
Hacía unos meses que le habían diagnosticado una insuficiencia cardíaca severa.
—No se olvide de tomar la digoxina, es su salvavidas.
Salió de la consulta derrochando odio. Era muy injusto. ¿Por qué a él? Ahora que empezaba a tener renombre… ¿Por qué a él?
Fue entonces cuando empezó a mirar a Paula con más rabia. Carlos sentía una especie de amor y odio por su mujer. Amor, porque era casi perfecta: guapa, simpática y le caía bien a todo el mundo. Odio, porque cuando ella estaba presente, él pasaba desapercibido. No existía.
Se había informado sobre los efectos de la digoxina: necesaria, en dosis controladas, para su corazón enfermo; peligrosa en exceso. Fue así como empezó a compartirla con Paula, sin que se diera cuenta, en el café, en un zumo…
Paula tardó unos días en mostrar síntomas: primero confusión, luego malestar y visión borrosa. Al principio no pretendía que muriera, solo que no estuviera siempre tan radiante. Luego fue más allá: le trajo un bote, camuflado de vitaminas, para que se las administrara ella misma. Se sentía poderoso teniendo la vida de ella en sus manos.
Esa noche, Paula abrió los ojos. La lámpara reflejaba un halo verde amarillento. Intentó alcanzar las vitaminas, pero las manos le temblaban, frías e inútiles. Su codo golpeó la mesilla. Dos frascos cayeron y las pequeñas pastillas blancas se desparramaron sobre la alfombra. Las repartió de nuevo sin tener mucha conciencia de lo que hacía.
Carlos entró después. La observó: dormía con el rostro contraído. Tomó una pastilla de su propio frasco y se metió en la cama.
—Buena chica. Así da gusto cuidarte.
Al amanecer, el aire de la habitación comenzó a pesarle sobre el pecho como una losa. Se sentó, mareado.
—Paula… ¿has dejado encendida la luz del pasillo?
—No —susurró ella.
—Veo las paredes amarillas.
Se puso en pie, pero las piernas le fallaron. Se agarró al marco de la puerta. Tenía el rostro gris ceniciento, cubierto de sudor frío. Se llevó dos dedos al cuello, buscando desesperadamente su pulso. Su corazón no latía desbocado; al contrario, cada pausa entre latido y latido se volvía un abismo interminable. Un latido torpe, tres segundos de nada. Otro latido ahogado, cuatro segundos de vacío.
Vio varias pastillas derramadas por el suelo.
—Paula… mi frasco… ¿qué había ahí?
—Son tus medicinas, cariño. Se me cayeron los dos frascos, pero las volví a poner dentro.
Horrorizado, se llevó las manos al pecho. La vista se le nubló por completo. Tropezó con sus propios pies y cayó de rodillas contra la moqueta, mientras Paula volvía a sumirse en un sopor profundo.
Ros Ruimen





























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.219