared.

 

Nadie la tocó. Lo juro por las campanas de la iglesia de San Juan, por el ron miel del abuelo todavía escondido bajo el colchón y por todas las promesas que hacemos cuando creemos que nadie nos cree.

 

Se quedó boca arriba en el suelo, mostrando una nota escrita en la parte de atrás:

 

«Dejen de llorar que no me he marchado. Sigo aquí, jugando al dominó, solo que en otra mesa».

 

Me reí.

 

Justo en ese instante, sonaron las campanas. Tres veces. No era hora de misa ni de entierro, ni de nada que pudiera explicar su replicar, pero el sonido atravesó todo Arucas guiñándonos el ojo.

 

Mi madre lloró, mi padre se llevó una mano al pecho y la vecina aprovechó para hacer otro café.

 

Desde entonces, pienso en mi abuela sentada en algún lugar divertido, haciendo trampas en sus jugadas y vigilándonos de vez en cuando. Y pienso que tal vez la muerte no sea una derrota, sino una mudanza; no un punto final, sino un cambio de estado, como en los videojuegos a los que juega mi hermano, en los que Game Over te da la oportunidad de volver a comenzar una nueva partida.

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