George Sand, la rebeldía de una mujer libre
Hace unas semanas terminé de visionar una interesante miniserie televisiva de producción francesa sobre la figura de Amantine Aurore Lucile Dupin de Dudevant, quien dicho así tal vez no la conozcan pero si les digo que firmaba sus obras literarias como George Sand, quizá les suene un poco más.
Sand, una de las escritoras más populares de Europa en el siglo XIX y una de las representantes más notables del Romanticismo francés, creó su seudónimo a partir del apellido del poeta Jules Sandeau, con quien mantenía una relación sentimental.El origen del seudónimo es sencillo: la autora había publicado junto a Sandeaula novela Rose et Blanche con notable éxito de ventas. Pero la pareja tuvo desavenencias dado que la obra publicada en común la escribió en su mayor parte la literata francesa, así que decidió que su siguiente novela, Indiana (1832), la firmaría ella sola. Eso sí, prefirió publicarla bajo seudónimo con el objeto de eludir los prejuicios contra las mujeres escritoras.
La segunda novela de Sand alcanzó todavía un mayor número de ventas, lo que la catapultó al panorama literario de la época, recibiendo importantes y positivas críticas por parte de sus contemporáneos que, por otra parte, desconocían que tras el nombre de George Sand se escondía una mujer.
Fumadora en público, vestía de hombre y contó con una gran cantidad de amantes de ambos sexos, con lo que su forma de vida fue ampliamente criticada por muchos y admirada por otras tantas, especialmente por las mujeres francesas de la época estrictamente encorsetadas en unas reglas sociales, económicas y culturales en las que contaban con muy poco margen de maniobra para tener una existencia mínimamente libre.
A pesar del incuestionable éxito de ventas de sus novelas, y precisamente por su condición de mujer, se la excluyó durante años del cenáculo de escritores románticos liderado por el novelista Víctor Hugo. De este Cenáculo Romántico, en activo durante las décadas de 1820 y 1830, formaron parte, entre otros, el poeta y dramaturgo, Alfred de Musset; el crítico literario Charles-Augustin Sainte-Beuve o el escritor Prosper Mérimée, destacado miembro del círculo.
A pesar de ello, Sand supo cultivar muy buenas relaciones con artistas e intelectuales de la época, como el compositor Liszt, el escritor Balzac o el pintor Eugène Delacroix, quien más de una vez expresaron públicamente su admiración por la autora francesa.
George Sand concebía su propia libertad como un valor que debía de defender a capa y espada. Esa libertad también se manifestó en el campo amoroso. De hecho se le conocieron diversas parejas como la establecida con el poeta Alfred de Musset, con quien sostuvo un apasionado romance entre 1833 y 1835. De esta relación nació la novela de Musset La confesión de un hijo del siglo, en gran parte autobiográfica, que el autor dedicó a Sand. Musset falleció en 1857 a la edad de 46 años aquejado de sífilis. También fue pareja del dramaturgo Prosper Mérimée, autor de la novela corta Carmen, que sería inmortalizada en la famosa ópera homónima por Georges Bizet.
Sin embargo, el gran amor de Sand, el más conocido y más duradero, fue el compositor y pianista polaco Frédéric Chopin, de quien fue pareja durante casi una década, desde 1836 hasta 1847. Producto de esta relación fue la obra Un invierno en Mallorca, en la que la autora narra el tormentoso verano que pasó allí con Chopin, enfermo de tuberculosis. Aquella relación marcó profundamente la vida de ambos y estimuló de forma vigorosa la obra creativa del músico.
Pero si algo caracterizó a George Sand fue su capacidad de lucha por la independencia individual, su ideología socialista y sobre todo, sus convicciones feministas que la convirtieron en una referente no solo para las mujeres de la época, sino para todo el movimiento feminista posterior.
Tal y como se explica en la miniserie La joven George Sand, la escritora se casó cuando apenas tenía dieciocho años con el barón Casimir Dudevant (1795-1871). Tras el matrimonio, marcharon a vivir a Nohant, convirtiéndose en baronesa. De esta unión nacieron sus dos hijos: Maurice(1823-1889) y Solange (1828-1899), pero también surgió uno de las temáticas más subrayadas de sus libros: la infelicidad en el seno del matrimonio, tal y como deja de manifiesto en su novela Lélia publicada en 1833. De hecho, la serie televisiva se centra en esta época de la vida de la autora, destacando los abusos sexuales y violaciones así como la violencia y el desprecio más vil a su faceta como escritora, a los que fue sometida por Dudevant.
