
Elena llevaba tres meses diciendo que necesitaba parar. Lo decía en la ducha, en el coche, con la sartén al fuego y por la noche, ya en la cama, con el móvil todavía en la mano.
—Necesito parar.
Pero nunca paraba. Siempre había algo: un correo, la lavadora esperando a que alguien la tendiera, el cumpleaños de su hermana, el informe para los jefes, la ITV del coche, el grupo del colegio echando humo, su madre llamando justo a la hora de la cena, el recibo de la luz que les habían cobrado dos veces. Y aquel mensaje de Marta que había leído el martes y que seguía sin contestar.
Hasta descansar se había convertido en una tarea pendiente.
«Este fin de semana descanso», se prometía cada lunes.
Llegaba el sábado y limpiaba los baños, hacía la compra, adelantaba trabajo, planificaba la semana siguiente y aprovechaba para quitarse de encima «esas cuatro cosas que nunca me da tiempo entre semana». El domingo por la noche no podía con su alma. El lunes, vuelta a empezar.
Al principio, su cuerpo intentó avisarla con educación. Un dolor de cabeza que iba y venía. Una contractura en el cuello. Un párpado que le temblaba en mitad de las reuniones. Elena respondía con ibuprofeno, café y alguna búsqueda rápida en internet que le recomendaba dormir más.
Luego dejó de dormir.
—Tú tienes estrés —le dijo su hermana.
Elena se rió.
—¿Y quién no?
Utilizó la misma frase durante meses. ¿Cansada? ¿Y quién no? ¿Agobiada? ¿Y quién no? ¿Duermes mal? ¿Y quién no?
Hasta que una mañana abrió los ojos y no pudo levantarse. No le dolía nada ni tenía fiebre, pero su cabeza ordenaba levantarse y el cuerpo, sencillamente, no respondía.
Miró el techo. Las siete y doce. Tenía que levantarse. Las siete y veinte. Tenía que levantarse. Las siete y treinta y cinco, y ella seguía allí.
Entonces sonó el teléfono. Era su jefe. Elena lo miró vibrar sobre la mesilla hasta que se calló. Un minuto después, un mensaje:
¿Vienes?
Quiso escribir que sí. Que había atasco, que se encontraba un poco mal, que llegaba en diez minutos. Pero los dedos solo escribieron:
No puedo.
La respuesta llegó casi al instante.
¿Qué ha pasado?
Elena se quedó mirando esas tres palabras sin saber qué contestar porque no había pasado nada. No se había muerto nadie ni había recibido ninguna mala noticia. Vista desde fuera, su vida estaba bien. Lo único que ocurría era que llevaba demasiado tiempo llevando un ritmo de vida demasiado acelerado.
Dejó el teléfono sobre la cama y lloró hasta quedarse dormida. Cuando despertó eran casi las doce. Nueve llamadas perdidas, diecisiete mensajes, treinta y cuatro notificaciones.
No abrió ninguno.
Fue a la cocina y puso agua a calentar. Mientras esperaba, se fijó en la lista que había dejado en la nevera la noche anterior, sujeta con el imán de la pizzería.
COSAS PARA MAÑANA
Llamar al seguro.
Comprar detergente.
Enviar informe.
Pedir cita.
Contestar a Marta.
Organizar armario.
Revisar cuenta.
Comprar regalo.
Cambiar sábanas.
Cogió el bolígrafo, tachó el título y escribió encima: COSAS QUE PUEDEN ESPERAR
Se quedó un rato mirando la lista. Luego, al final, añadió una línea más:
Yo no.
Olga Valiente





























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.23