Manitas

Quico Espino

 

A hacer macramé me enseñó un amigo francés que conocí en Lanzarote cuando empecé a trabajar en la enseñanza, siglos ha. Pero ahora no recuerdo nada, y tanto elaborar el tapiz que encabeza este articulo como la preciosa lámpara que aparece debajo, ambos hechos por las mismas manos bretonas, me resultan completamente imposibles. No sabría por donde empezar.

 

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Sin embargo sí que sé hacer todavía las rosetas que aparecen sobre el rollo de hilo de pita, pues estuve haciéndolas de pequeño, de los siete a los diez años, todos los días del mundo.

 

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Mi madre, mi hermana y yo, una industria familiar, nos encargábamos de hacer bolsos, lámparas, crucifijos, tapices, paños de mesa y un sin fin de cosas, las que nos decían quienes nos las compraban, que aparte de familiares y amistades, era el Museo de Piedra, de Ingenio, que vendía mantelerías y cosas artesanales.

 

Desde que llegaba a mi casa de la escuela y almorzaba me ponían a hacer rosetas. Miles de flores de pita salieron de mis manos; después mi madre cosía el rabito que les quedaba suelto y mi hermana les daba la forma que nos pedían, forrados por dentro si se trataba de bolsos. Una mierda nos pagaban por ese trabajo pero mejor que nada, decía mi progenitora, que, en tiempos de posguerra, pasó más hambre que un maestro de escuela. (Después de leer “El Lazarillo de Tormes”, dije: pasó más hambre que el perro de un ciego. También aprendi la palabra “anónimo” cuando leí esa novela). 

 

A veces aprovechaba la ausencia de mi madre o de mi hermana (pues en su presencia no había forma) para escabullirme y marcharme al  barranco a jugar con mis amigos y para preparar la guerrea que nos enfrentaba con los chiquillos del Albercón, o de  Las Casas Baratas. o La Palmita, por donde, a veces, no se podía pasar para ir a la escuela porque se había ahorcado algún vecino. Clavaban una estaca en el tronco y de allí colgaban la soga.

 

Para la guerrea, yo, que pertenecía al grupo de El Ejido, debía coger los bichos de la buena suerte, generalmente pájaros, lagartos y ranas, a quienes mataba sin ningún tipo de remordimientos (hoy sería incapaz) y colgaba luego salvajemente en la liña que había a la entrada de la cueva que nos servía como cuartel general, donde hacíamos los arcos, las flechas, los escudos… Allí mismo escondíamos nuestro arsenal, compuesto de piedras, palos, huevos podridos…, y, antes de las guerreas, nos poníamos por encima pequeños mantos rojos, que no nos impidiera la movilidad y que pintábamos con cochinilla.

 

Volviendo a la artesanía, a la confección de bolsos y otras prendas que hacíamos en familia, recuerdo que tanto a mi madre como a mi hermana y a mí mismo nos consideraban unos “manitas”, al igual que a esas personas que valen tanto para un roto como para un descosido, o tienen buenas manos para dar un masaje. O sea que son bien amañados.

 

También recuerdo que, estando yo con el trajín de las rosetas, y como mi casa estaba cerca de la carretera, se oía el griterío de los chiquillos detrás de una guagua de turistas que llegaban a Ingenio para visitar el Museo de Piedra, antes citado, o para ver mantelerías en la casa taller de Anita Segundina. Me escapaba entonces para correr tras la guagua de los suecos aunque fueran de cualquier otra nacionalidad. Al final me veía estirando la mano para pedir una peseta.

 

Si me la daban, que casi siempre era así, me iba a la tienda de Angelita Medina y me compraba un caramelo de coco, que costaba dos perras, bien envuelto él, (que entonces decíamos envolvido), dos trompos y una docena de boliches, uno de cristal.

 

Aunque sabía que de vuelta a casa, me iban a tirar de las orejas, y mi madre me daría un pellizcón retorcido en el brazo, yo era entonces, por un rato, con todos mis boliches, mis trompos, y mi caramelo ya mordido, uno de los niños más felices del mundo.

 

Texto e ilustraciones: Quico Espino

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