
Amanece. Desde la loma, las sombras de la noche se van dispersando, como si, temerosas de la luz, huyeran a las grutas donde se ocultan las serpientes y los cuervos. Con las primeras luces, los celajes del horizonte, como llamas que se apagan en el hogar, vierten tenues amarillos y rosas, nacientes azules sobre las flores aún dormidas, que se desperezan, se estiran, se abren al primer calor de la mañana. Las piedras, que al claro de luna conjuraban ancestrales misterios, se muestran ahora firmes y blancas, limpias. Así las incertidumbres y miedos de la noche desaparecen hasta que se renuevan tras el atardecer.
Y, sin embargo, de entre la maleza de la loma emerge la figura de un hombre que, con dificultad, se sube los pantalones para atarlos a la cintura con un cordel.
Lucas Mellado




























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