Esta situación provocó que en 1831, Sand dejara a su esposo y se instalara en París. Sin embargo, no sería hasta 1835 cuando se separaría legalmente de Dudevant, quedándose con la custodia de sus dos hijos. Hay que recordar que en Francia de los años treinta del siglo XIX el divorcio no existía, así que nuestra protagonista tuvo que abanderar un proceso judicial complejo para lograr la separación legal de cuerpos y bienes, así como la custodia de Maurice y Solange.
Durante el juicio, tuvo que alegar la infidelidad continuada del barón y su convivencia en la casa familiar con una amante, como motivo de la petición de divorcio. Finalmente, logró formalizar su separación legal y recuperar el control de sus bienes y la administración de su vida, firmando un acuerdo y ganando autonomía financiera y personal.
A nivel ideológico, Sand estuvo muy interesada en las ideas del socialismo utópico, ideas que la autora francesa plasmó en numerosos escritos políticos. De hecho, cuando en 1848 estalló en Francia la revolución contra Luis Felipe de Orleans, George Sand participó del Comité Central defendiendo la república y los derechos de la mujer.
Tras la revolución, regresó a Nohant, alejándose de la exposición pública, para dedicarse en cuerpo y alma, hasta su muerte, a la escritura. Sand vivió sus últimos años de vida, durante el Segundo Imperio de Napoleón III, alejada de todos y, sin embargo, nunca dejó de escribir. Falleció en 1876 a causa de un cáncer de estómago. Tenía 76 años y dejó inacabada su última novela, Albine.
La escritora George Sand fue ante todo una mujer libre que luchó con todas sus fuerzas contra las restricciones sociales y culturales de su época, que puso su capacidad creadora, como escritora y periodista, al servicio de la defensa de los derechos de las mujeres frente al encorsetamiento social que vivían las féminas de la época, lo que convirtió a Sand, a Aurore Dupin, en una de las grandes figuras que contribuyeron a alcanzar el logro de la igualdad de género.
A ella, como a otras muchas debemos que la igualdad sea parte de nuestra realidad democrática. Hoy en día, en nuestro país y en la mayor parte de la geografía europea, el papel de la mujer se pone en valor en todos los campos económicos, políticos, sociales y culturales porque otras muchas mujeres han dado la piel antes, se han jugado la vida literalmente por un ideal social justo e igualitario.
Sand como otras pensadoras e intelectuales de siglos pasados, como la filósofa británica Mary Wallstonecraft o la francesa Olympe de Gouges, ha abierto las puertas que otras mujeres han sabido cruzar y continuar.
No se engañen: la igualdad no supone una concesión gratuita que ha hecho el sistema heteropatriarcal generosamente a las mujeres; es el resultado de un combate constante de las mujeres por defenderse frente a un sistema que las oprime e invisibiliza, tal y como ha quedado demostrado en la historia de la humanidad y tal y como está siendo demostrado a diario en tantas partes del mundo y aquí mismo, en Europa, en España, en Canarias, donde el cuerpo de la mujer se sigue cosificando y donde la mujer sigue cobrando menos que un hombre por el mismo trabajo.
Hablar de igualdad y de feminismo es hablar de derechos humanos. Y así debe de ser concebido. Por eso, debemos de continuar estando alzadas y mostrar con fiereza nuestro enfado cuando se pone en cuestión los derechos logrados en materia de igualdad por determinados partidos políticos de derechas y ultraderechas que conciben a la mujer poco menos que como un recipiente engendrador de hijos o en el cual desahogar su deseo sexual.
Señoros, las mujeres somos la mitad de la población. Y lucharemos juntas porque juntas somos fuertes. No lo olviden.
Señoras, en este mundo de redes, noticias falsas, de discursos misóginos y de odio hacia las mujeres, y de varones célibes voluntarios que culpan a las mujeres de su falta de relaciones afectivas o sexuales, nos jugamos cada día mucho. Así que no podemos ni debemos bajar la guardia en la defensa de nuestros derechos y libertades.
Nos va la vida en ello.
Josefa Molina































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