
En 1499, alguien en un pago rural de Gran Canaria aseguró haber visto plata entre las piedras. La noticia subió de mano en mano hasta la cancillería de Isabel y Fernando, que ordenó investigarla. Esta es la historia documentada de ese episodio, y lo que interesa de ella es por qué a nadie le pareció absurdo pensar que pudiera haber plata, más que si la hubo.
Era 1499 y en el Carrizal alguien afirmó haber visto plata. La noticia llegó a Lope Sánchez de Valenzuela, gobernador de Gran Canaria, que decidió comunicarla a la Corte. Cruzó el mar hasta Granada, donde la cancillería de los Reyes Católicos andaba entre papeles de guerra y asuntos de Estado. Aquella historia de plata en una isla recién conquistada mereció una orden real: que el juez pesquisidor de Gran Canaria investigara la mina y enviara muestras del metal, o al menos un pedazo de tierra para comprobarlo.
Esta historia descansa sobre un documento breve y excepcional: una orden real que no certifica la existencia de una mina, sino la existencia de una noticia que llegó hasta la Corona. A partir de ahí, el artículo se mueve por tres planos distintos: lo que la documentación permite afirmar, lo que el contexto histórico hace comprensible y lo que solo puede proponerse como reconstrucción. La diferencia entre esos planos no es un matiz académico: es la frontera entre historia y leyenda.
El documento
La pieza central de esta historia es una orden real fechada en Granada el 8 de noviembre de 1499. Se conoce por dos vías académicas independientes que coinciden en todos los datos esenciales: el corpus documental de Eduardo Aznar Vallejo sobre el Registro General del Sello (1476-1517), y el estudio de Lorenzo Santana Rodríguez sobre los hallazgos de metales preciosos en Canarias durante el siglo XVI.
Dice así, en la versión de Aznar Vallejo:
«Orden al ldo. Diego Hernández de Valera, juez pesquisidor de Gran Canaria, para que informe sobre la aparición de plata en el Carrizal, que fue comunicada al rey por Lope Sánchez de Valenzuela, gobernador de dicha isla. El Rey y la Reina.»
Santana Rodríguez, que trabajó sobre el mismo documento del Archivo General de Simancas, lo resume de forma casi idéntica:
«Que el licenciado Diego Hernández de Valera, juez pesquisidor de la isla de Gran Canaria, envíe al Consejo información sobre la mina de plata que en el término de El Carrizal hay, enviando la plata, oro u otros metales que haya en dicha mina o un pedazo de tierra para comprobarlo.»
Hallazgos de metales preciosos en Canarias durante el S. XVI
Lorenzo Santana Rodríguez
INTRODUCCIÓN
Tras ser computadas e incorporadas al devenir de las naciones europeas, las Islas Canarias no sólo se incorporaron a su historia sino que asumieron sus sueños. Uno de éstos fue el de la existencia de metales preciosos en sus tierras.
No podía ser de otro modo. El hallazgo de oro y plata se convirtió, junto con el comercio de las especias, en el mayor impulso de la era de los descubrimientos, que comenzada a finales de la Edad Media, empujó a multitud de hombres a dejar sus hogares. De ellos sólo unos pocos lograron esos metales que les granjeaban riquezas y honores, pero eso no restaba fuerza a la quimera.
No puede extrañarnos, por tanto, que los habitantes de Canarias, y los que a ella arribaban, consideramos con gran seriedad la posibilidad de la existencia de oro y plata en sus montañas. El sueño de la riqueza obtenida de modo rápido e irso fulgurante gracias al descubrimiento de esos metales formaba parte de las sueños de la colectividad, incorporándose así el substrato de ideas aceptadas y asuntidas por la generalidad de los individuos.
