
La panadería de Miguel ha cerrado.
La jubilación trae consigo que los comercios desaparezcan y, de repente, todo se llena de una mediocridad difícil de aguantar. No solo porque el pan de leña o artesano no se concentre en nuestros estómagos, donde la fermentación tiene lugar ahora con los nuevos panes recalentados, sino que el pan bizcochado pase a ocupar un lugar distinto al de la esquina de la mesa de la cocina, en la que desayunamos a horas tempranas y silenciosas. En fin, que lo echaremos de menos. Últimamente en Visvique, Arucas, han cerrado varios comercios pequeños: el restaurante Hermanos Díaz, que preparaba unas comidas caseras buenísimas, la tienda que nos sacaba de un apuro y el único bar de aceite y vinagre del lugar: todo desaparece, bien por cierre de inspección sanitaria, bien por jubilación, bien por otros motivos.
Y siempre las grandes superficies salen beneficiadas: las costumbres son otras y la sociedad ya no es la misma.
“Cambia, todo cambia” dice la canción. Y así es.
Juan FERRERA GIL































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