![[Img #37008]](https://infonortedigital.com/upload/images/02_2026/9821_7977_6081_guayarmina.jpg)
Y lo consiguió. Como no podía ser de otra manera, lo consiguió. Porque en este municipio, cuando el señor que todo lo puede, todo lo sabe y todo lo decide se empeña en algo, lo demás sobra. Sobran las asociaciones, sobran las tradiciones, sobran las décadas de trabajo vecinal y, por supuesto, sobra cualquiera que tenga la osadía de llevarle la contraria. En Gáldar, la voluntad popular parece tener una curiosa particularidad: es sagrada siempre que coincida con la voluntad del alcalde.
Todo comenzó el año pasado, en un escenario tan insólito como revelador: el altar de la iglesia de Nuestra Señora de Fátima, en el barrio de La Montaña. Allí, donde debería prevalecer el recogimiento, nuestro particular mesías municipal encontró un púlpito inmejorable para proclamar, a viva voz, su particular cruzada festiva. No sabemos si confundió el templo con el salón de plenos, el altar con la tribuna electoral o la celebración religiosa con uno de sus habituales espectáculos de exaltación personal. Lo cierto es que, según aquel episodio que todavía recuerdan los vecinos, el alcalde decidió convertir una cuestión de organización vecinal en una demostración pública de autoridad.
Y allí estaba la muchedumbre, jaleando al elegido, como si asistiera a una causa medieval en la que el señor feudal reclamaba para sí lo que hasta entonces pertenecía a sus vasallos. Solo faltaron los pendones, las trompetas y algún escribano que dejara constancia de la nueva conquista del territorio. Porque en el Gáldar del siglo XXI parece que todavía quedan quienes confunden gobernar un municipio con poseerlo.
El objetivo era claro: desplazar de la organización de las fiestas patronales a la asociación de vecinos que durante décadas había asumido esa responsabilidad. Una entidad que, como tantas otras asociaciones de los barrios de Gáldar, ha sostenido las celebraciones gracias al esfuerzo desinteresado de personas que no necesitaban fotógrafos, asesores de comunicación ni notas de prensa para trabajar por su pueblo. Personas que organizaban actos, buscaban colaboración, resolvían problemas y mantenían vivas unas fiestas que son mucho más que un programa de actividades: son memoria colectiva, identidad y participación ciudadana.
Pero llegó el iluminado y decidió que aquello tenía que cambiar.
Porque nuestro protagonista es así. Nos vende la imagen del hombre cercano, sencillo, campechano, del político que saluda por la calle, abraza a las abuelas, se fotografía con los niños y parece conocer hasta el nombre de los perros del barrio. Una interpretación cuidadosamente cultivada de la proximidad que funciona maravillosamente delante de una cámara. Sin embargo, esa imagen pública merece confrontarse con una pregunta bastante menos fotogénica: ¿qué ocurre cuando alguien no está de acuerdo con él?
Ahí es donde se mide el verdadero talante democrático. No en los abrazos, ni en las sonrisas, ni en las visitas a las fiestas. Se mide en la capacidad de aceptar una discrepancia sin convertirla en una batalla de poder. Y lo sucedido en La Montaña deja una pregunta incómoda sobre la mesa: ¿se escuchó realmente a quienes llevaban décadas trabajando por las fiestas o simplemente se decidió que había llegado la hora de sustituirlos?
Porque una cosa es colaborar con una asociación de vecinos y otra muy distinta pretender decidir por ella. Una cosa es ofrecer recursos municipales y otra utilizar el peso institucional para alterar el protagonismo de quienes históricamente han organizado las celebraciones. Y una cosa es ser alcalde de todos y otra comportarse como si cada barrio fuera una dependencia más de su despacho.
Pero claro, estamos hablando del pequeño Guanarteme de Gáldar, el elegido, el indispensable, el hombre que parece haber llegado a la conclusión de que el municipio no puede funcionar sin su supervisión permanente. El que necesita estar en todas las fotografías, presidir todos los acontecimientos, pronunciar todos los discursos y
dejar su huella hasta en el último rincón del término municipal.
Y si no lo lleva, se cambia la organización.
