El vodevil del voto: la política como contenido
A las puertas de unas elecciones de singular relevancia para el conjunto del Estado español, buena parte de la clase política -la insular también- ha decidido transmitirnos que gobernar es un género audiovisual. El escaño se ha convertido en atrezo, el argumentario, en guion y el votante, en audiencia a la que hay que retener en vez de convencer. Ya no basta con administrar las competencias propias, hay que narrarlo, iluminarlo, subtitularlo y colgarlo antes de que el algoritmo mire hacia otro lado.
Hay una escena que se repite en ayuntamientos, cabildos, parlamentos, gobiernos y sedes de partidos: el político o la política que ayer defendía en el pleno una moción sobre asuntos que preocupan a la ciudadanía aparece hoy en formato vertical, con música de fondo y explicando “quién soy realmente” a una cámara sostenida con el brazo estirado. Ya no hay distancia entre el cargo y el personaje. El cargo es el personaje. Y como todo personaje bien construido, exige guionista, vestuario y una coherencia de marca que el programa electoral nunca tuvo.
Lo asombroso no es que la política haya llegado a las redes, eso era inevitable, sino lo que ha decidido llevar consigo. Muchas veces no llega el debate, ni el dato, ni la rendición de cuentas sino la merienda, la mascota, el look del día o la anécdota narrada con la solemnidad de quien firma un tratado. Se filma la verbena, el chascarrillo, la palabra típica explicada con cadencia de monitor de tiempo libre, como si el poder público necesitara legitimarse con una capa de folclore digerible en quince segundos.
Esa épica de lo intrascendente cumple una función precisa: ocupar el tiempo de pantalla sin arriesgar ni una idea. Es más fácil, y electoralmente más seguro, mostrarse cercano comiendo algo típico que explicar por qué no se han resuelto asuntos de su competencia. La cercanía, en esta gramática, no es un medio para rendir cuentas, es su sustituto. Cuanto más entrañable el vídeo, menos preguntas incómodas parece merecer quien lo protagoniza.
Sería absurdo renunciar a canales que permiten llegar a millones de personas, compartir información y abrir nuevas vías de participación. El problema comienza cuando importa más la repercusión de un mensaje que su contenido, la imagen que la gestión y la simpatía que la justificación de la gestión.
Buena parte de esa aparente espontaneidad responde, además, a estrategias de comunicación cuidadosamente planificadas. Planificar no tiene nada de reprochable. Lo cuestionable es fabricar una representación permanente de autenticidad. A veces cuesta más aparentar sencillez que ejercerla.
Esa maquinaria produce situaciones casi cómicas cuando representantes públicos, sea cual sea su edad o trayectoria, se empeñan en reproducir gestos, cortes de vídeo y muletillas ajenos a su manera natural de comunicarse, como quien baila una coreografía aprendida de memoria sin sentir la música. El resultado no es cercanía, es un disfraz mal cosido en el que se notan las costuras.
El siguiente peldaño es el pódcast como confesionario sin penitencia, un formato que también ha encontrado su espacio en la comunicación política canaria. No se cuestiona un medio con enormes posibilidades para el análisis, la conversación pausada y el periodismo de profundidad, sino su uso como escenario de una intimidad cuidadosamente administrada. El político o la política que en el hemiciclo mide cada palabra se permite en el sofá bromear o hablar de su infancia, todo editado con el esmero de un anuncio pero vendido como espontaneidad. Es la política convertida en sobremesa: agradable, intrascendente y diseñada para que nadie salga incómodo, sobre todo quien la protagoniza.
Lo llamativo es que algunas de estas conversaciones, anunciadas como “sin filtros”, evitan con más disciplina que cualquier rueda de prensa la pregunta que de verdad incomoda. El formato promete transparencia y entrega, en el mejor de los casos, simpatía embotellada. Y cuando la entrevista renuncia a preguntar, deja de ser un ejercicio de conocimiento para convertirse en promoción.
Detrás de todo esto hay una teología nueva y bastante primitiva: el número de seguidores como sustituto del programa electoral. Se cuentan seguidores como antes se contaban actas, se celebra el alcance de una publicación como una ley aprobada, y algunos perfiles políticos enmudecen en cuanto pasan las urnas, porque el vínculo nunca fue con la ciudadanía sino con el ciclo electoral.
