
A las nueve de la noche las calles ya estaban llenas. Las banderitas de colores cruzaban de balcón a balcón y la música de la plaza se oía desde varias calles antes.
Clara bajó la ventanilla del coche.
—No ha cambiado nada —murmuró.
Mentía. Había cambiado todo. La ferretería de don Manuel era ahora una tienda de móviles; la casa amarilla de la esquina la habían pintado de blanco; en el solar donde jugaban de pequeños había un edificio de tres plantas, y la panadería estaba cerrada, con un cartel de «Se alquila». Pero las fiestas seguían allí, en las mismas fechas de siempre.
Llevaba dieciocho años sin volver. Primero por el trabajo, después por los niños, más tarde por la separación. Luego ya ni se molestó en buscar excusas: sencillamente, no quería.
Aparcó lejos y subió andando hasta la plaza. No llevaba ni medio minuto cuando alguien gritó su nombre.
—¡Clara!
Una mujer venía hacia ella con los brazos abiertos.
—¡Pero muchacha! ¿Y tú cuándo llegaste?
—¿Mari?
—¿Y quién voy a ser?
Se abrazaron riéndose. Luego vinieron las preguntas de rigor: dónde vivía ahora, qué tal los niños, si seguía en lo mismo, cuántos días se quedaba. Y la que Clara sabía que alguien acabaría haciendo.
—¿Y no has visto a Gabriel?
—No.
—Pues anda por aquí.
—Ah.
Mari captó el mensaje.
—Ven, que están todos en la plaza.
Todos. Qué palabra tan peligrosa. Algunas caras las reconoció al instante; otras tuvo que reconstruirlas, buscando al adolescente de entonces debajo de las barbas, las canas y las patas de gallo. Cada pocos metros la paraba alguien. «¡Cuánto tiempo!» «¡Estás igualita!». Y durante un rato fue como si esos dieciocho años no hubieran existido.
Hasta que empezó a sonar aquella canción.
Clara se quedó clavada. No sabía cómo podía acordarse de ella después de tanto tiempo; ni siquiera sabía quién la cantaba. Pero se acordaba perfectamente de aquella noche. Ella tenía diecinueve años; Gabriel, veinte. Bailaban justo ahí, en esa misma plaza. Él llevaba una camisa blanca y ella unos zapatos que le destrozaban los pies, así que acabó bailando descalza.
—El año que viene nos vamos —le dijo él.
—¿Adónde?
—Me da igual… Mientras sea contigo.
Clara se echó a reír. A los diecinueve uno se cree que lo que se promete en una verbena vale tanto como lo que se firma ante notario.
Dos meses después, ella se fue a estudiar fuera y Gabriel se quedó. Al principio se llamaban todos los días; luego, una vez por semana. Llegaron las discusiones, después los silencios, y un día ninguno de los dos volvió a coger el teléfono. La vida se encargó del resto.
—Sigues quedándote quieta cuando suena.
Clara cerró los ojos. Supo quién era antes de darse la vuelta.
Gabriel estaba detrás de ella. Con el pelo más corto, alguna cana en las sienes y arrugas alrededor de los ojos. Y la misma sonrisa.
—Hola.
—Hola.
Durante unos segundos ninguno supo qué hacer con las manos. Al final se abrazaron. Un abrazo breve, educado, de adultos, que no se parecía en nada a los que se daban de chiquillos escondidos detrás de la iglesia.
Pasearon entre los puestos contándose la vida por encima. Él se había casado, se había divorciado y tenía una hija de catorce años. Ella le habló de sus dos hijos, del trabajo, de la ciudad, de todo lo que se podía resumir sin esfuerzo.
De ellos dos no hablaron.
Hasta que llegaron al final de la calle y Clara vio el muro.
—No puede ser.
Estaba lleno de nombres: escritos con rotulador, rayados con una llave, medio borrados por la cal y los años. Gabriel encendió la linterna del móvil y fue pasando la luz despacio por la pared hasta que se detuvo.
A Clara se le cortó la respiración. Dentro de un corazón torcido todavía se leían dos iniciales.
C + G
Y debajo, una fecha.
—Pensaba que ya no estaría.
Clara pasó los dedos por las letras.
—Éramos idiotas.
—Muchísimo.
—Creíamos que nos íbamos a comer el mundo.
—sí, pero te fuiste.
Clara lo miró.
—Tú no quisiste venir.
Gabriel bajó la vista. Ahí estaba, dieciocho años después: la conversación que nunca habían tenido.
—Tenía miedo —dijo—. Mi padre estaba enfermo, mi madre no podía sola y yo no tenía un duro. Tú estabas empezando una vida nueva y no quería que renunciaras a ella por mí.
—Podrías habérmelo dicho.
—Tenía veinte años. A esa edad uno confunde querer a alguien con decidir por él.
Por megafonía anunciaron que empezaba la verbena. Gabriel miró hacia la plaza.
—¿Bailamos?
Clara soltó una carcajada.
—Tengo cuarenta y tantos años.
—Por eso mismo. Ya no tenemos edad de preocuparnos por hacer el ridículo.
La plaza estaba a reventar. Los chiquillos corrían entre las piernas de la gente, los abuelos ocupaban los bancos junto a la iglesia y los adolescentes hacían como que sus padres no existían. Y en medio de todo aquello, Clara volvió a bailar con Gabriel. Cuando terminó la canción, él le dio un beso en la mejilla.
—Me alegro de que hayas vuelto.
Clara miró a su alrededor. Las banderitas, las luces, las montañas de siempre cerrando el pueblo. Un grupo de chiquillos cruzando la plaza a la carrera, igual que ellos treinta años atrás.
Durante dieciocho años se había dicho que no volvía por Gabriel. Pero no era verdad. No volvía porque allí la esperaba ella misma: la muchacha que había sido, la que se marchó convencida de que, para empezar de nuevo, tenía que arrancar de cuajo todo lo anterior.
—¿Sabes qué? —dijo.
—¿Qué?
—Creo que el año que viene vuelvo.
Gabriel sonrió.
—Las fiestas siempre caen por estas fechas.
Clara negó con la cabeza.
—No me refería a las fiestas.
Y siguió bailando.
Olga Valiente



























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