Este sueño era alimentado por las noticias de los descubrimientos hechos en las Indias, y también, como no podía ser menos, por las noticias del Dorado. Hemos localizado una carta remitida a Canarias desde Santa Marta, en la Nueva Granada, por el tercer Adelantado de Canarias, don Alonso Luis Fernández de Lugo. Esta fue inserta en una información que en abril de 1551 se hizo en La Laguna a petición de Ana Luisa para acreditar el fallecimiento de su esposo Martin de Arriaga, boticارár.[^1] Escrita en la cara de una sola hoja de papel presenta los pliegues característicos de una carta. En el otro lado está escrito el destinatario: "A mi especial Señor Compadre Luis de Salazar".[^2] Su texto reza asi:
Especial Señor compadre mi llegada a este nuevo reino fue en dos de mayo bueno loores a Nuestro Señor aunque muy flaco de las enfermedades trabajos y necesidades del camino que por cansa de ser todo muy falto al mantenimientos pasamos y asi por esto como por otros desastres se me murió mucha de la gente que traia y de mis criados y entre ellos fue Dios servido llevar a Martin de Arriaga que después de haber llegado al desembarcadero le día una calentura no muy recia y con ella en cierta parte del dia le venia un desacuerdo que ni hablaba ni comia y de alli a rato volvia en si y estaba bueno y porfió tanto a quererse sangrar que no bastó razón con él a que lo dejase de hacer de lo cual murió a mi me ha llegado al alma su pérdida porque yo le hacia el tratamiento que a mi propio hermano y él por su persona la merecia ten bien que todos la eran en obligación en su vida y en su muerte fue de mi muy socorrido y asi lo será llevando Dios a esas islas que está con su ayuda antes de dos años su hijo y esto y de esto tiene muy especial cuidado y pues es la voluntad de Dios no hay que decir sino por todo darle gracias.
Ibañez de Aguirre, miembros del Consejo Real, para buscarlos en la isla de Tenerife;[^14] y la otorgada en 1530 al Conde de La Gomera para la isla de su título.[^15]
Lo extraño, y lo que centra nuestro estudio, son las noticias sobre el hallazgo de estos ansiados metales, pues nos revelan una sociedad que estaba dispuesta a creer en ellas porque conectaban con sus aspiraciones. Sólo así se entiende que las mismas no se limitaran a simples relatos orales o escritos, que podrían atribuirse a mentes poco críticas, sino que llegaran a tomar cuerpo en declaraciones oficiales de descubrimientos de minas y a informes positivos sobre las mismas a la corona. Este ambiente se prolongó hasta el Setecientos, como ya indicamos al principio, y si posteriormente se ha apagado no creemos que se deba a nuestro mayor conocimiento sobre la geología, sino a que la idea de la riqueza fácil ya no está ligada en nuestra actual sociedad al descubrimiento de metales preciosos; pues de seguir estándolo el mito se perpetuaría, pues al igual que tantos otros en la historia de Canarias su pervivencia no depende la corroboración de sus contenidos, sino de su coincidencia con los sueños y expectativas de la sociedad que los asume como propios.
La primera noticia de que disponemos se remonta al albor del Quinientos y se documenta por una provisión de los Reyes Católicos fechada en Granada el 8 de noviembre de 1499:
Que el licenciado Diego Hernández de Valera, juez pesquisidor de la isla de Gran Canaria, envíe al Consejo información sobre la mina de plata que en el término de El Carrizal hay, enviando la plata, oro u otros metales que haya en dicha mina o un pedazo de tierra para comprobarlo.[^16]
Gaspar Frutuoso relata una noticia que bien puede considerarse como una de tantas historias de marineros, tan llenas de imaginación y desprovistas de base real, pues hablando...
La provisión no dice que hubiera plata en el Carrizal. Tampoco dice que alguien la hubiera extraído, pesado o enviado. Dice otra cosa, quizá más reveladora: que una información surgida en un pago rural de Gran Canaria fue considerada suficientemente seria para que la Corona ordenara comprobarla mediante pruebas materiales. La orden transforma un rumor en un asunto administrativo. Y ese gesto, más que el mineral, es lo que el documento ha conservado.