En esta liturgia, los algoritmos que deciden qué contenidos alcanzan visibilidad parecen disputar a los espacios tradicionales de deliberación su capacidad para fijar qué asuntos merecen atención. Ya no se busca solo convencer con argumentos que resistan el debate, sino satisfacer a una audiencia cuyas reacciones condicionan la difusión de los mensajes. Gobernar para las mayorías se ha ido pareciendo, peligrosamente, a programar para el algoritmo. La atención inmediata favorece lo simple, lo emotivo y lo repetible, y dificulta explicar los asuntos complejos, que suelen ser justamente los que la gestión pública necesita abordar.
Lo retrata Aaron Sorkin en “El precio de la red”, recién estrenada: los algoritmos de Facebook premiaban el contenido más divisivo e incendiario porque generaba más interacción, aun sabiendo el daño que causaba. No es solo que las redes nos entretengan, es que deciden qué vemos, facilitan la radicalización y moldean cómo pensamos.
Lo grotesco es que en demasiadas ocasiones ni siquiera se ejecuta con oficio. Hay una imitación torpe y desganada del lenguaje de las plataformas, como quien se disfraza para una fiesta a la que no ha sido invitado. El resultado es un híbrido incómodo, sin la autenticidad de un creador de contenido que domina su oficio ni la seriedad del cargo público que debería acreditar su gestión. Vende, en cambio, vacío envuelto en buena iluminación.
Es un espectáculo que corre el riesgo de no encontrar público comprometido, porque no convence al votante exigente, que percibe la impostura, ni satisface al espectador de entretenimiento, que tiene creadores mucho más hábiles a un clic. Los aprendices de cómico se quedan en tierra de nadie, sin la seriedad que el cargo exige ni la gracia que el formato promete.
Mientras se graba el reel o se produce el pódcast, la vida transcurre fuera de plano, a menudo de espaldas a la ciudadanía y con problemas pendientes que ninguna publicación puede resolver. Ese desfase puede convertirse en una forma de evasión. La política convertida en contenido no siempre complementa la gestión, en ocasiones funciona como su coartada.
Y hay un coste añadido, más silencioso: la banalización del propio lenguaje democrático. Cuando el debate público compite por segundos de atención con vídeos de mascotas y recetas, incluso los temas importantes acaban empaquetados con el mismo envoltorio ligero, reducidos a una fórmula de consumo inmediato. Se corre el riesgo de que una generación de votantes aprenda a esperar de sus representantes simpatía en lugar de explicaciones y aplauda el carisma como antes exigía cuentas.
Casi sin darnos cuenta, nos han traído hasta aquí y casi todos y todas solemos picar. Detrás de ello pueden abrirse espacios para la manipulación, los mensajes interesados y la tergiversación del discurso público, pero también para la banalidad en la relación entre amplias capas de electores y las personas elegidas o por elegir.
Frente a esta maquinaria, urge reivindicar la soberanía mental: la capacidad de sostener un pensamiento propio cuando los algoritmos deciden qué vemos, qué tememos y qué deseamos. No se trata de huir de las pantallas, sino de no entregarles el juicio. Cada emoción inducida, cada indignación programada, erosiona nuestra libertad de decidir. Defender esa soberanía exige pausa, lectura atenta y duda razonada. Solo una ciudadanía que piensa por sí misma escapa al dictado del algoritmo.
Ante esta tendencia conviene recuperar las reflexiones de Timothy Snyder en “Contra la tiranía. Veinte lecciones que aprender del siglo XX”. El historiador reivindica cuidar el lenguaje, leer con atención, contrastar la información y pensar con independencia frente a la propaganda. Nos recuerda que la democracia necesita algo más que mensajes eficaces: una ciudadanía capaz de interpretar la realidad, reconocer la manipulación y construir sus propias opiniones desde el conocimiento y la reflexión.
Puede que en las elecciones de noviembre o en las de mayo de 2027 gane quien mejor edite su vida. Pero un mandato no se mide en visualizaciones y el electorado, tarde o temprano, distingue entre quien actúa para la cámara y quien gobierna cuando esta se apaga. Lo sucedido en Madrid con Maricarmen y las preguntas que ha suscitado en buena parte de la ciudadanía, recuerdan que, más allá de relatos y apariencias, el poder siempre acaba enfrentándose a la realidad de los hechos.
Cuando se apaguen las luces del set, solo quedará la pregunta más antigua y menos viral de todas: ¿qué se hizo, en realidad, con el poder que la ciudadanía confió a sus representantes? La política puede y debe aprender a comunicarse en todos los lenguajes de su tiempo. Lo que no puede olvidar es que su razón de ser no consiste en conquistar audiencias, sino en transformar realidades.
Antonio Morales Méndez
Presidente del Cabildo de Gran Canaria




























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