
Generalmente cuando conducimos, recorremos las carreteras sin prestar demasiada atención, pendientes del tráfico o de llegar a nuestro destino, hasta que algo nos hace mirar dos veces. Eso ocurre en Pájara, en Fuerteventura, donde una rotonda acoge una escultura con varias figuras infantiles que miran hacia arriba, como si estuvieran descubriendo algo que todavía está fuera de su alcance.
La obra, titulada Caminos, representa el comienzo del crecimiento humano y esa evolución que nos lleva hacia el futuro. Basta con detenerse un momento a observar a estos niños para imaginar qué estarán mirando, qué les llama la atención o qué puede pasar por sus cabezas. Sus rostros nos devuelven, de alguna manera, a aquella época en la que todo estaba por descubrir, cuando cualquier cosa despertaba nuestra curiosidad y el futuro parecía estar lleno de posibilidades.
Con los años vamos creciendo, tomando decisiones, cambiando de rumbo y aprendiendo de los errores, porque la vida también consiste en eso, en avanzar sin tener siempre claro adónde nos llevarán nuestros pasos. Cada persona acaba recorriendo su propio camino, pero no todos partimos del mismo lugar ni contamos con las mismas oportunidades para llegar al lugar que queremos.
Al contemplar esta escultura, resulta inevitable pensar en la infancia y en lo importante que es crecer con la tranquilidad de saber que hay un mundo de posibilidades por delante. Sin embargo, no todos los niños tienen esa suerte. Mientras unos disfrutan de una vida rodeada de cuidados, juegos y oportunidades, otros tienen que enfrentarse demasiado pronto a dificultades que no deberían formar parte de esa etapa. Ningún niño debería tener que preocuparse por sobrevivir cuando lo que le corresponde es jugar, aprender, hacer preguntas y descubrir el mundo a su manera.
En Canarias conocemos bien las historias de quienes se marchan de su tierra buscando una vida mejor, pero también las de quienes llegan a nuestras costas con la esperanza de encontrar aquí una oportunidad. Detrás de muchas de esas historias hay niños que, como los de esta rotonda, tienen toda una vida por delante, aunque las circunstancias que les han tocado vivir sean muy diferentes. Cambian los lugares de origen, las lenguas y las historias familiares, pero hay algo que no cambia: todos merecen la oportunidad de crecer con dignidad y mirar al futuro sin miedo.
Quizá ahí esté una de las lecturas más bonitas de Caminos, en recordarnos que las oportunidades que encontramos durante la infancia pueden marcar buena parte de nuestra vida. A veces basta con tener a alguien que nos acompañe, que confíe en nosotros o que nos ayude a levantarnos cuando las cosas no salen como esperábamos. Son gestos que parecen pequeños, pero que pueden cambiar el rumbo de una persona mucho más de lo que imaginamos.
Por eso, la próxima vez que pases por Pájara en su zona costera, dedica unos segundos a mirar esta escultura. Mientras los coches siguen dando vueltas a su alrededor y cada cual continúa con sus prisas, estos niños permanecen ahí, con la mirada puesta en lo alto, como si todavía tuvieran todo por descubrir.
Tal vez no haya que buscarle demasiadas explicaciones a la obra para entender lo que nos transmite. Todos fuimos niños alguna vez, todos tuvimos ilusiones y todos empezamos a recorrer nuestro camino sin saber qué nos esperaba. La diferencia está en que algunos encontraron más puertas abiertas que otros, y eso también debería hacernos pensar en la responsabilidad que tenemos como adultos.
Porque el futuro no empieza cuando somos mayores, sino mucho antes, en esos primeros años en los que aprendemos a relacionarnos con el mundo y empezamos a imaginar quiénes queremos ser. Que ningún niño tenga que dejar de mirar al cielo porque la vida le ha obligado a mirar demasiado pronto al suelo.
Texto e ilustración: Moisés Rodríguez Gutiérrez

































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