Ambas versiones proceden, en última instancia, del mismo documento: la provisión conservada en el Registro General del Sello del Archivo General de Simancas. Que dos investigaciones independientes, publicadas con casi veinte años de diferencia, coincidan en el apellido del juez y en el fondo del asunto da al dato una solidez inusual para un episodio de este tipo.
Lo que sí es inequívoco es el fondo: la noticia no se quedó en la isla. La eleva el gobernador y la Corona la convierte en mandato de pesquisa y prueba material. A partir de esa orden, el rastro documental de la mina se corta. Los archivos no dicen si el juez llegó a enviar la plata prometida.
Ese silencio no permite saber si la pesquisa confirmó el hallazgo, lo desmintió o simplemente se abandonó. Puede deberse a que el resultado fue negativo, a que la investigación no llegó a realizarse, a que el expediente no se conservó o a que la Corona perdió pronto el interés. Lo único que puede afirmarse con seguridad es que, después de aquella orden, la supuesta mina no dejó en las fuentes consultadas un rastro comparable al de su aparición. El rastro que podemos seguir termina, por ahora, en una promesa de riqueza cuya comprobación desconocemos.
El escenario y sus actores
A finales del siglo XV, el Carrizal era una franja de regadío entre el barranco de Guayadeque y el de Los Aromeros, dentro de la Banda del Ingenio, con tierras de caña de azúcar, viñedos y morera para el gusano de seda. El núcleo poblacional creció junto a la casa y huerta que el obispo Diego de Muros mandó construir allí hacia 1497. Aquello desató un pleito largo entre la Corona y la Iglesia por la posesión de esas tierras. Ese pulso de poder es el contexto del episodio de la plata. El Carrizal era un espacio productivo temprano y en disputa, no un lugar marginal.
Lope Sánchez de Valenzuela, gobernador de Gran Canaria, fue quien comunicó la aparición de plata a la Corte. Un estudio académico reciente lo confirma también como el gobernador que, a la vuelta de Diego de Muros a Castilla, ordenó derribar la casa que el obispo había hecho construir en el Carrizal, origen del pleito por linderos entre la Corona y la sede episcopal que da nombre al conflicto de fondo de este episodio. Su carta, hoy perdida, debió de pesar lo bastante como para que los Reyes Católicos respondieran en apenas semanas.
Diego Hernández de Valera, o Varela, fue el juez pesquisidor nombrado para investigar el caso, la figura que la administración de los Reyes Católicos enviaba a tomar declaración bajo juramento e informar directamente al Consejo Real.
Diego de Muros, obispo de Canarias, es la parte eclesiástica del pleito. Mientras la Iglesia y la Corona se disputan jurisdicciones sobre esas mismas tierras, aparece la noticia de la plata. Cabe preguntarse si a alguno de los litigantes le convenía que el Carrizal pareciera más rico de lo que era.
No hay, sin embargo, ninguna prueba en las fuentes aquí utilizadas que vincule directamente la noticia de la plata con aquel conflicto. La coincidencia temporal invita a formular la pregunta, no a responderla. En una isla recién incorporada a la Corona, donde tierras, aguas y jurisdicciones se repartían entre autoridades rivales, una noticia de riqueza mineral podía tener consecuencias políticas; pero eso es una hipótesis razonable, no un hecho demostrado.
Los vecinos y trabajadores del pago no aparecen con nombre en la provisión real. Alguien, sin embargo, vio o recogió aquel mineral brillante y lo tomó por plata. Eso pertenece a la reconstrucción y no al documento, y así lo trato más adelante.
Por qué esto llegó hasta los reyes
En 1499 Gran Canaria estaba en plena organización colonial, con repartimientos de tierras y conflictos de jurisdicción entre el señorío episcopal de Agüimes y el Cabildo. Los Reyes Católicos, además, firmaban esta orden en Granada en un momento de tensión extrema en la propia ciudad: apenas unas semanas después, en diciembre de 1499, estallaría allí la primera rebelión de las Alpujarras, provocada por las conversiones forzosas impuestas por el cardenal Cisneros. Por eso la orden pide explícitamente metal o tierra: la Corona quería pruebas materiales y no le bastaba un informe escrito.
