Por la democracia frente al totalitarismo
La carretera” me hizo descubrir a Cormac McCarthy. Me llevó a un escritor de una hondura literaria excepcional, capaz de mirar el desamparo, la violencia y la condición humana con una crudeza deslumbrante. Para mí es uno de los más grandes.
Este verano me interesó bucear en la búsqueda de ese tipo de escritores y de literatura que te conmueve y te noquea: Faulkner, Steinbeck, Hemingway, McCarthy… Maestros capaces de convertir el territorio, la violencia, la libertad, la soledad o el final de una época en materia literaria.
Y en esa búsqueda me tropecé con Larry McMurtry. No conocía nada de este novelista, guionista y gran cronista del Oeste americano, y ha terminado enganchándome. McMurtry convirtió la frontera en un territorio humano, lleno de amistad, violencia, lealtades, pérdidas y melancolía. Su tetralogía, desde “Lonesome Dove” —premio Pulitzer— hasta “Calles de Laredo”, recorre el nacimiento, esplendor y ocaso de un mundo condenado a desaparecer, pero también profundamente humano. Más de tres mil páginas escritas con una prosa directa, melancólica y evocadora.
Hay novelas que uno lee y recuerda por su argumento y otras que permanecen porque dejan una sensación difícil de explicar. Lonesome Dove (Paloma solitaria) -editada por Valdemar/ Frontera- pertenece a estas últimas. Es una historia sobre el Oeste americano, sobre dos hombres -antiguos rangers- que emprenden un viaje hacia un territorio que apenas conocen, desde la frontera de México hasta Montana, pero también sobre el final de una época, la amistad, la pérdida y, sobre todo, la necesidad humana de seguir caminando cuando el mundo que conocíamos empieza a desaparecer.
Quizá por eso, cuarenta y un años después de haber sido escrita, su filosofía puede servirnos para mirar nuestro propio tiempo. Vivimos una época de tránsito y probablemente una de las mayores dificultades de nuestro presente sea que todavía intentamos interpretar el mundo nuevo con las categorías del que está desapareciendo. Durante décadas dimos por sentadas certezas como la estabilidad europea, la fortaleza del vínculo entre Europa y Estados Unidos, la progresiva integración económica, la confianza en las instituciones multilaterales y la idea de que el comercio acercaría a los pueblos y que la democracia representativa continuaría afianzándose.
No ha sido así. Muchas de estas certezas se han quebrado. La guerra ha regresado a Europa, las grandes potencias compiten peligrosamente por espacios de influencia, las fronteras recuperan una importancia que creíamos superada, la energía vuelve a ser una cuestión de control o soberanía, la tecnología transforma nuestras economías y nuestra manera de relacionarnos a una velocidad que apenas somos capaces de asimilar, las migraciones se convierten en uno de los grandes asuntos políticos de nuestro tiempo y la confianza en las instituciones y en los partidos se debilita y hasta la propia democracia está sometida a tensiones que hace pocos años parecían inimaginables.
No estamos simplemente ante una crisis más. Estamos ante un cambio de época. Y aquí vuelvo a Lonesome Dove. Gus McCrae y Woodrow Call, sus protagonistas, son dos personajes radicalmente distintos. Comparten una historia, pero no la misma manera de mirar la vida. Call representa la disciplina, el deber, la perseverancia, incluso cierta incapacidad para expresar los sentimientos. Gus es más libre, irónico y hedonista, más dispuesto a aceptar las contradicciones de la existencia. Uno mira hacia adelante porque tiene una misión, el otro porque quiere vivir una aventura.
Y, sin embargo, cabalgan juntos. No necesitan pensar igual para compartir camino. Quizá esta sea una de las grandes lecciones que podríamos recuperar. Hemos convertido demasiadas veces la discrepancia en enemistad y la diferencia en una razón para romper cualquier posibilidad de entendimiento. La política, que debería ser el arte de convivir con las diferencias para construir respuestas colectivas, corre el riesgo de convertirse en una permanente competición por demostrar quién debe ser derrotado. La crispación, el insulto, la judicialización y la confrontación personal deben dar paso al diálogo y a la búsqueda de consenso para las grandes determinaciones. La defensa de la democracia y la justicia social -la lucha contra la desigualdad y la pobreza- son hoy probablemente las más importantes y las dos están viviendo una profunda crisis.
Tal vez Europa necesite hoy algo de ese espíritu. La Europa que hoy conocemos se construyó después de una guerra devastadora a partir de una idea sencilla y revolucionaria: antiguos enemigos podían decidir que era preferible construir juntos que destruirse mutuamente. No se trataba de eliminar las diferencias entre franceses, alemanes, italianos, españoles o neerlandeses, sino de hacer posible que convivieran dentro de un proyecto común.
