
Hubo un tiempo en el que, cuando alguien fallecía, la noticia corría de boca en boca y los vecinos se acercaban a la casa del difunto para acompañar a la familia. Se rezaba, se recordaban anécdotas de quien se había marchado y se pasaban largas horas junto a sus seres queridos. Eran otras épocas, con costumbres que hoy nos pueden parecer lejanas, pero que formaban parte de la vida de nuestros mayores. Entre ellas encontramos una figura que llama la atención y que merece que nos detengamos a conocerla: las plañideras, mujeres que lloraban por los muertos, en ocasiones a cambio de dinero.
Aunque hoy nos pueda resultar extraño, esta costumbre viene de muy antiguo y estuvo presente en diferentes culturas. Las plañideras acudían a los entierros para expresar públicamente la tristeza por la pérdida, con llantos, lamentos y palabras dedicadas al difunto. Su presencia servía para dar solemnidad a la despedida y, en algunos lugares, las familias llegaban a contratarlas para que acompañaran la ceremonia con sus lágrimas.
Puede que a más de uno le sorprenda que alguien cobrara por llorar, pero tenemos que entender que cada época ha tenido sus propias maneras de vivir y expresar las emociones. Las plañideras podían recordar las virtudes de la persona fallecida, lamentar su ausencia y hacer más visible la tristeza de quienes se quedaban. En determinados contextos, aquel llanto formaba parte de un ritual que se consideraba apropiado para despedir a alguien.
¿Y en Canarias? Cuando nos acercamos a la vida de nuestros antepasados, encontramos también unas costumbres funerarias muy ligadas a la familia y a la comunidad. Los velatorios se celebraban muchas veces en las propias casas, donde familiares, amigos y vecinos acudían a dar el pésame. Se rezaba, se compartían recuerdos y nadie parecía tener demasiada prisa por marcharse, porque lo importante era estar allí, acompañar y echar una mano en lo que hiciera falta.
Ahora bien, conviene distinguir entre esas muestras de solidaridad vecinal y la contratación de mujeres para llorar por encargo. Aunque las plañideras están documentadas desde la Antigüedad en distintos lugares, no debemos dar por hecho que esta práctica estuviera extendida por todas las islas ni que se desarrollara de la misma manera en nuestros pueblos. Para afirmarlo con seguridad hacen falta testimonios y estudios que permitan conocer cómo se vivía esta costumbre en cada lugar.
Lo interesante es que historias como esta nos ayudan a descubrir una parte de la vida de nuestros mayores que muchas veces queda fuera de los relatos sobre las tradiciones. Cuando hablamos de folclore, solemos pensar en las canciones que se cantaban, los bailes que se aprendían en las fiestas, los instrumentos que pasaban de padres a hijos o la ropa que se utilizaba en determinadas celebraciones. Sin embargo, nuestra cultura popular también está formada por las costumbres de cada día, por las creencias y por la manera en que la gente se enfrentaba a los momentos importantes de la vida.
Detrás de las plañideras había, además, una realidad social que no podemos pasar por alto. En épocas en las que las mujeres tenían pocas oportunidades para ganarse la vida, algunos trabajos relacionados con las ceremonias y las costumbres populares podían convertirse en una fuente de ingresos. Aquellas mujeres desempeñaban una función reconocida en determinados lugares, aunque hoy nos cueste entender que el llanto pudiera formar parte de un servicio contratado.
Con los años, muchas de estas prácticas fueron desapareciendo. Cambiaron las viviendas, las relaciones entre vecinos y la forma de organizar los entierros. Hoy las despedidas suelen celebrarse de otra manera, pero todavía conservamos algo de aquella vieja costumbre de estar al lado de quien lo necesita, acercarnos a dar el pésame y acompañar a una familia cuando atraviesa un momento difícil.
Desde Ventana Folclórica, recuperar estas historias es una forma de acercarnos a ese mundo que vivieron nuestros antepasados, sin idealizarlo ni juzgarlo con los ojos de hoy. Algunas costumbres han llegado hasta nosotros; otras se han perdido o apenas quedan en el recuerdo de quienes todavía pueden contarlas. De ahí la importancia de escuchar a nuestros mayores y recoger sus testimonios antes de que se pierdan para siempre.
Las plañideras forman parte de esa historia que merece ser conocida, aunque ya no tenga cabida en nuestra vida cotidiana. Las tradiciones no son solamente aquello que cantamos, bailamos o celebramos; también son las pequeñas historias que nos permiten entender cómo vivían nuestros mayores y por qué hacían las cosas de una determinada manera.
Conocer el pasado no significa querer recuperarlo todo, sino reconocer que detrás de cada costumbre hubo personas, familias y formas de entender la vida que también merecen un lugar en nuestra memoria colectiva.































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