Dios no es propiedad de la derecha
Cuando la fe se convierte en un instrumento político, conviene volver al Evangelio.
Hay imágenes que deberían hacernos reflexionar más allá de nuestras ideas políticas. Una de ellas es la del presidente estadounidense Donald Trump rodeado de obispos católicos que rezan por él en el Despacho Oval de la Casa Blanca, a pocos días de las elecciones legislativas del próximo 3 de noviembre.
La escena, difundida públicamente, ha vuelto a poner sobre la mesa una cuestión que no deberíamos pasar por alto: ¿a quién pertenece Dios? ¿Puede una ideología apropiarse de su nombre para legitimar un proyecto político? ¿Puede alguien presentarse como el representante de la fe mientras sus decisiones alimentan la confrontación y la exclusión?
Dios no es propiedad de la derecha. Ni de la izquierda. Ni de ningún partido político.
Y, sin embargo, asistimos una y otra vez al intento de convertir la religión en una herramienta de poder. Se invoca a Dios en los discursos, se reza ante las cámaras, se exhiben símbolos religiosos y se pretende transmitir la idea de que determinadas opciones políticas cuentan con el respaldo del cielo. Pero Dios no es un aval electoral. La oración no es un mitin y el Evangelio no es un programa de partido.
Conviene aclarar algo: rezar por un gobernante no es, en sí mismo, una contradicción con el cristianismo. La tradición cristiana invita a orar por quienes ejercen responsabilidades públicas, sean del color político que sean. La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿qué significado adquiere ese gesto cuando se produce en un escenario de enorme repercusión política, a las puertas de unas elecciones y ante millones de personas que pueden interpretarlo como una señal de respaldo?
Porque las imágenes también comunican. Y cuando la fe aparece estrechamente vinculada al poder, existe el riesgo de que el mensaje religioso termine convertido en propaganda, aunque esa no sea la intención declarada de quienes participan.
El problema no es rezar por Trump. El problema sería utilizar a Dios para hacer creer que Trump, su partido o su ideología representan de manera exclusiva los valores cristianos.
Dios no tiene carnet de partido.
El papa León XIV ha advertido sobre el peligro de mezclar posiciones de extrema derecha con una determinada forma de religión como si esa combinación fuera una expresión auténtica del cristianismo. Una advertencia que merece ser escuchada, especialmente por quienes se llenan la boca hablando de Dios mientras convierten al diferente en un enemigo.
Porque ¿de qué Dios hablamos cuando se desprecia al extranjero? ¿Qué Evangelio defendemos cuando se mira con indiferencia al pobre, se humilla al vulnerable o se alimenta el resentimiento contra quien piensa de otra manera?
¿Dónde queda el mensaje de Jesús cuando la compasión se considera una debilidad, la acogida se presenta como una amenaza y la división se transforma en una estrategia para conquistar votos?
El Evangelio no nos pide que preguntemos primero a quién vota una persona para decidir si merece nuestra dignidad, nuestra ayuda o nuestro respeto. Nos invita a mirar al otro como un ser humano. A reconocer el sufrimiento. A acompañar al que cae. A no responder al odio con más odio.
Jesús no convirtió el amor al prójimo en una recompensa para quienes pensaban como él. Tampoco hizo de la misericordia una frontera ideológica.
Por eso resulta tan peligroso confundir el cristianismo con una determinada corriente política. La fe puede inspirar el compromiso público, la defensa de la justicia y la preocupación por el bien común. Pero ninguna fuerza política puede arrogarse el derecho de hablar en nombre de Dios como si los demás estuvieran fuera de su alcance.
Y esto vale para todos. También para quienes se sitúan a la izquierda y pretenden utilizar la religión en beneficio propio. Nadie debería apropiarse de la conciencia de los creyentes ni utilizar sus convicciones como una herramienta de manipulación.
Pero cuando se pretende presentar una agenda de exclusión, nacionalismo excluyente o desprecio hacia determinados colectivos como si fuera la única forma legítima de defender los valores cristianos, es necesario levantar la voz.
No basta con citar la Biblia. Hay que preguntarse qué hacemos con su mensaje. No basta con rezar delante de las cámaras. Hay que preguntarse cómo tratamos a quienes no tienen poder, a quienes llegan de otros países buscando una oportunidad, a quienes viven en la pobreza y a quienes no comparten nuestras ideas.
No basta con proclamar que Dios está de nuestro lado. También hay que aceptar la posibilidad de que nuestras decisiones estén muy lejos de aquello que decimos defender en su nombre.
La fe no se demuestra por la proximidad a un presidente, por una fotografía en la Casa Blanca ni por la capacidad de reunir a líderes religiosos alrededor de una figura política. Se demuestra, sobre todo, en la manera en que entendemos la dignidad humana y en nuestra disposición a actuar con justicia, compasión y honestidad.
Y los obispos, precisamente por la autoridad moral que representan para millones de creyentes, tienen una responsabilidad especial: cuidar que la Iglesia no se convierta en un instrumento al servicio del poder, ni que sus gestos puedan confundirse con la bendición de un proyecto partidista.
La Iglesia tiene derecho a pronunciarse sobre la vida pública. Tiene derecho a defender sus convicciones. Pero también tiene el deber de recordar que su misión no puede reducirse a acompañar a quienes gobiernan, sino que debe mantener su libertad para cuestionar cualquier decisión que atente contra la dignidad de las personas, venga de donde venga.
Porque el Evangelio no pertenece a los poderosos. Tampoco pertenece a quienes creen tener la interpretación exclusiva de la voluntad divina.
Dios no necesita que ningún presidente lo represente en exclusiva. No necesita candidatos que lo utilicen como bandera ni dirigentes que pretendan dividir a la sociedad entre quienes están con Él y quienes supuestamente están contra Él.
Quizá deberíamos recordar algo elemental: nadie tiene el monopolio de Dios. Nadie puede encerrar su mensaje entre las fronteras de una ideología. Y nadie debería utilizar su nombre para justificar aquello que destruye la fraternidad humana.
Dios no es propiedad de la derecha. Dios no es propiedad de la izquierda. Y el cristianismo no puede convertirse en la coartada religiosa de ningún poder político.
Si queremos hablar de Dios, hablemos también de los pobres, de los migrantes, de los excluidos, de los que sufren y de quienes necesitan una mano tendida.
Si queremos defender el Evangelio, empecemos por practicarlo.
Y si queremos saber dónde está la autenticidad de nuestra fe, quizá debamos mirar menos las fotografías de los poderosos rezando y prestar mucha más atención a cómo viven, cómo gobiernan y cómo tratan a los demás.
Porque una cosa es rezar a Dios y otra muy distinta pretender utilizar a Dios para que los demás crean que tenemos razón.
La fe no necesita apropiarse del poder. Necesita recordar al poder que hay valores humanos que están por encima de cualquier ambición política.
Pedro Lorenzo Rodríguez Reyes.






























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