Gáldar. El festival del pueblo sin cine y el ombligo en primera fila en el Teatro Juan Vega Mateos

Guayarmina Guanarteme

[Img #37008]No tengo claro si la alfombra es roja. Lo que sí tengo claro es que vuelve a desplegarse en el Polideportivo Juan Vega Mateos, que por una noche rebautizado como Teatro Juan Vega Mateos. Porque llamarlo polideportivo le quita glamour a la fantasía y, cuando se trata de vender una gran noche de cine, hasta el nombre del recinto necesita pasar por peluquería.
 
Se acerca la gala y empieza la transformación: fotos, peinados, vestidos a estrenar y poses de estreno mundial, como si se casara la persona más rica del pueblo. La ocasión merece prepararse. También merece una fotografía junto a algún actor de reparto de una serie nacional, para guardar el recuerdo y poder decir que una vez se estuvo cerca de alguien que salía en televisión.
 
Pero entre tanto brillo hay una figura que parece necesitar más focos que el resto: el teniente de alcalde, alcalde de Gáldar en la sombra y protagonista habitual de la función. Ese señor que acude a los Goya —en última fila, eso sí— dice que para promocionar el Festival de Cine de Gáldar y que, cuando vuelve a casa, parece dispuesto a ocupar el primer plano de su propia película.
 
La alfombra puede ser roja, de otro color o simplemente una manera de hablar. Lo importante es que haya una primera fila desde la que el protagonista pueda contemplar el espectáculo y, de paso, comprobar que también sale bien en las fotos. En la cancha, las butacas VIP; en el graderío, la tribuna popular.
 
Cada cual en su sitio: unos en el encuadre y otros mirando cómo se encuadran.
Y en el centro de todo, el ombligo del teniente de alcalde, convertido casi en el eje narrativo del festival. Todo parece conducir a él: la gala, la promoción, las cámaras y el aplauso.
 
El cine queda como decorado; el polideportivo, como teatro; el público, como figuración. Solo falta que en los créditos aparezca: “Protagonizado por el teniente de alcalde, en el papel de sí mismo”. Aunque, visto el entusiasmo por salir en escena, quizá ni siquiera haga falta contratar a un actor.
 
Lo más curioso es que esta gran celebración del séptimo arte tenga lugar en Gáldar, donde la sala de cine más cercana está a 25 kilómetros. Una distancia estupenda para mantener vivo el suspense: el cine se promociona, se celebra y se fotografía… pero para verlo en una sala hay que coger el coche. No pasa nada: si la película no está cerca, siempre queda el estreno del protagonismo municipal.
 
Así que, con alfombra o sin ella, con focos y con butacas VIP, que siga la función. ¡Viva el Festival de Cine del pueblo sin cine! Y viva también ese festival donde parece que la película más proyectada no es la que compite en pantalla, sino la del político que no pierde ocasión de colocarse en el centro del plano.
 
Que el año que viene, si queda un poco de espacio, dejen que el protagonista sea el cine.
 
Guayarmina Guanarteme
 
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