Plaza Chica de Gáldar: exigimos que se cuide lo público, pero ¿qué hacemos nosotros para conservarlo?
Plaza de Los Faycanes (Plaza Chica - Gáldar)Hay situaciones que, aunque puedan parecer insignificantes, nos invitan a reflexionar sobre cuestiones mucho más profundas que unas simples marcas en el suelo: la educación, el civismo y la responsabilidad que tenemos como ciudadanos en el cuidado de aquello que pertenece a todos.
Las pintadas realizadas con tizas sobre el pavimento poroso de la Plaza Chica de Gáldar nos llevan a plantear una pregunta tan sencilla como necesaria: ¿dónde están los padres, las madres o los adultos que acompañan a los menores mientras realizan estas acciones?
Que los niños jueguen, dibujen y desarrollen su creatividad es positivo y necesario. Las plazas y los parques son espacios de encuentro y convivencia donde la infancia debe disfrutar, experimentar y compartir momentos de ocio. Sin embargo, fomentar el juego también implica enseñar que no todas las superficies son adecuadas para dibujar y que respetar los espacios comunes forma parte de las normas básicas de convivencia.
La cuestión no es criminalizar a unos menores por utilizar tizas, sino reflexionar sobre el papel de los adultos en su educación. Acompañar a nuestros hijos e hijas a una plaza no consiste únicamente en permitir que se entretengan, sino también en orientarles, establecer límites y ayudarles a comprender que disfrutar de un espacio público implica respetarlo. Porque educar no es solo estar presentes, sino saber intervenir cuando una conducta necesita ser corregida.
Esta situación también pone sobre la mesa una contradicción que, como sociedad, deberíamos plantearnos. Cuando un banco se rompe, una instalación se deteriora o una reparación municipal tarda varios días en realizarse, no tardamos en reclamar al Ayuntamiento que actúe. Es lógico: queremos espacios públicos dignos, seguros y en buenas condiciones, especialmente aquellos destinados al disfrute de nuestros menores.
Sin embargo, ¿mostramos la misma preocupación cuando son nuestras propias acciones, o las de nuestros hijos, hijas o familiares, las que pueden contribuir al deterioro de esos espacios? ¿Somos igual de exigentes cuando el problema no viene de fuera, sino que puede tener su origen en nuestro propio entorno?
No podemos exigir al Ayuntamiento que cuide lo público mientras restamos importancia a las conductas que pueden perjudicarlo. La obligación municipal de mantener las plazas y los parques en condiciones óptimas es incuestionable, pero también lo es nuestra responsabilidad individual. Una cosa no exime de la otra; ambas son necesarias para conservar aquello que compartimos.
Además, existe una consecuencia que merece especial atención: el coste económico. Si los restos de tiza quedan adheridos al pavimento poroso y es necesario realizar trabajos adicionales para devolverlo a su estado original, habrá que emplear recursos, tiempo y dinero público. Desconocemos cuál sería el coste concreto de una eventual limpieza, pero hay algo que no admite discusión: cualquier gasto municipal se sufraga con recursos de todos.
Lo que podría evitarse con un mínimo de cuidado puede terminar convirtiéndose en un gasto que pagamos entre todos. Ese dinero podría destinarse a otras necesidades de la propia plaza o de cualquier otro espacio de Gáldar. Por eso, cuidar el entorno no es una cuestión meramente estética; también es una forma de responsabilidad económica y de respeto hacia el conjunto de la ciudadanía.
No se trata de exagerar unas pintadas con tizas ni de convertir una situación cotidiana en un problema mayor. Se trata de entender que nuestras acciones tienen consecuencias y que prevenir determinados desperfectos es siempre preferible a tener que destinar recursos a solucionarlos.
También conviene reflexionar sobre la actitud de quienes presencian estas situaciones. Sabemos que a muchas personas no les gusta intervenir para evitar conflictos o momentos incómodos, pero, si había ciudadanos presentes y los menores se encontraban solos, sin ningún adulto que los supervisara, quizá una advertencia respetuosa habría bastado para hacerles comprender que aquella no era una conducta apropiada.
No se trata de reprender a los niños, enfrentarse a otras familias ni buscar culpables, sino de recuperar la implicación ciudadana. Una indicación hecha con educación puede convertirse en una oportunidad para enseñar civismo, siempre actuando con prudencia y respeto. Porque la convivencia también exige que dejemos de pensar que aquello que ocurre en los espacios comunes no nos incumbe.
La conservación de nuestros parques, plazas y calles no puede recaer exclusivamente en los servicios municipales. El Ayuntamiento debe cumplir con sus obligaciones de mantenimiento, limpieza y reparación, mientras que los ciudadanos debemos contribuir a que esos espacios se conserven en las mejores condiciones posibles. Exigir responsabilidades a la Administración es legítimo; asumir las nuestras es igualmente necesario.
Si queremos que nuestros niños y niñas dispongan de lugares adecuados para jugar, debemos empezar por enseñarles a respetarlos. Si reclamamos rapidez cuando aparece un desperfecto, también debemos mostrar coherencia cuando nuestras propias conductas pueden contribuir a generarlo. No podemos pedir espacios públicos impecables y, al mismo tiempo, considerar insignificante cualquier comportamiento que pueda perjudicarlos.
La educación en el civismo comienza en casa, se refuerza con el ejemplo y se demuestra en las pequeñas decisiones cotidianas. Está en los padres y las madres que enseñan a sus hijos a respetar lo común, pero también en los ciudadanos que, cuando resulta oportuno, intervienen con respeto en lugar de mirar hacia otro lado.
La Plaza Chica es parte de la vida de Gáldar, un espacio compartido que merece el cuidado de quienes lo disfrutan. No basta con reclamar que se limpie, se repare o se mantenga en buenas condiciones; también debemos preguntarnos qué hacemos cada uno de nosotros para que no se deteriore.
La Plaza Chica es de todos, y cuidarla no puede ser responsabilidad exclusiva del Ayuntamiento. Las instituciones deben cumplir con sus obligaciones, las familias deben educar en el respeto y la ciudadanía debe implicarse en la conservación de aquello que comparte.
Porque una plaza no se cuida únicamente reparando lo que se rompe o limpiando lo que se ensucia, sino también evitando, en la medida de lo posible, que eso ocurra.
El civismo no consiste únicamente en reclamar lo que nos corresponde, sino en asumir que también tenemos la responsabilidad de cuidar lo que es de todos.
Moisés Rodríguez Gutiérrez



























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.245