La plata de Carrizal en la historiografía
El episodio aparece recogido por la historiografía canaria siempre como parte de estudios más amplios. Lorenzo Santana Rodríguez, que rastreó los sueños de metales preciosos en las Canarias del XVI (XVI Coloquio de Historia Canario-Americana, 2004, pp. 461-472), sitúa esta provisión de 1499 como la primera noticia documentada de un hallazgo de plata en el archipiélago, dentro de un patrón que se repite a lo largo del siglo: episodios de supuestos hallazgos, casi siempre ligados a interpretaciones erróneas de minerales volcánicos o a intereses especulativos.
¿Hubo realmente plata?
La respuesta corta es que no lo sabemos: las fuentes utilizadas no permiten identificar el mineral que dio origen a la noticia . Canarias es un archipiélago volcánico oceánico nacido de un punto caliente, y ese tipo de volcanismo genera magmas pobres en metales de interés económico: al no proceder de la fusión de corteza continental, el magma canario no incorpora los elementos que sí originan yacimientos metálicos en otros contextos geológicos. Es la razón, según ha explicado el geólogo José Mangas, catedrático de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, de que en el archipiélago nunca se haya desarrollado minería metálica. Esa certeza no existía en 1499: la geología no se consolidó como ciencia hasta el siglo XIX, y antes cualquier mineral brillante podía pasar por plata u oro.
La geología actual no permite identificar qué sustancia vieron aquellos vecinos ni saber si alguna muestra llegó a analizarse. Lo que permite es valorar la plausibilidad general del hallazgo. En un archipiélago de origen volcánico oceánico, la existencia de un yacimiento de plata susceptible de explotación resulta poco probable; pero poco probable no equivale a imposible, y mucho menos permite reconstruir la naturaleza exacta de aquel mineral. La prudencia obliga a dejar abierta una pregunta que el documento no responde: ¿qué vieron exactamente quienes dieron origen a la noticia?
Santana documenta episodios parecidos ya avanzado el siglo XVI: en 1559 se formaron compañías para buscar oro y plata en Gran Canaria y Tenerife, con hallazgos descritos como una tosca amarilla con espejuelos negros y una veta de venero blanco, que suena a roca volcánica con brillo engañoso. En 1591 se llegaron a registrar diez minas de oro y plata en el risco de San Roque, en La Laguna, con muestras incluidas. Leonardo Torriani, ingeniero militar de Felipe II, pasó cinco de sus casi seis años en el archipiélago destinado en Gran Canaria, dentro de una segunda estancia que se prolongó de 1587 a 1593, y redactó su descripción del reino hacia 1590-1592. En esa obra minuciosa no menciona esas minas en ningún momento; dado que su manuscrito es poco más o menos contemporáneo del hallazgo de La Laguna, el silencio es sugerente, aunque no concluyente.
![[Img #44336]](https://infonortedigital.com/upload/images/10_2026/5453_mapa.jpg)
Mapa manuscrito de Gran Canaria de Leonardo Torriani, incluido en su Descripción e Historia del Reino de las Islas Canarias (h. 1590).
No sabemos qué dio origen a la noticia: una observación equivocada, una información exagerada o un hallazgo que hoy no podemos identificar. Tampoco conocemos los intereses de quienes la transmitieron. La orden conserva la petición de comprobarlo, no una explicación de cómo empezó.
