Bar estilo inglés acaso próximo a Rafael Alberti y las vanguardias

Nicolás Guerra Aguiar

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No sé, estimado lector, si el espectáculo "Women and Men of the '27 Generation" (cito textualmente) llegó a celebrarse aquel 16 de mayo de 2025 en el Auditorio de Teror (holaislascanarias.com), espectáculo de música y poesía cuyo protagonista fue el actor español Juan Echanove, garantía de buen hacer.

 

Y aunque en mis sanas intenciones estaba la asistencia al mismo, no sólo me resultó imposible la presencia física sino que, incluso, ni me acordé de él por tales días (ya se sabe: “El hombre propone...”). Mi mundo mental y mis neuronas (estas, como células principales del sistema nervioso) andaban algo desarretados, desajustados, pero impidieron con valentía el desequilibrio: había un bisturí por medio, no una simple puntilla (Diccionario Básico de Canarismos, Academia Canaria de la Lengua).

 

(Por cierto: aunque la nueva tradición de amplia cultura social y extranjera arraiga en nuestra tierra incluso hasta en cuestiones lingüísticas -el propio título del acto, “Women and Men of the '27 Generation", es un ejemplo-, tampoco habría caído el cielo sobre la Tierra si aquel hubiera figurado en español. Tal prudente término medio satisfaría, incluso, a los tres o cuatro respetables ciudadanos que, además, sugerían “Jembras y Machos…”, por aquello de la aspiración dialectal canaria de la “h” en posición inicial. Estimable, sí, pero tampoco imprescindible.)

 

Así, doy por sentado que se entremezclaron música y palabras de algunos componentes de tal Generación del 27 (discutible etiqueta esta, por cierto: rigurosos críticos prefieren la denominación de “Grupo Poético del 27”). Recuerdo que música y palabras poéticas, Poesía, no son incompatibles, en absoluto: la crítica de tal género literario usa con acierto la estructura “musicalidad poética” como es audible (y legible) en “Sílabas tiernas”, poema de Agustín Millares Cantero: “Sólo cuando no estés habré perdido / el flujo libertario de vocales, / dejándome apresado en consonantes / por una red que frena los latidos”, (palabras llanas las finales de verso; rimas versos 1-4, 2-3…).

 

Entre los consagrados autores cuyos nombres aparecieron en el programa figuraban Federico García Lorca, Luis Cernuda, Concha Méndez, María Teresa León, Rosa Chacel... Y aunque no estuve, debo suponer que también recordarían versos y palabras de otros grandes del 27 (algunos evolucionados hacia las revolucionarias vanguardias) como Vicente Aleixandre (premio nobel de literatura), Dámaso Alonso e Hijos de la ira; Gerardo Diego (riquísimo poema “El ciprés de Silos”, seductor de tantos exalumnos que llegaron a memorizarlo); Pedro Salinas y La voz a ti debida; Prados, Altolaguirre…(Quizás Miguel Hernández, El rayo que no cesa.)

 

Y, por supuesto, de nuestros paisanos los tinerfeños Pedro García Cabrera y Agustín Espinosa García. El primero, poeta vinculado a las vanguardias europeas (concretamente, al surrealismo), perseguido y condenado a partir de 1936 por su concepción ética de la vida y el compromiso social, autor de un poema cuya primera estrofa dice “A la mar fui por naranjas, / cosa que la mar no tiene. / Metí la mano en el agua, / la esperanza me mantiene”. (¿Qué es “la mar”?; ¿qué simbolizan “las naranjas”?; ”la esperanza”, ¿en qué?)

 

(Aunque no es conocido como poeta, dos líneas sobre el segundo, catedrático de Literatura del Instituto Pérez Galdós -LPGC-, también acusado de izquierdista. Fue inhabilitado y expulsado de la cátedra -1939- por haber publicado cinco años atrás una obra “naturalista e inmoral”, Crimen, quizás la primera novela surrealista española: “Me había dormido entre veinte senos, veinte bocas, veinte sexos…”. Fue llevada al cine, tsunami para las ultraconservadoras clases sociales alta y media de Canarias.)

 

Sí, estimado lector, tiene usted toda la razón: no he citado a Alberti, cuyo nombre figuraba en el programa y también formó parte del 27. Pero tengo una justificación: su rostro y dos obras poéticas trabajadas en el renovador Curso de Orientación Universitaria (COU, comenzó en 1973) me vinieron inmediatamente a la memoria nada más traspasar la entrada del bar estilo inglés. (Por cierto: el programa de Literatura Española del Siglo XX... olvidó a los vanguardistas canarios.)

 

Así, absorbido por los -ismos vanguardistas, la fantasía y la ruptura con lo real, relacioné los libros del gaditano poeta Rafael Alberti con dos elementos que me impactaron de tal marco fotografiado: uno fue la figura imaginariamente flotante del joven ubicado en la parte superior de la escalera. El otro, la llamativa policromía sabiamente combinada en la parte baja, donde están los taburetes. O lo que es lo mismo: ¿podrían, ilusoriamente, relacionarse con algún ángel albertiano (puro surrealismo) y su canto a los colores, respectivos protagonistas de Sobre los ángeles (1927-28) y A la pintura (1945–52)?

 

Si estuviéramos en el aula, estimado lector, habría planteado previamente que muchos de los miembros del 27 fueron vanguardistas (futurismo, creacionismo, surrealismo…). Es decir, se alejan de la realidad, buscan nuevas formas desde la perspectiva estética, recurren a la libertad... Por tanto, ¿puede valernos la ficticia visión para fantasear, por ejemplo, con ángeles buenos y no con los otros, “espíritus celestes” que desfilan por Sobre los ángeles? (Los hay avaros, airados, mentirosos, crueles, engañosos, rabiosos… ¿Pudo, entonces, Blas de Otero escribir Ángel fieramente humano -1950- por influencia de estos ángeles “no buenos” cuando termina un soneto con el verso ¡Ángel con grandes alas de cadenas!”?)

 

Así, con tal posibilidad de crear al margen de la realidad (siempre al margen), el ángel bueno tomó forma: la del joven con botines encarnados, camiseta nada convencional, muy propia de la edad, el mismo que parece descender bien enganchado por un rayo que lo sostiene desde las alturas. (¿Ángel bueno capaz de ayudar a los seres humanos?) Arriba, el azul celeste de los cielos abre sus entrañas para mostrarle ráfagas de brillos e invitarlo a hacer caminos, veredas, sendas que conducen a la contemplación (e incluso degustación) de tanta esencia embotellada. Un ángel dispuesto a complacer, con placer, como deben hacer los ángeles buenos.

 

Dos lámparas a medio camino pretenden ser tímidas intermediarias entre las luminosidades de las estanterías – firmamento y la mayor oscuridad de abajo. A fin de cuentas áureos azulejos de infinitos rayos solares se bastan por sí solos para oponerse a la opacidad de la madera, componente de la barra. La multiplicidad de amarillos soles coquetea con su azulada o verdosa geometría interior, a la manera de “Verde”, poema albertiano: “1. Yo soy el verdemar, / subido a azul cuando el azul del cielo / tiende su pecho azul sobre mi espalda. 2. Tengo otro nombre siempre: Primavera. 3. Soy tallo, esbelto pie / sostenedor de todos los colores”.

 

Sí: Alberti, vanguardias, poesía, luz, cromatismo, rupturas, imaginaciones sin límites... y el acierto de alguien que supo combinarlos con exquisitez.

 

Nicolás S. Guerra Aguiar es catedrático, escritor y miembro honorario de la Academia Canaria de la Lengua

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