Lo más preocupante de este episodio no es únicamente quién organiza ahora las fiestas de La Montaña. Lo verdaderamente inquietante es el precedente que representa. Porque las asociaciones vecinales no son sucursales del Ayuntamiento ni departamentos subordinados a la Alcaldía. Son organizaciones ciudadanas que deben conservar su independencia, incluso cuando reciben subvenciones o colaboración municipal.
Especialmente entonces. Su función no es aplaudir al poder, sino representar a sus vecinos, defender sus intereses y contribuir a la vida colectiva sin tener que pedir permiso político para cada decisión.
¿O acaso hemos llegado al punto de que una asociación solo resulta útil mientras no contradiga los deseos del gobernante?
Y después llegó la fotografía, naturalmente. Porque en esta historia no podía faltar el verdadero sacramento de la política municipal contemporánea: la imagen para las redes sociales.
Allí apareció el señor que va a los Goya, acompañado por el concejal de los bombillos, ese especialista en convertir cualquier pequeña reparación municipal en una epopeya administrativa, y por otro integrante del séquito cuya cartera de responsabilidades parece oscilar entre los animales y las personas mayores. Todos sonrientes, todos satisfechos, todos convenientemente colocados para inmortalizar la conquista festiva de La Montaña.
La estampa podría titularse perfectamente La rendición del barrio. No porque sus vecinos se hayan rendido, sino porque la fotografía simboliza esa concepción de la política según la cual cualquier espacio de participación ciudadana termina convertido en un escenario para mayor gloria del gobernante.
Y allí estaban, repartiendo sonrisas y saludos, como si hubieran culminado una hazaña histórica. Como si organizar unas fiestas patronales fuera comparable a construir un hospital, resolver el problema de la vivienda o mejorar los servicios públicos. Como si el verdadero mérito de una administración consistiera en ocupar el lugar de quienes llevan décadas trabajando voluntariamente.
¡Qué extraordinaria capacidad para encontrar nuevas conquistas cuando todavía quedan tantos problemas municipales por resolver!
Resulta especialmente paradójico que quienes tanto hablan de participación ciudadana parezcan sentirse tan cómodos cuando el protagonismo pasa de los colectivos vecinales a las instituciones. Porque la participación no consiste en convocar a los vecinos para que aplaudan decisiones ya tomadas. Tampoco consiste en organizar actos multitudinarios para demostrar quién tiene más seguidores. La participación consiste en compartir decisiones, respetar la autonomía de las entidades y aceptar que la sociedad civil tiene derecho a existir al margen de la voluntad del alcalde.
Pero eso resulta bastante menos espectacular. No permite grandes discursos desde los altares ni fotografías de conquista con el séquito municipal.
Y conviene detenerse precisamente en aquel altar. Porque utilizar un espacio religioso para intervenir públicamente en una controversia vecinal, si así ocurrió, constituye una escena políticamente lamentable. Los templos no deberían convertirse en tribunas para exhibiciones de autoridad municipal. La fe de los vecinos merece respeto, y también lo merece la autonomía de quienes organizan sus celebraciones. Ni la devoción popular necesita un alcalde convertido en predicador ni la democracia municipal necesita líderes que parezcan buscar una legitimidad superior a la que les otorgan las urnas.
Algunos confunden el respaldo electoral con un cheque en blanco. Creen que ganar elecciones significa disponer de todos los espacios, todas las instituciones y todas las iniciativas del municipio. Pero las mayorías absolutas no convierten a nadie en propietario de un pueblo. Las asociaciones no son patrimonio del alcalde. Las fiestas no son patrimonio del grupo de gobierno. Y Gáldar, por mucho que algunos se empeñen, no es una finca particular con barrios esperando instrucciones del administrador.
También convendría recordar que la historia de un barrio no comienza cuando un político decide fotografiarse en él. La Montaña existía antes de este alcalde, celebraba sus fiestas antes de sus discursos y seguirá existiendo cuando su nombre deje de encabezar las noticias municipales. Quienes durante décadas dedicaron tiempo, esfuerzo y trabajo a mantener sus tradiciones merecen, como mínimo, respeto. No necesitan que nadie les conceda el privilegio de sentirse parte de su propio barrio.
Y mientras tanto, el Ayuntamiento continúa alimentando una forma de entender la política en la que parece importar más quién protagoniza el acontecimiento que el acontecimiento mismo. Lo fundamental no es la fiesta, sino quién la presenta. No es la tradición, sino quién se atribuye su continuidad. No es el vecino, sino la fotografía con el vecino. Todo debe pasar por el mismo filtro, por el mismo escenario y, a ser posible, por el mismo protagonista.
