
Hasta hace bien poco tiempo adelantaba a los que caminaban conmigo: era tal la fuerza de mis piernas que los superaba sin querer ni pretenderlo siquiera.
Ahora ya todo ha cambiado: todos me adelantan en su constante ir y venir. Y así debe ser. Más que nada porque es, sencillamente, ley de vida. Cuando me sobrepasan en mi caminar casi diario, intento mantener el ritmo de aquellos que vuelan; sin embargo, es una lucha inútil. Ya no solo me he resignado, sino que está bien el adelanto: es una suerte que sigamos caminando al ritmo que nos proporciona la vida. Tal vez por eso, Rosa, mi vecina, dice que va a hacer ejercicio desde temprano. Sin embargo, deberíamos hablar de lo que considera ella cuando dice temprano.
En fin, que todos me adelantan. Y eso está bien.
Juan FERRERA GIL




























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