Emprender en cultura necesita algo más que entusiasmo
Gáldar acogerá PRECE Canarias para impulsar la transformación digital y el emprendimiento cultural. La noticia merece una lectura que vaya más allá del anuncio porque afecta a creadores, autónomos, asociaciones, empresas, jóvenes y administraciones. Mi posición es clara: la formación debe acompañar proyectos reales hasta encontrar público, financiación y sostenibilidad. El reto consiste en traducir esa idea en decisiones concretas, financiación suficiente y resultados que puedan ser comprobados.
El titular muestra una parte de la realidad. Debajo aparecen la precariedad, la falta de mercado, la burocracia, la propiedad intelectual y la brecha tecnológica. Son factores conectados que explican por qué una respuesta aislada suele quedarse corta. Reconocerlos no debe servir para aplazar la actuación, sino para ordenar prioridades y evitar que una solución aparente traslade el problema a otra oficina o a otra generación.
En Gáldar y las industrias culturales del Norte, cualquier política se encuentra con diferencias territoriales, económicas y personales. No parte del mismo lugar quien dispone de recursos, movilidad o asesoramiento que quien afronta el proceso en soledad. Una medida justa debe prever esas distancias y comprobar a quién alcanza realmente, no solo cuántos expedientes dice haber tramitado.
La transparencia comienza explicando el objetivo, el calendario, el coste y la persona responsable. Publicar información incomprensible no equivale a rendir cuentas. La ciudadanía debe poder comparar lo prometido con lo ejecutado, conocer los retrasos y entender por qué se cambia una decisión. La confianza se gana cuando la palabra pública coincide con los hechos.
Las propuestas pasan por mentoría, prototipos, redes comerciales, contratación pública y seguimiento posterior. No forman una lista ornamental: necesitan coordinación, personal y continuidad. Cuando cada organismo conserva una parte del asunto y nadie responde por el conjunto, creadores, autónomos, asociaciones, empresas, jóvenes y administraciones terminan repitiendo trámites o buscando por su cuenta una solución que debería estar organizada.
El presupuesto debe incluir mantenimiento y evaluación. Es frecuente financiar la inauguración y olvidar el trabajo cotidiano. Esa práctica produce programas interrumpidos, infraestructuras deterioradas y nuevas contrataciones para recuperar lo que pudo conservarse. Gestionar bien no es gastar menos en el primer anuncio, sino obtener más valor público durante toda la vida del proyecto.
La participación también debe ser real. Escuchar a creadores, autónomos, asociaciones, empresas, jóvenes y administraciones permite detectar errores que no aparecen en un despacho. Pero participar significa recibir respuesta: qué aportación se acepta, cuál se rechaza y con qué motivo. Sin devolución, la consulta se convierte en una ceremonia y aumenta el cansancio de quienes ya han contado varias veces el mismo problema.
La dimensión laboral resulta inseparable. Ninguna reforma funciona con equipos desbordados, contratos inestables o falta de formación. Cuidar a quienes sostienen un servicio protege a quienes lo utilizan. La precariedad se transforma después en demoras, rotación, pérdida de experiencia y menor capacidad para atender situaciones complejas.
La tecnología puede simplificar, anticipar necesidades y ofrecer datos, pero también crear nuevas barreras. Digitalizar un procedimiento defectuoso solo acelera sus fallos. Toda herramienta debe probarse con usuarios reales, proteger la información personal, permitir corregir errores y conservar una alternativa humana para quien la necesite.
Los medios y las instituciones tenemos que evitar tanto la propaganda como el desprecio automático. Gáldar acogerá PRECE Canarias para impulsar la transformación digital y el emprendimiento cultural es relevante, pero su significado dependerá de lo que suceda después. Informar implica regresar al asunto cuando desaparece la fotografía inaugural, contrastar resultados y rectificar si las previsiones no se cumplen.
También conviene aprender de experiencias ajenas sin copiarlas. Gáldar y las industrias culturales del Norte posee características propias que condicionan cualquier modelo. Comparar sirve cuando se explican las diferencias de escala, recursos y cultura. Una solución importada sin adaptación puede resultar elegante en el papel y completamente inútil en la vida cotidiana.
La evaluación debe medir tiempos, barreras eliminadas, calidad, distribución territorial y satisfacción. Contar reuniones o dinero comprometido no basta. Si sostenemos que la formación debe acompañar proyectos reales hasta encontrar público, financiación y sostenibilidad, debemos saber quién ha mejorado y quién sigue esperando. Los promedios esconden con facilidad a barrios, edades o colectivos que continúan fuera.
La continuidad no puede depender del calendario electoral. Los gobiernos cambian, pero las necesidades permanecen. Los proyectos sólidos dejan documentación, financiación y objetivos revisables. Eso no significa blindarlos frente a la crítica; significa evitar que cada responsable empiece desde cero y vuelva a anunciar como novedad lo que ya se intentó.
Existe además una obligación educativa. Comprender la precariedad, la falta de mercado, la burocracia, la propiedad intelectual y la brecha tecnológica permite a la ciudadanía tomar mejores decisiones y exigir responsabilidades con criterio. Escuelas, universidades, asociaciones, medios y profesionales pueden traducir la complejidad sin deformarla. Una sociedad informada no acepta cualquier explicación, pero tampoco cae con facilidad en rumores que convierten una dificultad real en miedo o enfrentamiento.
La perspectiva de derechos ayuda a decidir cuando los recursos son limitados. No siempre debe recibir primero quien grita más fuerte, quien conoce mejor el procedimiento o quien resulta más rentable. La prioridad corresponde a quienes encuentran mayores barreras dentro de creadores, autónomos, asociaciones, empresas, jóvenes y administraciones. Esto exige criterios publicados, mecanismos de reclamación y respuestas individualizadas que no humillen a quien pide ayuda.
También debemos examinar el impacto ambiental y territorial de cada decisión. Incluso una política socialmente necesaria puede consumir suelo, energía, agua o movilidad de manera poco sostenible. Planificar significa anticipar esas consecuencias y reducirlas desde el diseño. La transición ecológica no puede funcionar como un apartado separado: debe atravesar presupuesto, contratación, mantenimiento y evaluación.
Finalmente, hay que proteger la memoria institucional. Informes, errores y aprendizajes financiados con dinero público pertenecen a la sociedad. Archivar y publicar evaluaciones evita repetir fracasos y permite mejorar lo que sí funcionó. La innovación no consiste en cambiar el nombre de un programa, sino en incorporar conocimiento acumulado y demostrar por qué una nueva versión puede ofrecer mejores resultados.
La comunidad puede colaborar, cuidar recursos y proponer, aunque no debe sustituir obligaciones públicas. Convertir la solidaridad en una solución permanente aumenta la desigualdad, porque solo resisten los lugares con más voluntariado o mejores contactos. La administración garantiza; la sociedad acompaña, vigila y enriquece.
Por todo ello, emprender en cultura necesita algo más que entusiasmo resume una exigencia y no una consigna. La creatividad genera empleo cuando recibe herramientas sin perder su identidad. Esa es la medida con la que deberíamos revisar dentro de unos meses.
Vidal Bolaños Betancort





























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