El FIC Gáldar debe ser mucho más que una alfombra roja: recuperar su esencia y devolver el cine a los barrios

Vidal Bolaños Betancort

[Img #38239]El Festival Internacional de Cine de Gáldar ha conseguido convertirse en una de las citas culturales destacadas del municipio, creciendo con los años, ampliando su proyección y atrayendo a profesionales del sector audiovisual. Ese recorrido merece ser reconocido, porque detrás de cada edición existe un esfuerzo organizativo, humano y económico que no debe ignorarse. Sin embargo, precisamente porque considero que el FIC Gáldar es un proyecto cultural importante, creo que ha llegado el momento de reflexionar sobre su evolución y preguntarnos si, en ese crecimiento, no estamos dejando en un segundo plano algunos de los valores que le dieron personalidad en sus primeros años.

 

El cine es mucho más que una alfombra roja, una gala de premios, la presencia de personalidades conocidas o una sucesión de fotografías destinadas a las redes sociales. Todos esos elementos forman parte del espectáculo cinematográfico y contribuyen a la repercusión de un festival, pero no pueden convertirse en su principal razón de ser. Un encuentro cultural de estas características debería destacar también por su capacidad para acercar la creación audiovisual a la ciudadanía, descubrir nuevos talentos, fomentar la formación y establecer una relación permanente con el territorio donde se celebra.

 

El anuncio de que Gáldar Rueda ha alcanzado las 370 inscripciones, con un incremento del treinta por ciento respecto a la edición anterior, demuestra el interés que despierta la creación cinematográfica. Se trata de un dato positivo que refleja las ganas de participar de muchas personas, algunas con experiencia y otras que encuentran en esta iniciativa una oportunidad para acercarse al mundo audiovisual. Pero más allá de celebrar esas cifras, deberíamos preguntarnos qué sucede con todo ese entusiasmo cuando concluye el festival. Cuántas de esas personas encuentran oportunidades para continuar formándose, desarrollar nuevos trabajos o establecer colaboraciones que les permitan seguir avanzando.

 

Recuerdo el espíritu que caracterizaba al festival durante sus primeros años, cuando la cercanía, la participación y la voluntad de llevar el cine a diferentes sectores de la sociedad ocupaban un lugar especialmente significativo. Iniciativas como Los Barrios Ruedan, junto a las actividades formativas, las proyecciones y las propuestas dirigidas a distintos públicos, representaban una manera de entender el cine como una experiencia compartida. Aquella filosofía merece ser recuperada y reforzada, no por nostalgia, sino porque constituye una de las principales oportunidades para diferenciar al FIC Gáldar de otros encuentros cinematográficos.

 

Gáldar posee una realidad cultural, histórica y social que va mucho más allá de su casco urbano. Sus barrios son una parte fundamental de la identidad del municipio y cada uno conserva vivencias, tradiciones, paisajes y personajes que podrían convertirse en protagonistas de innumerables producciones audiovisuales. Sardina, Barrial, La Atalaya, Marmolejos, San Isidro, Caideros, Juncalillo, Fagajesto o Saucillo, entre muchos otros lugares, tienen historias que merecen ser contadas. No hablo simplemente de utilizarlos como escenarios de rodaje, sino de implicar directamente a sus vecinos, asociaciones y colectivos en la creación de esas historias.

 

Sería interesante que el festival impulsara una programación estable de cine en los barrios, con proyecciones, talleres, encuentros y pequeñas experiencias de creación audiovisual. Que las plazas, los centros culturales y los espacios vecinales se convirtieran en lugares donde disfrutar de una película, conversar con sus autores o aprender los fundamentos de un rodaje. No todas las personas tienen las mismas posibilidades de desplazarse hasta los espacios centrales de programación y, por ello, acercar la cultura a los diferentes núcleos de población también representa una forma de garantizar que las oportunidades lleguen a todos.

 

El cine documental ofrece, además, posibilidades extraordinarias para conservar la memoria colectiva de Gáldar. Nuestro municipio cuenta con generaciones de personas que guardan recuerdos de antiguas celebraciones, oficios tradicionales, acontecimientos históricos y formas de vida que han ido desapareciendo con el paso del tiempo. Sus testimonios constituyen un patrimonio que merece ser recogido antes de que se pierda. Imagino un festival que cada año impulse documentales sobre nuestros barrios, realizados mediante la colaboración de profesionales audiovisuales, jóvenes creadores y vecinos que deseen compartir sus experiencias. Ese material podría proyectarse durante el festival y posteriormente pasar a formar parte de un archivo audiovisual accesible a la ciudadanía.

 

La participación de los centros educativos también debería ocupar un lugar fundamental en esta apuesta. El cine es una herramienta educativa que permite desarrollar la creatividad, la comunicación, el trabajo en equipo y el pensamiento crítico. Un programa estable de talleres escolares, escritura de guiones, interpretación, fotografía, sonido y montaje podría despertar vocaciones entre los más jóvenes. Quizá en nuestras aulas se encuentren futuros directores, actrices, guionistas o técnicos audiovisuales que todavía desconocen sus propias capacidades porque nunca han tenido la oportunidad de descubrirlas.