El sueño atlántico
Lo del Carrizal no fue un caso aislado. Ese apetito por los metales preciosos se alimentaba de las noticias que llegaban de las Indias. Lorenzo Santana cita una carta que el tercer Adelantado de Canarias, Alonso Luis Fernández de Lugo, envió desde Santa Marta en diciembre de 1543, hablando de una montaña “que toda la piedra y tierra de ella es de un metal que cada castillejo tiene dos quilates de oro [...] mucho más el Dorado, que es tan grande la noticia que se tiene que parece sueño”. Con ese ambiente detrás, no sorprende que los habitantes de las islas soñaran con encontrar lo mismo bajo sus propios pies. Esa esperanza duró hasta bien entrado el siglo XIX.
Cómo pudo ocurrir, y lo que no sabemos
Hasta aquí he presentado la noticia documental y el contexto con el que intento interpretarla. Lo que sigue es una reconstrucción imaginaria, no un relato de hechos comprobados. Es un ejercicio de reconstrucción, y lo escribo en cursiva y sin comillas de cita para que quede claro dónde termina el documento y dónde empiezo a imaginar yo.
Un peón cava una zanja de riego, o limpia un barranco, y encuentra piedras que brillan de un modo raro. Las frota, las mira de cerca. No son como las demás. Al mediodía se las enseña a los compañeros. Alguien dice que parecen plata. Otro dice que no, que será alguna piedra del barranco. Pero el rumor ya ha echado a andar, y para cuando cae el sol detrás de Guayadeque todo el pago habla de plata.
La noticia llega a oídos de alguien con contactos, un capataz, un escribano, y de ahí a Lope Sánchez de Valenzuela, que decide que vale la pena escribir a la Corte. Su carta, hoy perdida, debió de ser cautelosa: algo como que se dice que ha aparecido mineral de plata en el Carrizal y que conviene comprobarlo. Y con eso bastó.
La orden exige investigar y enviar muestras. Podemos imaginar al juez interrogando a quienes conocían la noticia y examinando el lugar del supuesto hallazgo. Pero ignoramos si esas actuaciones llegaron a realizarse: en ese punto, la escena imaginada debe detenerse.
Nada de este apartado tiene respaldo documental. Es la forma más honesta que encuentro de responder a la pregunta obvia, cómo pudo pasar esto de verdad, sin fingir que lo sé.
La reconstrucción no pretende sustituir al documento, sino mostrar el tipo de proceso que pudo estar detrás de él. En 1499, una afirmación sobre plata no necesitaba pruebas para empezar a circular: bastaba que alguien la viera, la interpretara y la contara. Después, la noticia podía adquirir una vida propia, ganar autoridad con cada transmisión y llegar a instancias que jamás habrían conocido al primer testigo. El Carrizal no aparece en la orden real como un lugar con minas, sino como un lugar del que se decía que podía haberlas. Y esa distancia, entre lo dicho y lo comprobado, es precisamente la que la Corona quiso cerrar.
Epílogo
Las fuentes utilizadas en este artículo no permiten conocer el desenlace de la pesquisa. No sabemos si se recogieron muestras, si llegaron a examinarse o si la investigación produjo una respuesta.
Hoy, caminar por el Carrizal es ver huertas, barrancos y casas; nada recuerda una mina. Pero en 1499 alguien afirmó haber visto plata, y esa afirmación viajó hasta la mesa de los Reyes Católicos, que ordenaron comprobarla. No sabemos si hubo plata. Sabemos, en cambio, que hubo una noticia que cruzó el mar y provocó una petición de pruebas. Y esa distancia entre el rumor y la averiguación es, al final, lo que ha sobrevivido.
Nota del autor
Este artículo distingue entre la noticia recogida en las fuentes citadas, su interpretación histórica y una reconstrucción literaria expresamente señalada. Las citas se reproducen de las publicaciones mencionadas. La sección “Cómo pudo ocurrir, y lo que no sabemos” contiene una escena hipotética, no testimonios documentados. Las fuentes utilizadas no permiten conocer el resultado de la investigación ordenada en 1499.
Juan Vega Romero






























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