Foto: Daniel MeliánCuando ha llovido y vamos caminando por la calle, en muchas ocasiones no nos paramos a mirar los charcos. Los esquivamos para no mojarnos los zapatos y seguimos nuestro camino, pendientes de llegar a donde vamos, sin reparar en que, a veces, el suelo nos guarda pequeñas sorpresas que solo descubrimos cuando nos detenemos a mirar.
Eso es lo que me ha pasado con esta imagen, un reflejo sobre los ladrillos que, por la forma en que se dibujan las ramas y las sombras, parece esconder una figura que nos observa desde el suelo. Cuesta dejar de mirarla, porque cuanto más te fijas, más detalles encuentras y más te preguntas cómo algo tan sencillo puede llegar a formar una imagen tan curiosa.
No hay ningún misterio detrás, aunque lo parezca, solo es el reflejo de lo que tenemos alrededor, una combinación de agua, luz y perspectiva que transforma por un momento la realidad y nos hace verla de otra manera.
Cuando el agua se evapore, el reflejo desaparecerá y los ladrillos volverán a mostrar su aspecto habitual, como si nada hubiera ocurrido. Nadie sabrá que, durante un rato, aquel rincón ofreció una imagen capaz de despertar nuestra curiosidad, salvo quien se haya detenido a contemplarla y haya tenido la ocurrencia de fotografiarla.
Quizás por eso a Daniel y a este servidor nos gusta tanto este tipo de fotografías, porque nos recuerdan que no siempre hace falta ir lejos para encontrar algo que nos sorprenda.
Radiografía del tiempo es el título que se me sugiere para esta imagen, porque parece que el agua hubiera sacado a la luz una figura escondida entre los ladrillos, aunque en realidad solo nos esté devolviendo el reflejo de nuestro entorno. Una imagen que cada persona puede interpretar a su manera, porque ahí también entra en juego nuestra imaginación, esa que nos lleva a encontrar rostros, formas y figuras donde otros solo ven agua sobre el suelo.
El tiempo deja sus marcas en las piedras, en las paredes y en tantos rincones que forman parte de nuestra vida cotidiana. La lluvia, por su parte, tiene esa capacidad de cambiar durante unas horas la manera en que vemos las cosas, de sacar nuevos matices a lo conocido y de recordarnos que no todo es siempre igual, aunque a primera vista lo parezca.
Con las personas ocurre algo parecido. creemos conocer a alguien porque llevamos años viéndolo, pero no siempre nos hemos detenido a mirar más allá de lo que muestra a primera vista. Hace falta tiempo, cercanía y ganas de conocer para descubrir esos detalles que no se ven en una primera mirada, pero que terminan explicando mucho de lo que somos.
Por eso, la próxima vez que llueva y nos encontremos un charco en el camino, quizás merezca la pena no esquivarlo tan deprisa. No se trata de quedarse mirando cada rincón ni de buscar algo extraordinario donde no lo hay, sino de recuperar un poco esa curiosidad que muchas veces vamos perdiendo entre las prisas y las obligaciones del día a día.
Puede que no encontremos nada especial, o puede que el agua nos regale una imagen como esta, capaz de hacernos mirar dos veces y de recordarnos que todavía hay pequeñas cosas que pueden sorprendernos.
Porque, al final, el tiempo deja sus huellas, la lluvia cambia nuestra mirada y la vida sigue ofreciéndonos imágenes que pasan desapercibidas cuando caminamos demasiado deprisa.
Texto: Moisés Rodríguez Gutiérrez
Fotografía: Daniel Melián































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