 

En este sentido, Gáldar Rueda representa una magnífica plataforma para dar un paso más. No debería limitarse a una experiencia de creación intensiva que concluye con la presentación de los trabajos y la entrega de reconocimientos. Podría convertirse en el punto de partida de un programa de formación permanente, donde los participantes dispusieran de oportunidades para perfeccionar sus conocimientos, compartir recursos y desarrollar nuevos proyectos. La creación de un laboratorio audiovisual municipal, el préstamo de equipos o los encuentros periódicos con profesionales del sector serían iniciativas que merecería la pena estudiar.

 

Otro aspecto que considero fundamental es el protagonismo del talento local. La presencia de figuras reconocidas del cine aporta prestigio y visibilidad, pero esa circunstancia debería aprovecharse para establecer vínculos reales con quienes comienzan su camino. Resultaría enriquecedor que los invitados participaran en conversaciones abiertas, encuentros con estudiantes, talleres y actividades que permitieran compartir experiencias. Una alfombra roja puede proporcionar repercusión durante unas horas, pero una conversación con un profesional puede transformar las aspiraciones de alguien que está dando sus primeros pasos.

 

Tampoco debemos olvidar que el cine mantiene una relación directa con otras manifestaciones culturales. La literatura, el teatro, la música, la fotografía, la danza y la narración oral pueden encontrar en el festival un espacio natural de colaboración. Gáldar dispone de escritores, intérpretes, fotógrafos, músicos, asociaciones culturales y creadores que podrían participar activamente en proyectos audiovisuales. Esa conexión contribuiría a enriquecer la programación y fortalecer el tejido cultural del municipio.

 

Naturalmente, estas reflexiones no pretenden desmerecer el trabajo realizado hasta ahora. Sería injusto afirmar que el festival carece de actividades formativas o de propuestas destinadas a otros públicos, porque a lo largo de sus ediciones se han desarrollado iniciativas de esa naturaleza. Mi planteamiento es que esas actividades deberían adquirir mayor continuidad, visibilidad y presencia territorial. No basta con que aparezcan en un programa durante unos días; sería deseable que sus resultados pudieran apreciarse a lo largo del año.

 

También considero necesario que exista un espacio de diálogo con la ciudadanía. Los festivales financiados o apoyados con recursos públicos tienen una responsabilidad cultural que va más allá de organizar una programación atractiva. Deben procurar que su impacto alcance al mayor número posible de personas y contribuya al desarrollo social, educativo y creativo del territorio. Escuchar a las asociaciones vecinales, los centros educativos, los colectivos culturales y los profesionales locales permitiría identificar propuestas que quizá no siempre encuentran espacio en la planificación habitual.

 

La dimensión internacional del FIC Gáldar es compatible con una identidad profundamente galdense. No debemos elegir entre atraer profesionales de reconocido prestigio o atender las necesidades culturales de nuestros barrios. Ambas aspiraciones pueden y deben complementarse. De hecho, considero que esa combinación podría convertirse en una de las mayores fortalezas del festival: abrir una ventana al cine del mundo sin perder de vista las historias y las personas que tenemos a nuestro alrededor.

 

Por eso, cuando hablo de recuperar la esencia de los primeros años, no estoy proponiendo regresar al pasado ni renunciar a los avances conseguidos. Hablo de conservar aquello que funcionaba, de recuperar la cercanía y de situar nuevamente la participación ciudadana entre las principales prioridades. Un festival puede crecer en prestigio y dimensión sin perder su relación con la comunidad que lo acoge.

 

Me gustaría que dentro de unos años pudiéramos valorar el éxito del FIC Gáldar no solamente por los invitados que han pasado por su alfombra roja, las fotografías publicadas o la repercusión de sus galas, sino también por los jóvenes que han encontrado una oportunidad, las películas creadas en nuestros barrios, los testimonios históricos recuperados y los proyectos culturales que hayan conseguido mantenerse vivos gracias a su impulso.

 

Porque cuando las luces se apagan, las cámaras dejan de grabar y la alfombra roja se recoge, debería permanecer algo más que el recuerdo de una celebración. Debería quedar conocimiento, participación, patrimonio, oportunidades y una ciudadanía que sienta el festival como verdaderamente suyo. El FIC Gáldar tiene una historia que merece ser defendida y un futuro que puede resultar todavía más ilusionante si consigue equilibrar su proyección internacional con sus raíces locales. El mayor reconocimiento que podría alcanzar no sería únicamente conseguir que el mundo mirara hacia Gáldar, sino lograr que los propios galdenses encontraran en el cine un espacio donde reconocerse, expresarse y contar sus historias. Esa sería, sin duda, la mejor película que nuestro festival podría dejar como legado.

 

Vidal Bolaños Betancort

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