Un protagonista que lleva tantos 30 años en la vida política y se cree la regeneración, y que empieza a resultar difícil distinguir dónde termina la institución y dónde comienza su propia personalidad pública. Y ese es precisamente uno de los mayores peligros de los liderazgos prolongados: acostumbrarse tanto a mandar que cualquier espacio independiente puede acabar pareciendo una anomalía que hay que corregir.
No se trata de discutir si las fiestas serán mejores o peores con otra organización. Tal vez tengan más actividades, más presupuesto, más luces y más espectáculos. Eso no responde a la cuestión fundamental. La calidad de una fiesta no se mide únicamente por lo que cuesta o por cuánta gente reúne, sino también por cuánto protagonismo conserva la comunidad que la hizo posible.
Porque si para organizar unas fiestas más grandes hay que empequeñecer a quienes las han sostenido durante décadas, quizá el precio sea demasiado alto.
Y aquí llegamos a la pregunta que nadie debería eludir: ¿por qué era tan importante apartar a la asociación de vecinos? ¿Qué razones concretas justificaron el cambio? ¿Se intentó alcanzar un acuerdo? ¿Se ofreció una solución compartida? ¿Qué papel tuvo la voluntad de los propios vecinos? ¿O sencillamente había que demostrar, una vez más, quién tenía la última palabra?
Esas son las explicaciones que debería ofrecer el gobierno municipal, en lugar de confiar en que unas cuantas fotografías sonrientes terminen enterrando cualquier controversia.
Porque gobernar no es vencer a una asociación de vecinos. Gobernar no es ganar un pulso contra quienes discrepan. Gobernar tampoco consiste en demostrar que se tiene suficiente poder para imponer un cambio. La verdadera autoridad democrática se demuestra precisamente cuando se dispone del poder para intervenir y, aun así, se sabe respetar la independencia de los demás.
Pero eso exige una virtud que no suele abundar entre quienes se acostumbran a ser el centro permanente del escenario: la humildad.
Y así llegamos al desenlace. El alcalde anunció su propósito desde el altar, se produjo la controversia, cambió el protagonismo organizativo y el séquito municipal acudió a celebrar la nueva etapa con la correspondiente sesión fotográfica.
Y lo consiguió.
Consiguió que una cuestión que debería haberse resuelto desde el diálogo y el respeto al movimiento vecinal terminara convertida en otro episodio de personalismo político. Consiguió que las fiestas de un barrio acabaran siendo noticia no por su historia ni por su tradición, sino por la intervención del poder municipal en su organización. Consiguió, en definitiva, que volviéramos a hablar del alcalde cuando deberíamos estar hablando de La Montaña.
Qué victoria tan extraordinaria. Qué conquista tan memorable. Qué demostración de grandeza institucional.
El pequeño Guanarteme ya tiene otra medalla imaginaria que colgarse. Sus acompañantes ya tienen sus fotografías. La maquinaria de propaganda ya dispone de material para alimentar sus redes sociales. Y los vecinos, mientras tanto, tendrán que seguir recordando que las fiestas de su barrio no nacieron de una ocurrencia política ni de una proclama desde un altar.
Nacieron del trabajo de su gente.
Porque un alcalde puede conseguir organizar unas fiestas, pero jamás debería confundir esa capacidad con el derecho a apropiarse de su historia.
Y que nadie se engañe: lo verdaderamente preocupante no es que haya conseguido salirse con la suya en La Montaña. Lo preocupante es que algunos hayan llegado a considerar perfectamente normal que un alcalde tenga que salirse siempre con la suya.
Al fin y al cabo, en el Ayuntamiento de la purpurina, donde todo termina convertido en espectáculo, ya conocemos el reparto: el alcalde es el protagonista, los concejales forman el coro, los vecinos hacen de figurantes y las asociaciones pueden participar siempre que no pretendan dirigir su propia función.
Se baja el telón. Suenan los aplausos. El protagonista saluda desde el centro del escenario.
Y lo consiguió.
Pero que no se le olvide una cosa al pequeño Guanarteme: La Montaña no es suya. Gáldar tampoco.
Guayarmina Guanarteme
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