Ventana folclórica, hoy con "los tenderos", La Graciosa

Los tenderos, espacios humildes y esenciales, permitieron a las familias de La Graciosa conservar el pescado gracias al sol y al ingenio local, forjando una tradición que hoy se reconoce como parte del patrimonio insular.

Moisés Rodríguez Gutiérrez Jueves, 22 de Octubre de 2026 Tiempo de lectura:

Hoy parece tan sencillo conservar un pescado que cuesta imaginar cómo se hacía cuando no existían frigoríficos, congeladores ni las facilidades que tenemos ahora. En La Graciosa hubo una época en la que el sol, el aire y un pequeño espacio preparado junto a la casa podían ser suficientes para conservar parte de lo que daba el mar. Eran los tenderos.

 

Los tenderos eran espacios sencillos, sin grandes construcciones ni nada que llamara especialmente la atención. Se preparaban junto a las viviendas, delimitados con piedras y utilizando materiales que estaban allí mismo, como tierra, rofe y conchas de lapas y burgados. No hacía falta mucho más, porque tampoco se podía disponer de mucho más.

 

Allí se colocaba el pescado para que el sol y el aire hicieran su trabajo. Sardinas, viejas, longarones y otras especies podían terminar en aquellos tenderos, donde se secaban para poder conservarlas durante más tiempo. Lo que ahora solucionamos en unos segundos metiendo un alimento en la nevera, entonces requería tiempo, paciencia y bastante trabajo.

 

El pescado era uno de los recursos fundamentales para las familias de La Graciosa. Una parte se consumía fresco, otra podía venderse o intercambiarse en Lanzarote y otra se destinaba a la conservación. Allí no estaba la opción de comprar otro producto si aquel se estropeaba, así que había que aprovechar lo que se tenía y, sobre todo, no desperdiciarlo.

 

En todo ese proceso las mujeres tuvieron también un papel importante. Preparaban el pescado, participaban en las tareas relacionadas con su conservación y en muchas ocasiones eran ellas quienes lo llevaban hasta Lanzarote para venderlo o cambiarlo por otros productos necesarios para sus familias.

 

Los tenderos formaban parte del paisaje cotidiano de la isla, aunque seguramente quienes los utilizaban no pensaban que algún día hablaríamos de ellos como patrimonio. Eran simplemente una necesidad más, una manera de conservar los alimentos y de sacar el máximo partido a lo que ofrecía el mar.

 

También dice mucho de aquella época la manera de construirlos. Piedras, tierra, rofe y conchas que estaban al alcance de la mano servían para preparar estos espacios. No había grandes medios, pero sí conocimiento, experiencia y esa capacidad de buscarse la vida que tantas veces encontramos cuando hablamos de nuestros mayores.

 

Con el paso de los años todo fue cambiando. Llegaron nuevas formas de conservar el pescado, cambiaron las costumbres y los tenderos fueron perdiendo su utilidad hasta desaparecer prácticamente de la vida cotidiana de La Graciosa.

 

Ahí es donde empieza a cobrar importancia recordar lo que fueron. Porque el patrimonio no está únicamente en las grandes construcciones, en los monumentos o en aquello que aparece en los libros. También está en esas pequeñas cosas que formaban parte del día a día y que durante mucho tiempo nadie pensó que algún día tendríamos que explicar para que no se olvidaran.

 

Un tendero puede parecer poca cosa visto desde hoy. Un espacio de piedras, tierra, rofe y conchas donde se tendía pescado al sol. Pero detrás de él hay mucho más: hay familias, trabajo, necesidad, ingenio y una manera de aprovechar los recursos que tenía la isla.

 

Hoy abrimos una nevera y solucionamos en un momento algo que antes podía llevar horas o incluso días. Por eso merece la pena detenerse de vez en cuando en estas pequeñas historias. Porque nos ayudan a entender que la vida de nuestros mayores no fue como la nuestra y que muchas de las cosas que ahora damos por hechas fueron, durante mucho tiempo, auténticos trabajos de cada día.

 

Los tenderos de La Graciosa ya no forman parte de aquella vida cotidiana, pero siguen teniendo algo que decirnos. Nos recuerdan una isla que vivía del mar, que aprovechaba lo que tenía y que sabía convertir algo tan sencillo como unas piedras, un poco de rofe y el calor del sol en una forma de conservar los alimentos.

 

Eso también es patrimonio, por lo que merece ser contado.

Comentar esta noticia

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.42

Todavía no hay comentarios

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.