Aquella generación entendió algo que nosotros parecemos olvidar con demasiada facilidad: que el adversario político no tiene por qué convertirse en enemigo. También España necesita recuperar esa mirada. El PSOE y el PP, en general las izquierdas y las derechas con visión de Estado- no pueden seguir apuntalando un desencuentro que quiebra la democracia.
La democracia atraviesa una paradoja: nunca fue tan necesaria y, al mismo tiempo, tanta población siente que no le está dando respuestas. La vivienda, el coste de la vida, la inseguridad, la desigualdad, el empleo o la incertidumbre ante el futuro se convierten en problemas cotidianos mientras las instituciones parecen avanzar demasiado despacio. O miran para otro lado. O se pierden en enfrentamientos estériles. Cuando la ciudadanía siente que sus preocupaciones no encuentran respuesta, aparece el desencanto, crece la distancia y la confianza se erosiona. Y una democracia que no escucha corre el riesgo de ser abandonada por quienes deberían defenderla. Recuperar esa confianza exige volver a demostrar que la política transforma vidas.
Ese puede ser nuestro propio viaje hacia Montana. Porque en Lonesome Dove el territorio que buscan los protagonistas es algo más que un lugar. Es una promesa. La posibilidad de empezar de nuevo. El horizonte que justifica ponerse en marcha. Nosotros también necesitamos un horizonte. No sabemos exactamente cómo será el mundo dentro de veinte años, probablemente nadie lo sabe. Pero sí sabemos algunas cosas. Será más tecnológico, más competitivo y probablemente más incierto, la energía tendrá una dimensión geopolítica creciente, el Ártico, el Atlántico y África adquirirán una importancia estratégica mayor, Europa tendrá que decidir qué papel quiere desempeñar en un mundo donde otros actores tienen cada vez más poder, no sabemos si vamos a ser capaces de sostener la democracia y nuestras sociedades tendrán que aprender a gestionar la diversidad y las migraciones sin abandonar sus valores democráticos ni su humanidad.
Ante todo eso, la tentación puede ser encerrarse. Buscar certezas simples. Encontrar culpables. Levantar fronteras. Pero ante el avance de los totalitarismos, de los autoritarismos y de quienes cuestionan las reglas esenciales de la convivencia democrática, resulta necesario reivindicar aquello que hace posible que una sociedad plural pueda convivir: la democracia representativa, el Estado de derecho, la separación de poderes, las libertades y el respeto a quien piensa diferente. No como patrimonio de una ideología, sino como un espacio común que pertenece a todos los que creen que los conflictos deben resolverse mediante la palabra, el voto y las instituciones, y no mediante la imposición. Defender la democracia exige también no dar por conquistados para siempre derechos y libertades que costaron generaciones construir. Exige preservar la capacidad de convivir en la discrepancia, porque cuando la democracia se debilita, no desaparecen las diferencias: desaparecen los cauces para resolverlas.
Quizá esa sea la verdadera actualidad de Lonesome Dove. No la épica del Oeste ni la nostalgia de un mundo perdido. Sino la conciencia de que toda generación recibe un mundo que no ha elegido y tiene la responsabilidad de decidir qué hará con él. Call y Gus pertenecen a un mundo que se está acabando. Su viaje es, en cierto modo, una búsqueda de futuro, pero también una despedida. Y ahí reside la melancolía de la novela: avanzar significa dejar atrás algo.
Nos ocurre lo mismo. Estamos dejando atrás un mundo. La pregunta no es si podemos impedirlo. Probablemente no. La cuestión es qué seremos capaces de construir mientras lo hacemos. Y para eso los demócratas necesitaremos seguir cabalgando juntos, algo que hoy parece sencillo y, sin embargo, resulta difícil. No porque pensemos igual. No porque tengamos las mismas respuestas. No porque no existan miradas de izquierdas o de derechas. No porque no podamos confrontar proyectos distintos. No porque tengamos que justificar necesariamente cualquier alianza contra natura. Sino porque compartimos el mismo territorio, la misma sociedad y, en último término, el mismo destino: desde la democracia.
Quizá ese sea el mensaje más profundo que podemos rescatar de McMurtry para nuestro tiempo: cuando el horizonte cambia, no basta con saber hacia dónde queremos ir. También importa con quién decidimos emprender el camino. Y para vencer al fascismo, al neonazismo y a los totalitarismos de nuevo cuño, los demócratas debemos caminar juntos. Y quizá, en este momento de incertidumbre, nuestro mayor desafío sea encontrar un nuevo horizonte sin perder la capacidad de reconocernos unos a otros mientras avanzamos hacia él.
Antonio Morales Méndez.
Presidente del Cabildo de Gran Canaria































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