LA BRISA DE LA BAHÍA (305). El mar (*)

La tensión entre Marruecos y España reaviva el debate sobre la seguridad de las islas y la falta de respuestas claras por parte de los principales partidos políticos.

Juan Ferrera Gil Lunes, 19 de Octubre de 2026 Tiempo de lectura:

El mar que nos une y nos separa también nos protege. De momento.

 

Tengo para mí que si no fuésemos islas perdidas en el Atlántico, Marruecos ya habría organizado una nueva Marcha Verde que sirviera de toque de atención: para ellos y para Europa toda. No sé si los peninsulares saben que existimos, aunque a tenor del último eclipse han obviado que en el 59 hubo uno total por estas islas. Y ellos cuando hablan de la Península dicen España, como si lo demás no fuera también España. Cada vez estoy más convencido de que para los peninsulares y godos España se acaba en Cádiz.

 

El segundo intento de invasión de Ceuta ha sido convenientemente parado por una policía marroquí que no quería testigos de sus acciones. Y ha vetado a la prensa que verdaderamente informa. Y con las islas, de momento, no se atreven porque habría que fletar embarcaciones que acarreara la multitud a la orilla. Por eso decimos que el mar nos protege. En cualquier caso, en los próximos meses comprenderemos mejor cómo ese Régimen Marroquí dejará su impronta y su peculiar forma de ser y actuar: no solo ansían el Sáhara, sino también Ceuta y Melilla y las Islas Canarias. Y mucho dinero. A veces pensamos que tarde o temprano nos invadirán y que los peninsulares no harán nada. Es un suponer, claro.

 

Ese nuevo revivir de Marruecos no solo es garantía de nada, sino que ninguno de los dos grandes partidos parece hablar claro: son tantos los lazos que nos unen que de seguro se mezclan con los intereses desmedidos. Por eso hablamos de una dictadura: le importa un pimiento sus compatriotas, aunque sostengan lo contrario. Ya se sabe que las mentiras las carga el diablo y el papel lo aguanta todo.

 

De todas formas, nos parece una contradicción mayúscula el afán de expansionismo de Marruecos, que no tiene fin, y el tiempo que dedica a sus hijos, que nunca quieren regresar a su país. Como si de verdad los quisiera y añorara y protegiera. Y nos llama la atención que los dos partidos llamados a gobernar nunca digan esta boca es mía. Todo se les va en halagos y prebendas al maltratador. Deben ser cosas de la diplomacia exterior, que tiene su propio lenguaje. Y nosotros aún no lo hemos descubierto. Debe ser eso.

 

En ese país la dictadura todavía no permite la política en las calles.

Vale.

 

*(Escrito hace tres meses)

 

Juan FERRERA GIL

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